7a. Pascua, Martes

Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo (Juan 17,1-11a).

Algo que llama la atención es el gran espacio que dedica Juan a los momentos íntimos de Jesús con sus apóstoles después de la Cena, mientras que los otros evangelistas apenas tocan esto. Pero como Juan fue el último en escribir su evangelio, pudo sentir la necesidad de completar lo que los otros no destacaron.

Esto, en realidad, es lo que Juan hace en todo su evangelio, por lo que es diferente de los otros. No trata de decir lo mismo, sino de narrar lo que los otros no contaron. Por ejemplo, no dice nada de la institución de la Eucaristía, pues ya Mateo, Marcos y Lucas lo habían hecho, y era algo muy sabido entre los cristianos del fin del primer siglo. Pero nos hace conocer la promesa de la Eucaristía en el capítulo 6 y nos hace conocer las palabras de Jesús posteriores a la Cena, a lo que dedica los capítulos del 14 al 17.

En los versículos de hoy comienza Juan a transmitirnos la “oración sacerdotal” de Jesús, como se le ha llamado. Dejando a un lado el coloquio con los apóstoles, se dirige directamente al Padre, sabiendo que está viviendo las últimas horas antes de ser aprehendido y luego torturado y llevado al suplicio.

Comienza pidiendo fuerzas al Padre para poder glorificarlo. La muerte y resurrección de Jesús será su glorificación para que los humanos puedan creer, como ya han creído los apóstoles, que El es el enviado del Padre para la salvación universal.

Reconoce que ha transmitido fielmente las palabras del Padre a sus discípulos, y pide para ellos el conocimiento del Padre que es en lo que consiste la vida eterna.

También ruega al Padre para que los cuide, ya que El ya no podrá hacerlo, pero, a fin de cuentas, los discípulos son del Padre y el Padre se los había dado a su Hijo para que los instruyese de modo que fueran capaces de cumplir la misión que se les confiaba.

Esta ayuda tan necesaria la recibirían los discípulos cuando recibiesen el Espíritu Santo, que el Hijo les enviaría desde el Padre. Sería la tercera Persona de la Trinidad quien actuaria en lugar de Jesús para preservar la obra en ellos realizada.

Una cosa es “estar en el mundo” y otra, “ser del mundo”. Los discípulos son sacados del mundo para que puedan tener viva eterna, pero seguirán estando en el mundo, pues su misión es transformar a los hombres y mujeres del mundo para que se conviertan en los hijos de Dios y puedan heredad la vida eterna que el propio Cristo les ganaría con su muerte y resurrección.


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