BEATO JUAN PABLO II

ARNALDO BAZÁN

Wojtylwa

Casi todo el mundo pudo contemplar, durante los últimos días del primer papa polaco, a través de la televisión, que otorgó una cobertura especial tanto a su agonía como a su muerte, el cariño que inspiraba Juan Pablo II.

Murió, sin lugar a dudas, en “olor de santidad”, y así fue aclamado por muchos, que hasta reclamaban que fuera declarado “santo” sin retraso alguno.

Ese clamor popular era el que, desde los primeros tiempos, canonizaba a aquellos que, fueran mártires o no, se consideraban ejemplos a seguir por la forma en que vivieron su cristianismo.

¿SANTOS O PERFECTOS?

En una ocasión un joven se acercó a Jesús llamándole “maestro bueno”. El Señor le replicó: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios” (Lucas 18,18-19).

Ante las críticas que se han oído estos días con respecto al nuevo beato, tenemos que aclarar que: 1) La Iglesia al beatificar o canonizar no nos está diciendo que la persona haya llegado a una total perfección. 2) Que la santidad es el ideal al que debe aspirar todo cristiano. 3) Que la verdadera canonización consiste en estar en el cielo junto a Dios. 4) Que la Iglesia, al beatificar o canonizar no nos está diciendo que éstos sean los únicos que están en el cielo. 5) Que la beatificación o canonización sirve para presentarnos ejemplos de personas que lograron, con la ayuda del Espíritu Santo, vivir los consejos evangélicos en forma heróica, de modo que nos animen a hacer lo mismo.

LOS HÉROES CRISTIANOS

Los santos son, pues, nuestros héroes. Y los tenemos a mucha honra.

Hombres y mujeres, con las mismas dificultades que todos los demás, lucharon a brazo partido contra las tentaciones y demás asechanzas de Satanás, sin confiar en sí mismos, sino en el poder de la gracia divina, para entregar su vida a la extensión del Reino de Dios y a la eterna salvación del género humano.

Son, pues, los mejores imitadores de la vida de Jesús, que obedeciendo la voluntad del Padre, se hizo “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2,8).

Cada país tiene sus héroes. Son aquellos que se destacaron por sus virtudes cívicas, su amor a la Patria, sacrificando a veces hasta la misma vida para lograr la libertad o una mejor forma de existir para sus conciudadanos.

A éstos, la devoción popular les ha dedicado días, homenajes, parques, estatuas, en fin, toda clase de honores, pues se les reconoce sus méritos, sus sacrificios y esfuerzos.

Eso es lo que ha hecho la Iglesia, es decir, todos los que pertenecemos a ella, con sus héroes, aquellos que, a vista de todos, lograron vivir las virtudes en forma más entregada que la mayoría de nosotros.

Pero también existen los héroes anónimos, aquellos que, sin apenas ser conocidos, pero lo son de Dios, también se esforzaron por servir al Señor y al prójimo porque El nos lo ha mandado.

A éstos también se les reconoce en esa fiesta que cada primero de noviembre celebra la Iglesia: la de Todos los Santos.

¿ES JUAN PABLO II MERECEDOR DEL TÍTULO?

Sólo Dios puede santificar, y es su voluntad el que todos seamos santos, como leemos en Levítico 11,45: “Sean, pues, santos porque yo soy santo.

Si examinamos la vida de Karol Józef Wojtyla desde que era un niño, podemos descubrir el desarrollo de una entregada a Dios.

Sus muchas virtudes como hombre, sacerdote, obispo y Sumo Pontífice le hacen acreedor del reconocimiento que ha recibido de casi todas partes.

Si pudo cometer errores, éstos no son capaces de opacar sus méritos durante una larga vida de luchas y sacrificios tanto en el terreno espiritual como en el social, el científico, el literario y en su lucha por el triunfo de la justicia y la libertad de los pueblos.

Nunca faltarán las críticas, de las que no se pudo escapar ni el propio Jesús.

Arbazan34@gmail.com


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