EL AÑO LITÚRGICO

ARNALDO BAZÁN

Podemos entender perfectamente que la primitiva comunidad cristiana sólo tenía una única celebración central: la Muerte y Resurrección de Jesús.

Cada domingo eran renovados estos acontecimientos cumbres de la vida del Señor, con la celebración del Memorial que El mismo nos dejara: la Eucaristía.

Hay que hacer notar que durante un largo tiempo los demás días de la semana fueron alitúrgicos, es decir, que en ellos no se realizaba ninguna actividad litúrgica.

SEMANA SANTA

Poco a poco fue naciendo la idea de conmemorar anualmente la Resurrección de Jesús, y así nació la Pascua, en el mismo primer siglo. Esta fiesta se iniciaría en la noche del sábado con una larga vigilia en la que, poco a poco, se fueron introduciendo diversos elementos, como la bendición del fuego nuevo, el Cirio Pascual, el pregón de Pascua, así como la celebración de los bautismos y la confirmación de los catecúmenos que se habían preparado para recibirlos.

Todo culminaría con la Eucaristía, en la cual los nuevos cristianos recibirían, por primera vez, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Luego, en la mañana, la Eucaristía se revistiría de un carácter triunfal, acorde con el acontecimiento que se conmemoraba, pues la Resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe y la causa principal de nuestra esperanza.

Desde el comienzo la Pascua ha sido la fiesta cristiana por excelencia, el punto central y focal de todo el Año Litúrgico.

Aunque el Sábado Santo propiamente tal siempre se mantuvo alitúrgico, en la Edad Media, lamentablemente, se introdujo la costumbre de adelantar la Misa de Resurrección a la tarde de dicho día. Parece que esto comenzó en Milán en el siglo XI. Luego se llegó hasta celebrarla en la mañana, con lo que se desvirtuó completamente todo el sentido litúrgico de la fiesta. Así empezó a llamarse "Sábado de Gloria" al que debió ser siempre día de recogimiento y oración.

Hubo de esperarse hasta el 1958, en que el papa Pío XII promulgó la reforma de la Semana Santa, preludio de las reformas litúrgicas que llevaría a cabo el Concilio Vaticano II.

El Viernes Santo fue también, desde muy antiguo, un día sin Liturgia. Fue posiblemente en Jerusalén que se comienza, por el siglo V o antes, un servicio litúrgico, que se realizaba hacia las tres de la tarde (hora de nona) en que murió nuestro Salvador.

Por mucho tiempo se le llamó la "Misa de los Pre-santificados", pues no había consagración, sino que la comunión se hacía con las hostias consagradas el Jueves Santo.

En realidad, algo que llegó hasta la reforma de Pío XII fue que sólo los ministros ordenados recibían la comunión. Después de ésta, aunque se conservó el esquema de la celebración, se le dejó de llamar "Misa", pues no es una Eucaristía como tal, y se ordenó que todos los fieles que estuvieran debidamente preparados pudieran comulgar.

Pese a no ser una Eucaristía, el oficio solemne del Viernes Santo es uno de los más impresionantes de toda la Liturgia.

Consta de tres partes: Las lecturas y la Oración de los fieles, la solemne adoración de la Cruz y el rito de la Comunión.

El Jueves Santo fue después agregado para conformar el llamado Triduo Sacro, y así celebrar también la Última Cena del Señor con sus discípulos y la institución de los sacramentos de la Eucaristía y el Orden Sagrado.

Más tarde se completaría el escenario con la recordación, el domingo anterior, de la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén, imitando la acción de los que aclamaron al Señor con ramos en sus manos. Así se tendría la Semana Santa.

LA CUARESMA

A la fiesta Pascual, por su decisiva importancia, se le hizo preceder de un tiempo de preparación, consistente en cuarenta días de recogimiento, oración y penitencia, a imitación de la cuarentena que pasó Jesús en el desierto de Judea.

La Cuaresma sirvió, además, como el tiempo en el que se instruía a los catecúmenos que serían bautizados la noche pascual.

