LOS DIOSES INVENTADOS

ARNALDO BAZÁN

El hombre, ciertamente, ha sido capaz de fabricarse dioses, pero eso en modo alguno significa que lo hace porque no existe el verdadero Dios.

Lo que ocurre es que el Dios verdadero es exigente, parece alejado de nosotros y hasta escondido (Isaías 45,15), requiriendo una fidelidad que no siempre estamos dispuestos a brindarle.

En el corazón del hombre existe un hambre de infinito, un ansia de eternidad y la necesidad del Absoluto. Es que no podemos menos de sentir la atracción de Aquel que nos creó y nos ha destinado a El.

"Señor, nuestro corazón está inquieto y no descansará hasta que te encuentre", decía san Agustín.

Por eso vemos que si esa hambre, esa ansia, esa necesidad no es colmada con el encuentro y la experiencia del verdadero Dios, habrá que recurrir a las supercherías, a la superstición o al aniquilamiento personal de las drogas o el suicidio.

Pero el ser humano teme comprometerse con Dios, porque supone, equivocadamente, que con ello está perdiendo su libertad. La más antigua tentación, como la describe el libro del Génesis (3,5), coloca al hombre frente a Dios porque el primero pretende ser "su propio dios".

Como no quiere reconocer públicamente que lo que pretende es proclamarse "dios", el ser humano, dando las espaldas al Verdadero, se vuelca a la fabricación de dioses de ensueño que han de resolver todos sus problemas. Si no es uno será el otro, pues hay para todos los gustos.

Pese a todo, el ser humano no puede esconder que existen enfermedades y desgracias, hechos terribles que mutilan sus órganos o arrancan su vida, y también traslada este concepto a su proyección religiosa, fabricando los "causantes" de todos sus males, los terribles dioses de la venganza o los espíritus del mal.

A estos últimos hay que aplacar, a veces hasta con terribles penitencias, mientras que a los otros se les mantiene contentos para que resuelvan los problemas tal como de ellos puede esperarse.

La religión pagana mezcla la confianza ilimitada en los dioses con un profundo miedo a su poder.

El pagano de todos los tiempos, pues hoy tenemos gran cantidad de ellos, incluso bautizados, vive entre el terror y la angustia, pues no ha descubierto el amor de Dios por sus criaturas y sus promesas de total liberación y vida eterna.

Esa es la razón por la que se somete, a veces, a pruebas tremendas, con tal de cumplir una exigencia, transmitida por algún brujo o hechicero del supuesto dios al que considera su salvador.

En la práctica, la pretensión del ser humano de "liberarse" de Dios y ser su propio dios, proyectado en los ídolos que fabrica, se vuelve en contra suya, por cuanto es cada día más esclavo de los fantasmas de su mente, cayendo en la bajeza de cultos y ritos que nada tienen de sagrados ni de humanos.

El camino de la verdadera liberación del hombre se encuentra en el descubrimiento del verdadero Dios y del amor que ha tenido por nosotros. Este amor, que se demuestra especialmente en el envío de su propio Hijo para que, en la profunda humillación de rebajarse hasta la condición humana, cure la osadía del ser humano que pretende suplantar a Dios.

Horóscopos, ritos idolátricos, cultos satánicos, o simples creencias supersticiosas son solo un ejemplo de la tragedia existencial del hombre, que destinado a conocer a su Creador y Padre, se empeña en aislarse y se condena a vivir rodeado de la mentira y la maldad.

El ser humano ha demostrado tener poca imaginación, pues al fabricar dioses los ha hecho con sus propias limitaciones y vicios, buscando, quizás, una buena justificación para toda clase de pecados.

Sin embargo, no podemos negar que llevamos en lo mas íntimo del ser la huella de nuestro Creador, por lo que nunca dejamos de mostrar el impulso hacia lo alto que anida en lo más profundo de cada uno.

Hasta los que se confiesan ateos muestran una preocupación por Dios. Sin quererlo, con su insistencia en negarlo están demostrando lo mucho que les interesa y el inmenso deseo que tienen de estar equivocados.

Aunque nunca lo digan, no pueden menos de reconocer que su proyecto de un mundo sin Dios es mucho menos comprensible que el de Dios creando el mundo.

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