7a. Pascua, Lunes

Le dicen sus discípulos: “Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios”. Jesús les respondió: “¿Ahora creen ustedes? Miren que llega la hora (y ha llegado ya) en que se dispersarán cada uno por su lado y ustedes me dejarán solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Juan 16,29-33).

En la primera frase que pone Juan en boca de los discípulos vemos una confesión: hasta entonces no habían entendido casi nada, poniendo como excusa que el Señor les hablaba en parábolas.

Sin embargo, en los evangelios encontramos algunos momentos en los que Jesús, a petición de los mismos apóstoles, les explica detenidamente el significado de algunas de ellas. Un ejemplo lo tenemos en Lucas 8,9.

El saber y la fe no siempre van unidos. Hay personas que conocen mucho de teología y sin embargo no creen. Otras no saben casi nada y sin embargo su fe es grande. Varias de las personas a las que Jesús alaba por su fe no eran ni siquiera judías, lo que significa que poco sabían de lo anunciado por los profetas Así la cananea en Mateo 15,28.

Nos sería imposible saber hasta dónde llegaba la captación de los apóstoles de las enseñanzas de Jesús. Pero no hay dudas que su fe era tambaleante. Cuando le dicen que ahora sí creen en que ha salido de Dios, Jesús, con un dejo de ironía les pregunta: “¿Ahora creen ustedes?”

Y como para reafirmar que su fe no es tan grande les anuncia que dentro de muy poco lo dejarán solo.

Creer no es sencillamente afirmarlo, sino confiar plenamente en que la verdadera fe viene de Dios, si es que tenemos abierto el corazón para aceptarla. Sin una gracia especial de lo alto sería imposible. De ahí que muchas personas que, sin grandes conocimientos teológicos, oran mucho y se mantienen en contacto con Dios, tienen una fe que mueve montañas.

No vayamos a pensar que el conocimiento es innecesario. Por el contrario, tenemos que hacer todo un esfuerzo por conocer más y más de Dios. Por eso necesitamos las Escrituras y las enseñanzas que recibimos de la Iglesia, que es la encargada por Dios de mantenernos en la unidad, sin desviarnos hacia el error. Ella cuenta para ello con la ayuda del Espíritu Santo.

Pero es en el crecimiento de la vida espiritual en que nuestra fe se consolida, para que en medio de las tribulaciones, de las dificultades y de las oscuridades por las que atravesamos, nuestra fe se mantenga firme, pues el Señor está a nuestro lado, aunque a veces parezca que se aleja.

El nos da la paz. El nos asegura que el triunfo será nuestro. Contando con la ayuda del Espíritu Santo podemos decir con El: “Yo he vencido al mundo”.


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