LA DOCTRINA DE JESÚS
SOBRE EL MATRIMONIO

Se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: "¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?" El respondió: "¿No han leído ustedes que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra...(Mateo 19, 3-4).

Los fariseos descubrieron muy pronto que lo que predicaba Jesús no les convenía. Si el pueblo lograba captar sus enseñanzas, sería el fin de sus privilegios como grupo, pues muchos los consideraban como "judíos de primera clase", hombres conocedores de la Escrituras y cumplidores de la Ley.

La verdad es que no eran nada de eso. Ciertamente conocían las Escrituras, pero las aplicaban a su manera, tratando de sacar provecho para continuar siendo una clase superior.

Por eso trataron de ridiculizarlo, de demostrar que no conocía las Escrituras, que estaba en contra de la Ley, que era, en fin, un impostor que traería muchos males a la verdadera religión.

De ahí que no perdieran oportunidad para ponerle trampas, presentando, en una forma aparentemente inofensiva, preguntas capciosas que, según pensaban, pondrían a Jesús en un aprieto.

En esta ocasión se trataba de algo totalmente aceptado por todos: el hombre podía repudiar a su mujer. Diversas escuelas rabínicas diferían en cuanto a los motivos. Pero era un hecho que el repudio era parte del derecho del hombre sobre la mujer.

De ahí que Jesús, sin atacarlos directamente, les recordó, con las mismas Escrituras, que desde el comienzo Dios había creado al hombre y a la mujer en igualdad de condiciones, con los mismos derechos y deberes.

Aunque Jesús no habló de eso en dicho momento, podemos deducir que se estaba refiriendo a la idea de que su Padre había dado, al hombre y a la mujer por igual, la tarea de crecer y multiplicarse, someter la tierra y dominarla, como leemos en el libro del Génesis:

"Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y les bendijo Dios, y les díjo: "Sean fecundos y multiplíquense y llenen la tierra y sométanla; manden en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra" (1,27-28).

No hay en estos dos versículos ninguna distinción entre el hombre y la mujer. A los dos por igual los crea Dios a su imagen y semejanza. Por igual les manda procrear, llenar la tierra y someterla. Por igual les pone al mando sobre todo lo creado en la tierra.

Que después el hombre se creyera superior, y además de los animales tratara de someter también a la mujer, es algo que no vino del Creador.

... y que dijo: "Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre" (Mateo 19,5-6).

La frase que comenzó en el versículo 4 se completa en estos dos versículos. No sólo Dios creó al ser humano como varón y hembra, sino que también los destinó para que formaran una pareja indisoluble, de modo que dejando el hogar paterno, se convirtieran en una sola carne.

Esa fue la voluntad de Dios, para el bien de la misma pareja, pues no hay algo mejor que el verdadero amor entre el hombre y la mujer, que hace posible que dos se conviertan en uno.

Con todo, y muy lamentablemente, estamos viendo que el matrimonio tal y como Dios lo concibió, no es del agrado de muchos. Se trata de un compromiso demasiado serio, que lleva consigo la mayor felicidad que dos seres humanos puedan darse el uno al otro, pero al mismo tiempo una serie de deberes que exigen de ambos sacrificios y renuncias.

Hay padres y madres que nunca han entendido que los hijos no son para ellos, interponiéndose en las decisiones de sus hijos, cuando debían reconocer que es ley de Dios que solo ellos pueden decidir con quién se han de casar y cómo han de vivir como pareja.

Los progenitores no tienen derecho a exigir de sus hijos que los tengan en un primer lugar. Después del matrimonio solo Dios puede estar por encima del amor que ambos se deben.

No siempre los fracasos matrimoniales son provocados por indebidas intervenciones de los padres. Pero, en muchos casos, se deben a que en el hogar no se recibieron los ejemplos y enseñanzas que permitieran a los hijos llegar al matrimonio preparados para hacer frente a su nueva vida. Claro que también están los propios errores y pecados que puede cometer la pareja.

Muchos escogen mal y llegan al matrimonio diciendo sí a quien no es la persona adecuada, pues o no existe compatibilidad, o sencillamente no hay verdadero amor. Pero también se da el que todo parece estar perfecto, en la medida de lo posible, y entra entonces la falta de diálogo, el egoísmo, la vanidad, las tentaciones de infidelidad, los vicios y otras muchas circunstancias que van destruyendo poco a poco lo que prometía ser un matrimonio según el plan de Dios.

A esto se puede agregar, precisamente, la falta de la presencia de Dios en el hogar, porque la pareja ha descuidado su vida de unión con Aquel que nunca sobra y siem-pre es necesario, el Señor.

Dícenle: "Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?" Díceles: "Moisés, teniendo en cuenta la dureza del corazón de ustedes, les permitió repudiar a sus mujeres; pero al principio no fue así. Ahora bien, les digo que quien repudie a su mujer - no por fornicación - y se case con otra, comete adulterio" (Mateo 19,7-9).

Antes de que Moisés escribiera lo que podríamos considerar la base de los cinco primeros libros de la Biblia, llamados la Torá o libros de la Ley, habían pasado más de quinientos años del nacimiento de Israel como pueblo.

Cuando los israelitas, con Jacob y sus hijos, se trasladan a Egipto, no tenían una idea de los años que allí pasarían. En total fueron cuatrocientos treinta, de los que buena parte vivieron sometidos a esclavitud.

Durante estos años en que no había ninguna ley promulgada, los israelitas aceptaron costumbres de otros pueblos, especialmente del egipcio, que fueron incorporando a su propia cultura.

Es decir que cuando Moisés redacta la Ley, por orden de Dios, pudo comprender que no sería fácil a los israelitas adaptarse a una forma de vida que no había sido nunca la suya. Esa fue la razón por la que permitió que los hombres pudieran repudiar a sus mujeres. Es lo que Jesús llamó "la dureza del corazón".

El machismo se había arraigado de tal forma en la mayoría de los pueblos que no era fácil cambiar esa forma negativa de actuar. La prepotencia de los hombres ha durado prácticamente hasta nuestros días, y quedan de ella muchos resabios.

Todavía hay pueblos donde la mujer apenas tiene participación en la toma de decisiones, como entre los musulmanes, cuya ley permite tener hasta cuatro mujeres, y el repudio es algo totalmente legal.

Pero Jesús aclara que esa no fue la intención del Creador. Desde el principio Dios quiso que el hombre y la mujer se consideraran con igualdad de dignidad y de derechos.

Al suprimir la participación de la mujer, toda la sociedad ha sufrido por ello. Hemos sido creados para trabajar en comunidad, y si la mujer se queda relegada a un segundo plano, muchas cosas no pueden funcionar como debieran.

Cuando se da al hombre un derecho que no tiene, se comete, por otro lado, una gran injusticia. Y eso es lo que se ha vivido por siglos en nuestro mundo.

Arnaldo Bazán


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