EL INFIERNO

ARNALDO BAZÁN

Hay muchos que niegan que el infierno pueda existir, alegando que estaría en contradicción con la idea de un Dios bueno e infinitamente misericordioso.

El argumento es simple: Si a nosotros, que somos pecadores, nos aterra la idea de un castigo eterno, y lo vemos como algo imposible de ser aceptado por nuestra razón, ¿qué será con Dios que es el Sumo Bien y ha declarado por medio de las Escrituras que es bueno y rico en misericordia?

A eso sólo podemos responder que si creemos en el infierno es porque así nos ha sido revelado. Cristo mismo habló claramente de un “castigo eterno”, reservado para “el diablo y sus ángeles”, y todos aquellos que obran iniquidad. (Ver Mateo 25,41).

IMÁGENES DEL INFIERNO

El problema está en que nosotros hemos creado muchas imágenes del infierno que no se avienen con las enseñanzas de Jesús. Unas veces hemos tomado demasiado al pie de la letra sus palabras, que sólo son aproximación a una realidad que no pertenece a este mundo, y otras hemos exagerado tremendamente, dejándonos llevar de una imaginación demasiado calenturienta, creando un infierno que, sencillamente, no existe. Recuerdo todavía la forma en que algunos predicadores nos hablaban acerca del infierno, usando de verdaderas truculencias dignas de una película de terror, para así tratarnos de convencer de que debíamos ser buenos.

Era un estilo que hacía temblar a los timoratos, pero que provocaba reacciones negativas en los que querían pensar con la cabeza. Al final las consecuencias de tal proceder fueron lamentables, pues muchos perdieron la fe, no sólo en el infierno, sino en otras muchas cosas.

LA REALIDAD SIGUE SIENDO MISTERIO

Lo mejor que podemos decir del infierno es que apenas sabemos nada de lo que es. Lo único que somos capaces de afirmar es que existe, ya que así nos lo enseñó Jesús. De lo demás habría que decir lo mismo que Pablo a propósito del cielo: ni el ojo vio, ni el oído oyó.

Si Cristo habla del “fuego eterno” es indicutible que no se trata del mismo fuego que conocemos en la tierra, sino de una realidad que no se puede expresar con palabras humanas, por lo que tuvo que emplear las que nos aproximaran, de alguna manera, a lo que por el momento, somos incapaces de conocer.

Imaginarse, como se han imaginado, además de los predicadores ya aludidos, algunos poetas y pintores, en un infierno que es, en realidad, una cámara de torturas parecida a las inventadas por los sádicos opresores de la libertad humana, es un soberano error, que necesariamente tiene que llenar de indignación a todo el que ame a Dios y admire su inteligencia, su bondad y su misericordia.

Claro que eso no significa que el “castigo eterno” del que habla Jesús no sea mucho más terrible que cualquier tortura humana, pues el solo hecho de verse uno impedido, PARA SIEMPRE, de gozar de la dicha del cielo y de disfrutar junto a Dios de las alegrías de su Reino, es más que suficiente para hacerlo sentir desgraciado en grado sumo.

Este “fuego inextinguible” sería equivalente a un ansia de felicidad que se sabe ya jamás será saciada, acompañada por el remordimiento de haber perdido, por propia culpa, esa dicha inigualable.

QUIÉNES VAN AL INFIERNO

De acuerdo a lo que uno oye decir a ciertas personas, el infierno debe de estar lleno y el cielo medio vacío, pues mandan para el primero, con una facilidad increíble, a todo el que no les gusta.

No vamos a discutir que, teóricamente, un solo pecado mortal nos merecería el infierno. Es más, también teóricamente, todos estaríamos condenados si no fuera por la misericordiosa gracia del Señor.

Con todo, fuimos creados por Dios para la felicidad y no para el castigo. Del amor de Dios estamos seguros, pues El mismo nos lo ha mostrado enviándonos a su Hijo. Como dice san Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por El" (3,16-17).

Cristo nos prohibió juzgar a los demás por una sencilla razón: no tenemos capacidad para conocer hasta dónde llega la culpabilidad de nadie. Un pecado tan grave que merezca el fuego inextinguible, no se comete así como así. Somos demasiado pequeños y limitados como para ser condenados, sin más ni más, por un Dios que conoce de sobra nuestras debilidades.

EL REINO DEL DESAMOR

El infierno, me atrevo a decirlo, es relativamente para unos pocos. No podría ser de otro modo, ya que la Sangre del Hijo de Dios no ha sido derramada en vano.

Aquellos que, habiendo tenido todas las posibilidades de salvación, la rechazan a conciencia, dedicando su vida a la maldad y al odio, serán los probables moradores de ese mundo de horror donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Pero no nos atrevamos, como jamás lo ha hecho la Iglesia, a mandar a nadie para allá. Dejemos que sea el Señor, en su infinita sabiduría y misericordia, el que decida algo tan terrible y definitivo.

Por otro lado, aceptemos la realidad del infierno, pero sin olvidarnos que sido creados para la eterna felicidad, que alcanzaremos si abrimos nuestros corazones al amor y la misericordia de nuestro Padre.

Arbazan34@gmail.com

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