CONCIENCIA Y DOCTRINA

ARNALDO BAZÁN

Muchos católicos, esto es indiscutible, desobedecen abiertamente las enseñanzas de la Iglesia en muchos puntos. Es algo para preocupar a todo el que tenga responsabilidad dentro del cuerpo eclesial.

No todos los casos son iguales, desde luego, pues hay puntos en los que no puede admitirse discusión, mientras que en otros la controversia entre los propios teólogos ha causado grandes confusiones en la mente de los laicos.

Hay temas que no son dogmas de fe y pueden ser objeto de malas interpretaciones o necesitar de estudios más profundos por parte de los teólogos y de las autoridades de la Iglesia.

Por ejemplo, hay que reconocer con humildad que, en el pasado, se cometieron exageraciones con el tema del sexo, hasta convertir el sexto mandamiento en el más importante, lo que ha ocasionado en muchos individuos graves crisis de escrúpulos y largos períodos de alejamiento de la práctica sacramental.

Sabemos también que era muy difícil, en épocas pasadas, conseguir un decreto de nulidad matrimonial, mientras se permitía que muchos contrajeran matrimonio sin apenas preparación alguna y sin mayores exigencias.

Si la doctrina de Cristo no ha cambiado, nadie podría negar que la aplicación de los principios morales no puede ser la misma que hace cien o mil años.

¿Cómo se podría comprender que, en nombre de Cristo, se torturaran o mataran personas, aunque fuese a través del “brazo secular” de los gobiernos, como se hizo durante los tristes días de la Inquisición?

Los hombres de Iglesia de aquellos tiempos no pueden ser juzgados con los parámetros de hoy. Sería un craso error. Pero eso demuestra que las circunstancias de tiempo y lugar, de cultura y de ambiente, hacen ver las cosas de maneras muy diferentes.

Hace unos años, digamos a principios del siglo XX, los más inocentes trajes de baño modernos hubieran ocasionado un escándalo tumultuoso en cualquier playa.

Sin negar que la obscenidad sigue siendo reprochable, hemos de reconocer que hoy se miran ciertas cosas con mucha mayor naturalidad y serenidad que antaño, lo que representa un avance positivo.

¿Quién osaría hoy llamar indecente a una mujer que use pantalones, lo que era visto con horror por nuestros no muy lejanos antepasados?

Si bien no es necesariamente cierto que todo es “según el color del cristal con que se mira”, hay que admitir que muchas maneras de pensar han cambiado con el tiempo y no siempre ha sido para mal.

Hoy tenemos mayor conciencia sobre los derechos humanos, por ejemplo, y aunque esto no signifique que los respetemos demasiado, es impensable que consideremos moralmente aceptable lo que era común en otros tiempos aún entre cristianos, como es el caso de la esclavitud.

El Antiguo Testamento prescribía una serie de preceptos, como la circuncisión o la abstención de comer ciertas carnes, que luego los cristianos, al profundizar en el conocimiento de Dios, se dieron cuenta de que no constituían principios fundamentales de la verdadera religión.

Algo similar ocurrió con la ley de dedicar el sábado a Dios y al descanso, que fue cambiada para el “primer día de la semana”, que, por lo mismo, recibió el nombre de “día del Señor”, nombre que, en latín (dominica dies) dió lugar a nuestro “domingo” en español.

Estos cambios de actitud, desde luego, no pueden ser tomados a la ligera, como si fuesen el producto de un capricho o como si se estuviere jugando con la voluntad de Dios.

Hay personas que se desorientan con todo esto, muy cierto, y llegan a pensar que entonces da lo mismo una cosa que otra, ya que lo que hoy puede ser considerado pecado podría no serlo en otra época o circunstancia.

Precisamente por eso es tan importante que tengamos un Magisterio capaz de interpretar, a su debido tiempo, los cambios que exigen los tiempos, sin que por ello se toque lo fundamental, lo permanente, lo eterno.

Sábado o domingo, no es lo fundamental, sino que se dedique un día de la semana a Dios y al descanso. Ahora bien, ¿qué hacer en aquellos campos donde el propio Magisterio parece no haber llegado a formar un criterio definitivo?

¿Es que la conciencia de cada persona no juega ningún papel y sólo cabe obedecer según criterios dados de antemano?

Por supuesto que la conciencia individual tiene una importancia decisiva, ya que, en todo momento será el propio sujeto quien tenga que tomar las decisiones y, por lo mismo, cada uno es responsable de sus acciones. Así dice el Catecismo de la Iglesia Católica: "La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia" (Número 1790).

Hay campos en los que un católico no puede tener dudas. Los dogmas de fe son pra ser aceptados sin discusión. Negar alguno de ellos provocaría una situación de herejía que dejaría a uno fuera de la comunión con la Iglesia.

Pero hay otros muchos campos donde la afirmación y aceptación totales no se logra tan fácilmente, pues entran en juego situaciones vivenciales que provocan crisis emocionales y hasta confusiones mentales.

Es ahí donde la conciencia de muchos se rebela a aceptar lo que puede ser tema de controversia y de futuros cambios. Y por ello, aunque lo aconsejable sea una sana obediencia a la autoridad, tenemos que ser muy comprensivos con aquellos que se deciden por un camino que puede aparecer a sus ojos como el más apropiado.

No digo con ello que no podamos ni debamos tener criterios sobre todos y cada uno de los problemas humanos, pero ha quedado demostrado, a través de la Historia, que hay puntos en los que se puede ir poco a poco a una mayor clarificación y, mientras, se pueden producir dolorosas confrontaciones que sólo la verdadera Caridad puede superar.

Así ocurrió con el problema de los “judaizantes”, cristianos celosos que pretendían que los convertidos del paganismo tuvieran que aceptar las leyes dadas en el Antiguo Testamento para el pueblo de Israel.

Hasta Pedro anduvo confuso en este asunto, y sólo la visión más realista de Pablo logró poner las cosas en su sitio, aunque después de muchas discusiones y dolores de cabeza.

Hoy tenemos otros problemas y no todos estamos de acuerdo en las soluciones. Mientras más avanzamos algo nuevo se presenta que causa malestar, confusión y hasta división.

No podemos dejar que cada uno aplique soluciones a cómo le dé su conciencia, pero debemos ser muy cuidadosos al juzgar y, sobre todo, tenemos que actuar siempre bajo la guía de la Caridad, que es comprensiva y amable para subsanar errores y superar situaciones que son la antítesis de la comunión y la unidad que Dios quiere para todos sus hijos.

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