7a. Pascua, Sábado

“Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho “Señor, ¿quién es el que te va a entregar?” Viéndole Pedro, dice a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?” Jesús le respondió: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme”. Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: “No morirá”, sino: “Si quiero que se quede hasta que yo venga”. Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran” (Juan 21,20-25).

Estos son los últimos versículos del evangelio de Juan. Algunos autores consideran que no fue necesariamente el apóstol quien lo escribió, pero tampoco hay certeza de lo contrario.

Sólo en este evangelio se encuentra la expresión “el discípulo a quien Jesús amaba”, pues parece que, por ser el más joven de todos los apóstoles y además, el primero junto a Andrés que, habiendo sido ambos discípulos de Juan el Bautista, se incorporaron al seguimiento de Jesús (Juan 1,38), el Maestro le profesó una cierta preferencia.

De ahí que Pedro, después de haber recibido la misión de apacentar las ovejas y los corderos del Señor, como veíamos ayer, se atrevió a preguntar a Jesús qué pasaría con Juan, y el Maestro le respondió que no era cosa suya si permitía que viviese hasta su regreso.

Tuvo el autor del evangelio que aclarar que en ningún momento las palabras del Señor fueron que Juan no moriría. Una cosa sí parece ser cierta, y es que fue quizás el único apóstol que no murió mártir, aunque se cree que padeció horribles torturas.

En los primeros tiempos muchos cristianos llegaron a pensar que el retorno del Señor sería inminente, y eso pudo ayudar a la idea de que Juan no moriría. También en el pasado se creyó que Elías (2 Reyes 2,11) no había muerto, según el relato del libro, y que retornaría a la tierra antes que el Mesías. Hay ideas que se propagan sin que tengan un asidero firme para ser creídas, y esas fueron algunas de ellas.

Los libros de la Escritura tienen validez por haber sido inspirados por el Espíritu Santo. Pero no toda la verdad está encerrada en las Escrituras. Hay muchas que se conservaron más allá de la muerte de los apóstoles, y puestas posteriormente por escrito por discípulos suyos. Lo mismo pasó con los libros de los profetas.

El propio evangelio de Juan termina con esta idea: si todo lo dicho o hecho por Jesús fuera puesto por escrito, hablando en una forma exagerada, no cabrían en el mundo.

Ciertamente es una forma de expresión para dar a entender que se necesitarían muchísimos. Con todo, sabemos que hubo verdades que fueron transmitidas y sólo puestas por escrito posteriormente. Esas verdades fueron recibidas por la Iglesia, que es la única depositaria de la Palabra de Dios. Es Ella la que, durante veinte siglos, ilumina al mundo con la verdadera doctrina de Jesús.

Los hombres podemos pecar y mentir, pero la Iglesia estará sostenida hasta el fin por la promesa de Jesús y la asistencia del Espíritu Santo.


Volver a la Séptima Semana de Pascua