EL CELIBATO

ARNALDO BAZÁN

Ordenacion

Voy a comenzar por decir que la vocación que comprende una renuncia total y una entrega sin límites, siempre ha sido un ideal dentro de la visión cristiana de la vida.

Que hombres y mujeres acepten la invitación de Jesús a seguirlo en forma absoluta es un gran regalo de Dios, no sólo a la Iglesia, sino también a la humanidad.

Estas personas, como sabemos, constituyen una minoría muy valiosa dentro del Pueblo de Dios. Ellas, siguiendo su especial vocación, aportan un caudal de energía a la instauración del Reinado de Cristo. No tenemos sino que dar muchas gracias al Señor por el carisma del celibato, que es mucho más que una simple renuncia al matrimonio, y orar por quienes lo tratan de practicar con alegría y plena dedicación.

DIVERSOS CAMINOS

Es innegable que en todo el Nuevo Testamento se respira un respeto especial por los que son capaces de renunciar a todo por el Reino de los Cielos.

Sin embargo, en modo alguno se le considera el único camino. Cuando el joven rico (ver Mateo 10,16-22), se acercó a Jesús y le preguntó qué había que hacer para heredar la vida eterna, el Maestro le mostró primero el camino ordinario: la guarda de los mandamientos. Luego le hizo una invitación a un camino superior, el de la renuncia total: "Ve, vende cuanto tienes y repártelo entre los pobres. Luego, ven y sígueme". Es sabido que el joven rehusó la invitación.

La vocación sólo la da el Señor, y es uno el que responde libremente.

Desde los primeros tiempos se vieron hombres y mujeres seguir ambos caminos, el ordinario y el extraordinario, sin que tuviera que existir ningún conflicto entre los creyentes.

SACERDOCIO Y CELIBATO: DOS VOCACIONES DISTINTAS

Pese a que Jesús llamó a los apóstoles a un seguimiento total, no parece que esto, necesariamente, implicara el abandono de las esposas en aquellos que estaban casados. Sobre esto existe en la Escrituras y documentos primitivos un absoluto silencio.

Es san Pablo quien más insiste en la conveniencia del celibato, invitando a los fieles a imitarlo en esto, pero sin que haya que considerarlo una orden del Señor.

Así dice: "A los solteros y a las viudas les digo que estaría bien que se queden como están, como hago yo. Sin embargo, si no pueden contenerse, que se casen; más vale casarse que quemarse" (1 Corintios 7,8-9).

Más adelante dirá: "Respecto a los que no piensan casarse no ha dispuesto el Señor nada que yo sepa; les doy mi parecer como creyente que soy por la misericordia del Señor. Estimo que lo que dije está bien por motivo de la calamidad que se viene encima, es decir, que está bien quedarse como uno está" (Ídem 7,25-26).

Es sabido que, por esos tiempos muchos cristianos, entre ellos el propio Pablo, llegaron a creer que la venida del Señor era inminente, tema en el que después el Apóstol cambiaria totalmente de opinión.

Sin duda da un motivo serio en favor del celibato: "El soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando complacer al Señor. El casado, en cambio, se preocupa de los asuntos del mundo, buscando complacer a su mujer, y tiene dos cosas en qué pensar. La soltera y la que no piensa casarse se preocupan de los asuntos del Señor, para dedicarse a Él en cuerpo y alma. La casada, en cambio, se preocupa de los asuntos del mundo, buscando complacer al marido" (Ídem, 7,38).

Pablo concluye este tema con unas palabras que revelan su pensamiento al respecto: "En resumen, el que se casa con su compañera hace bien, y el que no se casa, todavía mejor" (Ídem 7,38).

CUALIDADES DE LOS RESPONSABLES

Es indudable que para Pablo el celibato era un bien superior, y nadie puede negar que quien acepta la invitación de Dios a una renuncia total entra en un camino de mayor perfección. Sin embargo, el apóstol está consciente de que esto no se le puede pedir a todo el mundo.

Por eso, cuando escribe a su discípulo Timoteo y enumera las cualidades que ha de tener un responsable de la Iglesia (sea obispo o presbítero), dice: "Porque el dirigente tiene que ser irreprochable, fiel a su mujer, juicioso, equilibrado… Tiene que gobernar bien su propia casa y hacerse obedecer de sus hijos con dignidad" (2 Timoteo 2,2.4).

Por esos primeros tiempos, pues, no se junta la vocación a los puestos dirigentes de la Iglesia con el celibato, aunque se tenga en alta estima que lo hagan los que así se sientan llamados.

El propio Jesús hace ver que el celibato es una vocación especial, un don. Cuando El explica que el matrimonio no se puede romper y no hay derecho al divorcio (ver Mateo 19,3 ss.), los propios discípulos, que bien pudieron ser los apóstoles, le replicaron: "Si tal es la situación del hombre y de la mujer, no es conveniente casarse". Pero El les dijo: "No todos pueden con eso que han dicho, sólo los que han recibido el don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el Reinado de Dios. El que pueda con eso, que lo haga".

Es innegable, pues, que Jesús en ningún momento liga la vocación apostólica al celibato. Si esto hubiera sido necesario, bien claramente hubiera quedado consignado en el Evangelio. Pero en modo alguno aparece como tal.

Por el contrario, durante los primeros tiempos fue normal el que hubiese en los puestos dirigentes, obispos, presbíteros y diáconos, tanto hombres célibes como casados. La exigencia primordial era el ejercicio de las principales virtudes, como la fe y el amor, y una dedicación total a la causa del Reino de Dios.

