7a. Pascua, Jueves

“No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Juan 17,20-26).

A primera vista podemos tener la impresión de que Jesús se repite, pero es que, en este final de la oración al Padre, que seguramente estaban oyendo sus apóstoles, ya que si no hubiera sido imposible a Juan transmitírnosla, quiere el Divino Maestro insistir en algunos puntos que serán muy importantes en la vida de la Iglesia.

En primer lugar, que la Palabra, para ser oída, tiene que ser predicada, como nos dice san Pablo: “La fe viene de la predicación, y la predicación, por la Palabra de Cristo” (Romanos 10,17).

Es obligación de todos los cristianos, aunque especialmente de aquellos que han recibido el ministerio pastoral, llevar la Palabra de Dios a todos los rincones. De ahí que Jesús ore por todos aquellos que van a creer por medio de la Palabra que transmiten.

Insiste también el Señor en la unidad. No solo que seamos uno entre nosotros, sino en primer lugar con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. De esta unión nacerá la unión entre todos los hijos de Dios, los miembros de la Iglesia, que formamos lo que se llama la “Comunión de los Santos”.

Hay una estrecha relación entre todos los que, sin mérito alguno, hemos recibido la santidad en el Bautismo, pues la gracia de Dios nos hace santos. Por eso hablamos de la división entre la Iglesia triunfante, la purgante y la militante. Todos formamos UNO con Dios y los hermanos.

Esta unión será solo posible por el amor. De esto nos habla abundantemente san Juan en su primera carta. Citemos solo: “Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo” (1,3).

Cuando acusamos a los otros de estar equivocados, y nos separamos fundando una iglesia nueva, estamos creando separación y división, en modo alguno comunión. Esa no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.

Jesús afirma también su divinidad, al decir que está unido al Padre desde antes de la creación, es decir, desde toda la eternidad. Pero Él quiere que compartamos también su gloria.

Esto solo podrá darse en el cielo, cuando todos formemos la Iglesia triunfante, y solo reine el amor, como dice san Pablo al hablar de los dones de Dios: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas ellas es la caridad” (1 Corintios 13,13). Con ello nos quiere decir que en el cielo solo subsistirá ese amor por excelencia que llamamos Caridad.


Volver a la Séptima Semana de Pascua