Hubo épocas en que la Cuaresma era un tiempo sumamente riguroso, con muchos días de ayuno y asistencia requerida a muchas celebraciones litúrgicas. Hoy en día, aunque el espíritu de penitencia se conserva, se deja más a la decisión de cada cristiano los días de ayuno y otras penitencias que quiera realizar, y el tiempo que desea dedicar a la oración y la contemplación. Han quedado solamente dos días oficiales de ayuno, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y todos los viernes como días de abstinencia de carne.

El ambiente pagano que reina en nuestros días es un grave desafío a los cristianos. Esto no puede ser una excusa para dejar a un lado el esfuerzo ascético al que la Iglesia nos invita para prepararnos a la celebración cumbre: la Muerte y Resurrección de Jesús.

Pero el Año Litúrgico no es sólo la Pascua, aunque todo él está marcado por el acontecimiento que recuerda y actualiza nuestra Redención.

Hay en él tiempos fuertes y tiempos débiles, lo que no significa que estos últimos sean una excusa para dejarse llevar por la pereza espiritual o abandonar la obligación que todos tenemos de velar por la santificación de nuestra vida. Quien así lo entienda estaría cometiendo un grave error.

ADVIENTO - NAVIDAD - EPIFANÍA

Aparte del tiempo pascual, que comenzando con el Triduo Sacro culmina en la fiesta de Pentecostés, tenemos también otro tiempo fuerte, que es el ciclo Navidad-Epifanía. Son éstas quizás las fiestas que despiertan mayor entusiasmo por su colorido y porque todo el ambiente ayuda al mantenimiento de un clima festivo.

Con todo, si bien esto podría ser una ventaja, no deja de ser, a veces, todo lo contrario, pues en su afán mercantilista, muchos han convertido la Navidad en unos días de jolgorio en los que Jesús está completamente ausente.

Ya desde antes de llegar Diciembre se multiplican los cantos más o menos ligados a la fiesta, propagados por los poderosos medios de comunicación.

Así es muy difícil vivir el espíritu propio del Adviento, el tiempo que prepara los corazones para una adecuada celebración espiritual de la Navidad, con el recogimiento, oración y espíritu de caridad que son elementos propios de este santo tiempo.

Quiere decir, por tanto, que los tiempos fuertes de la Liturgia serían: Cuaresma, como preparación a la Pascua; el Tiempo Pascual, desde el Jueves Santo hasta la fiesta de Pentecostés. El Adviento, como preparación a la Navidad. El ciclo Navidad - Epifanía, hasta la fiesta del Bautismo de Jesús.

EL TIEMPO ORDINARIO

Luego tenemos los tiempos débiles, que son llamados, en general, Tiempo Ordinario, dividido en dos partes: desde el día siguiente a la fiesta del Bautismo del Señor, hasta el martes antes del Miércoles de Ceniza, y desde el día siguiente a la fiesta de Pentecostés, hasta el sábado previo al primer domingo de Adviento.

Como se dijo antes, no se trata de tiempos que el cristiano debe considerar de menor importancia, pues cada día del año debe ser una oportunidad para acercarnos a Dios y rendirle un culto en espíritu y en verdad.

SOLEMNIDADES Y FIESTAS

Durante el Año Litúrgico se suceden, además, diversas fiestas o celebraciones, en honor a la Santísima Trinidad, al Señor Jesucristo, a algún Misterio especial de nuestra Salvación, a la Virgen y a los santos.

Estas se distinguen, en acuerdo a su importancia, en Solemnidades, Fiestas y Memorias. Estas últimas pueden ser obligatorias o libres./p>

Hay solemnidades especiales que, aunque no caigan en domingo, se consideran de precepto, es decir, que hay obligación de participar en la Eucaristía.

Por razón de las leyes civiles que no privilegian estas fiestas, varias han sido trasladadas, en algunos países, al domingo más próximo, pues sería muy difícil a la mayoría participar en las mismas a causa de su trabajo. Existe un calendario oficial que señala las celebraciones en acuerdo a su categoría.

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