LA VOCACIÓN

A nadie se le ha ocurrido decir nunca que tiene vocación para ser obispo, o que va a estudiar para tal. Y es que, en realidad, el episcopado es un llamamiento que hace la Iglesia a aquellos que considera preparados para ello.

Lo mismo sucedía con el presbiterado. Los presbíteros, o ancianos, que no necesariamente lo eran de edad, sino por su demostrada capacidad, prudencia y dedicación, no salían de entre aquellos que se consideraban con vocación para serlo, sino de los que eran llamados por la Iglesia misma.

En la Carta a los Hebreos hay un pasaje que se aplica tanto a los obispos como a los sacerdotes; "Porque todo sumo sacerdote se escoge siempre entre los hombres y se le establece para que los represente ante Dios y ofrezca dones y sacrificios por los pecados… Ahora, nadie puede arrogarse esa dignidad: tiene que designarlo Dios, como en el caso de Aarón" (5,1-4).

La vocación se ve como un llamamiento que hace Dios por medio del Obispo, en el caso de los sacerdotes, o del Papa en el caso de los obispos. Claro que eso no fue siempre así, ya que al principio los mismos fieles podían designar por aclamación al que había de ser su pastor. Pero, para evitar abusos, especialmente de los monarcas o reyes, el Sumo Pontífice se reservó el derecho del nombramiento de los obispos.

EL CELIBATO COMO NORMA DISCIPLINARIA

Bien claramente reconoce el Concilio Vaticano II que el celibato no está necesariamente unido al sacerdocio: "No se exige, ciertamente, por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las iglesias orientales, donde, además de aquellos que con todos los obispos escogen, por don de la gracia, la guarda del celibato, hay también presbíteros casados muy beneméritos. Ahora bien, al recomendar el celibato eclesiástico, este sacrosanto Concilio no intenta modificar aquella disciplina distinta que está legítimamente en vigor en las iglesias orientales, y con todo amor exhorta a quienes recibieron el presbiterado en el matrimonio a que, perseverando en su vocación, sigan consagrando plena y generosamente su vida al rebaño que les ha sido encomendado" (Presbyterorum ordinis, número16).

Se trata, pues, de una práctica muy antigua dentro de la Iglesia latina, que es una rama (hoy la más extendida) de la Iglesia Católica.

Es innegable que al celibato obligatorio se llegó por muchas razones, algunas de orden práctico, pero sobre todo por la influencia de la vida monástica, que vino a ser considerada como el mejor camino de perfección. Todo lo que fuera, pues, imitar la vida de los monjes, era tenido como laudable.

Por otro lado, no dejaron de existir influencias aun de fuera, ya que se sabe que en casi todas las religiones ha existido un grupo de personas, hombres o mujeres, ligados muchas veces con el sacerdocio (en el sentido de ser los encargados de ofrecer los sacrificios), que eran obligados, por un tiempo al menos, a mantenerse en continencia sexual.

Curiosamente nada de esto sucedió en el Pueblo de Dios del Antiguo Testamento, donde los sacerdotes, inclusivo los Sumos Pontífices, eran ordinariamente casados.

EL QUID DE LA CUESTIÓN

Sabemos que mucha gente se pregunta: ¿Por qué los sacerdotes no se casan? Y es que para una buena parte esta situación es incomprensible, incluso entre personas afines a la Iglesia.

No hay duda que se trata de una vocación especial, que solo con un don especial puede ser llevada a cabo, aunque como ya dijimos, en modo alguno es imposible.

Todos los que hoy son sacerdotes en la Iglesia latina tuvieron que aceptar, como condición previa, el celibato. Esto no comenzó de inmediato, pero sabemos que ya en el siglo III o IV era común, hasta que llegó a formalizarse hasta un punto en que se hizo obligatorio.

Con esta disciplina impuesta por la Iglesia no se obligaba a nadie a ser célibe, sino que se excluía a los que no querían ser célibes de la posibilidad del sacerdocio ministerial. Claro que esta exigencia ejercía una presión más o menos grande sobre aquellos que, sintiéndose llamados, podían no estar muy seguros de su vocación a la vida célibe.

Con todo, todos los que hoy están ordenados en la Iglesia Latina hicieron una opción clara por el celibato a una edad suficiente, pues es requisito que nadie llegue a ser ordenado, a no ser con especial dispensa, con menos de veinticuatro años.

Hablar, pues, de que la Iglesia permita a los actuales ordenados que accedan al matrimonio, es ir en contra de toda una tradición de la Iglesia, que también se ha mantenido en las iglesias orientales, por la que se ordena a hombres casados, pero no se casa a los ordenados.

UNA OPCIÓN DE LA IGLESIA

De lo que se trata, pues, cuando se habla de celibato opcional, no es tanto de que los aspirantes al sacerdocio puedan escoger un camino u otro, sino de que la Iglesia pueda ejercer una opción que siempre tuvo, pero que dejó de usar por muchos siglos, como fue el caso de los diáconos permanentes, que dejaron de existir por muchos siglos, pero cuya opción fue rescatada por el Concilio Vaticano II.

¿Qué impide que la Iglesia ordene a hombres casados, de probada dedicación y con una vida familiar estable? Sólo una medida disciplinar, que en nada tiene que ver con la existencia de sacerdotes célibes - que siempre serán una bendición para el Pueblo de Dios -, y que es la que predomina en el momento actual.

El cuándo esa otra opción podrá ser puesta nuevamente en práctica sólo Dios lo sabe. Pasaron siglos para que en la Iglesia Latina se restituyera el diaconado permanente, que siempre se mantuvo en las iglesias orientales. Es posible que esa otra opción sea aceptada en un futuro no lejano, para bien de los fieles y mayor gloria de Dios.

Arbazan34@gmail.com

Volver a Precisiones