7a. Pascua, Miércoles

“Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad” (Juan 17,11b-19).

La Liturgia ha dividido este capítulo 17, dedicado todo él a la oración sacerdotal de Jesús en la Última Cena, en tres partes, sin que haya una intención especial en ello.

Como comenzamos a ver ayer, en la primera parte de la oración, está dirigida a orar por sus apóstoles y sus discípulos, pero también por todos aquellos que posteriormente creyeran en Jesús, por la labor apostólica de los sucesores de los apóstoles y primeros discípulos.

En esta segunda parte vemos que Jesús le pide al Padre que cuide y preserve del mal a quienes les había entregado a su cuidado.

Ellos necesitan mantenerse unidos, de la misma forma que el Padre y el Hijo están unidos.

Esa unidad será una de las características de la Iglesia fundada por Jesús como nuevo Pueblo de Dios. De ahí que tienen que recibir la fortaleza para no ceder ante aquellos que quieran cambiar la doctrina recibida del propio Divino Maestro. Esto será siempre un peligro, pues desde el principio comenzaron a aparecer pequeños o grandes grupos que no aceptaban la Verdad que Jesús dejó a sus apóstoles.

De ahí que Jesús también pidiera al Padre que santificara a sus discípulos en la Verdad, que es la Palabra del Padre. Es obligación de los sucesores de los apóstoles, que son el Papa y los Obispos, mantener a los miembros de la Iglesia en la unidad de doctrina, transmitiéndoles lo que Jesús les enseno, pues El es la Palabra viva del Padre.

Eso es precisamente lo que provoca el odio del mundo, que no puede soportar la Verdad.

Ese odio les lleva a tratar por todos los medios de acallar la Iglesia, aunque para ello tengan que perseguirla violentamente.

En sus veinte siglos de Historia, la Iglesia ha sufrido muchas persecuciones, que han provocado millones de mártires. Aquellos que han muerto por la causa del Evangelio han sido sostenidos únicamente por la fuerza que viene de lo Alto, el Espíritu Santo.

Así como los apóstoles y discípulos recibieron la Verdad de labios de Jesús, así también fueron enviados a predicarla, con alegría y dedicación, sabiendo que corrían riesgos, pero también que serían ampliamente recompensados.

Los Judas que ha habido, desde el primero, el Iscariote, no lo han sido por falta de cuidado por parte de Jesús, sino por apartarse de la Verdad siguiendo la voz del enemigo, el Maligno, que logró convertirlos en hijos de perdición.


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