7a. Pascua, Viernes

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis corderos”. Vuelve a decirle por segunda vez: “Simón de Juan, ¿me amas?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas”. Le dice por tercera vez: “Simón de Juan, ¿me quieres?” Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: “¿Me quieres?” y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”. Le dice Jesús: “Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: “Sígueme”. (Juan 21,15-19).

Hay como un salto entre la lectura de ayer y la de hoy. Y es que lo que seguía era el relato de la Pasión, más propio para la Semana Santa. De modo que aquí caemos en el momento en que Jesús resucitado se encuentra con sus apóstoles junto al lago Tiberíades.

Ellos estaban en la barca, después de haber pasado una noche pescando sin haber conseguido nada, y El se presenta en la orilla y les invita a echar la red hacia la derecha, lo que hizo que pudieran capturar ciento cincuenta y tres peces, número simbólico que algunos asocian a los fieles que en adelante deberían captar como “pescadores de hombres” (Marcos 1,17).

El evangelio de hoy se centra en la triple interrogación de Jesús a Pedro sobre el amor que le tiene, lo que viene a ser como una forma de confirmar, delante de los demás, a quien había elegido para ser la “Piedra” sobre la que edificaría su Iglesia (Mateo 16,18).

Tres veces negó Pedro a Jesús en el patio del Sumo Pontífice (Mateo 26,75), y ahora por tres veces afirmaría su amor por el Divino Maestro. Ese fue el motivo por el que Pedro se entristeció cuando Jesús le hizo la pregunta por tercera vez.

Es posible que algunos de los apóstoles mostraran cierto alejamiento de Pedro después de haber cometido su pública traición. Pero ninguno de ellos tenía tampoco su conciencia limpia, pues todos, menos Juan, lo abandonaron.

De todos modos, Simón seguiría siendo la Piedra, el representante asignado de Jesús en la tierra, para que guardara los corderos y ovejas del Señor, los miembros de su Iglesia, manteniendo entre ellos la unidad en la fe.

Jesús, además, le mostró a Pedro: Primero, que llegaría a viejo. Segundo que cuando lo fuera, tendría que extender sus brazos y otro lo ceñiría, dando a entender que moriría crucificado.

Así fue, efectivamente, según las tradiciones más antiguas. Pedro murió en Roma durante la persecución de Nerón. Como un gesto de humildad pidió ser crucificado con la cabeza hacia abajo, pues no se sentía digno de morir como su Maestro.

No siempre los sucesores de Pedro han estado a la altura de la misión que Jesús les ha confiado. Pero podemos afirmar que la gran mayoría han sido fieles a la misión. De suyo, algunos murieron mártires en los primeros siglos, y otros sufrieron vejaciones, maltratos y persecución. En ellos sigue estando presente el mandato de Jesús de apacentar sus ovejas y corderos.


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