LA JUVENTUD Y EL FUTURO

ARNALDO BAZÁN

Muchas personas suponen que los jóvenes de hoy son peores que los de otras épocas, ya que están “echados a perder” sin remedio.

Este planteamiento nos llevaría a hacer un sinnúmero de preguntas. Por ejemplo: ¿Qué será del futuro si es cierto que la juventud anda tan mal? ¿Quiénes han sido los responsables de que la juventud se haya corrompido?

Voy a empezar por decir que no creo, en modo alguno, que haya habido una época mejor que otra, ni que existan pueblos ni razas ni tiempos privilegiados. El ser humano, desde el pecado original, lleva consigo la carga trágica de su inclinación al mal, y ahí están las páginas de la propia Biblia y de la misma historia de la Iglesia, para decirnos que “en todas partes cuecen habas”.

Es innegable que, a medida que envejecemos, vamos perdiendo nuestra capacidad de análisis objetivo, y aunque la madurez debería ayudarnos a comprender a los que vienen detras, lo cierto es que tal cosa no suele ocurrir.

Por el contrario, somos mucho más críticos, nos irritamos más fácilmente por cualquier cosa, y descubrimos que hablamos un lenguaje totalmente diferente al de los jóvenes, de modo que ni sus formas de vestir, ni su música, ni siquiera sus gustos al comer se avienen a los nuestros.

Esto, claro está, no tendría por qué constituir una tragedia, por cuanto se trata de algo bien natural. ¿Cómo vamos a pensar de igual manera los que, “más por viejos que por diablos”, hemos adquirido una experiencia que sólo puede lograrse a base de vivir?

El gran problema no estriba en que pensemos distinto, sino en que seamos capaces de caminar juntos, pese a todo. Lo que los jóvenes deben esperar de los adultos no es que compartan sus puntos de vista, sino que seamos más respetuosos con sus formas de pensar y no les echemos las culpas de todo.

El mundo de hoy – al igual que el de ayer -, está dominado por los adultos, que somos los que imponemos las pautas, que dirigimos los negocios, controlamos la prensa, la radio, la televisión, dominamos la política y, en general, todos los aspectos de la vida humana.

Los adultos somos maestros. Los jóvenes saben que están todavía en la categoría de aprendices. Esto, si son inteligentes, no les importa, pues comprenden que así tiene que ser. Ahora bien, ¿qué es lo que están aprendiendo los jóvenes de los adultos? ¿Qué herencia les estamos dejando?

Creo que, a fuer de sinceros, tendríamos que ser humildes para reconocer que lo que los jóvenes de hoy están viendo en una gran parte de los adultos no merece ni consideración ni respeto, mucho menos admiración y ganas de imitarlo.

¿Quiénes hacen y dirigen las guerras en las que, por cierto, es a los jóvenes a quienes toca morir en mayor número? ¿Quiénes los que explotan al prójimo con salarios de hambre? ¿Quiénes los que mantienen al mundo en una situación de opresión y barbarie? ¿Quiénes los que inundan el mundo con pornografía, drogas y cuanto crimen o negocio ilícito se han inventado?

Muchos padres insisten en que sus hijos no usen drogas, pero ellos no paran de fumar, o de beber. Quieren que sean decentes y se comporten con buenos modales, mientras ellos se exceden en sus maneras de tratar a los demás.

Lo que los jóvenes hacen, bueno o malo, de otros lo han aprendido. Es cosa sabida que es más fácil imitar lo malo que lo bueno.

De todos modos, creo que la peor plaga que ha podido tocar a los jóvenes es esta crisis tremenda que padecemos de los valores esenciales. Son los adultos, no los jóvenes, los que preconizan el divorcio como la mejor solución a los problemas matrimoniales, los que defienden el aborto y el derecho del ser humano a hacer todo lo que represente beneficio económico o bienestar material, aunque queden conculcados los preceptos de Dios y los derechos del prójimo.

¿Qué cosa peor le puede pasar a un joven que crecer en un “hogar” que ha sido destruido por el egoísmo de sus progenitores? ¿Qué peor cosa que desarrollar su mente sin contar con un clima propicio y un ambiente sano para convertirse en un adulto bien formado?

Los jóvenes de hoy están enfrentados a tremendas desventajas con respecto a los que crecimos hace ya algunos años. Es verdad que hoy disfrutan, sobre todo en el mundo desarrollado, de juguetes sofisticados, de caprichos tecnificados, de máquinas y artificios que nosotros no pudimos ni soñar.

Pero, ¿no es cierto que existe hoy un vacío que no se puede llenar cuando no se cuenta con hogares estables y solidos que permitan al individuo gozar y disfrutar de ese calor especial que sólo tienen los que lo son de verdad?

Ese vacío es el que muchos jóvenes, a veces sin saber por qué, tratan de llenar con el “sexo por la libre”, con las drogas, o con el “escape”, que frecuentemente han aprendido de sus propios padres, de las bebidas alcohólicas.

Prefiero mil veces haber nacido y haberme criado como lo fui, en un hogar muy pobre, pero donde existía la presencia de unos padres maravillosos que no pudieron darme muchas “cosas”, pero que me enseñaron principios y ejemplos que me han servido toda la vida.

¡Pobres de los jóvenes con padres demasiado “complacientes”, que para quitárselos de encima les compran el carro de último modelo y cualquier capricho que se les antoje!

¡Pobres de los jóvenes cuyos padres no creen en Dios o piensan que la religión es una entelequia pasada de moda y que, por tanto, consideran innecesario que sus hijos conozcan que esta vida no es más que una oportunidad para prepararnos a los bienes futuros que Dios nos tiene reservados!

¡Pobres de los jóvenes cuyas madres han caído en la tentacion de salir a trabajar todas las horas que hagan falta, para que en la casa abunden las cosas que no hacen falta, pero donde no se tiene lo más importante, que es una verdadera madre cuya presencia no se puede suplir ni con un millon de artefactos!

¡Pobres de los jóvenes a quienes llega directamente la influencia de maestros dominados por la soberbia del saber, por lo que destrozan ante los ojos de sus alumnos todo concepto de lo sobrenatural y declaran el ateísmo como la mejor forma de demostrar que uno es un ser cultivado!

¡Pobres de los jóvenes que no cuentan con una comunidad cristiana que los acoja y los entusiasme, como tampoco con sacerdotes que se interesen por sus problemas y los orienten hacia la conquista del Reino de Dios!

¡Pobres de los jóvenes que sólo ven a su alrededor rapiña, deseos de medrar a costa de los demás, intrigas y falsedades, políticos corruptos y funcionarios cuyo único interés es subir aunque sea a base de entregar sus conciencias!

¡Pobres de los jóvenes que sólo ven en sus hogares peleas y discusiones, y respiran por todas partes un aire de violencia que los impulsa a resolver todos los problemas a puñetazos, gritos y patadas, y no a comprender los puntos de vista de los otros y perdonar las injurias recibidas! ¡Pobres de los jóvenes que están subiendo con ideales torcidos, buscando sólo lo que es utilitario, y sólo piensan en divertirse - a su entender - de la mejor manera posible!

¡Pobre mundo nuestro que tiene tan pocas perspectivas para el futuro, pues si la juventud actual se corrompe, ya podemos imaginar lo que será la sociedad dominada por ella cuando se vuelva adulta!

¡Pobres de todos nosotros si no sabemos dejar una herencia útil a la juventud de hoy, y simplemente nos cruzamos de brazos o nos dedicamos a criticar lo que los jóvenes hacen o dicen, pero sin aportar algo que pueda ser realmente eficaz para que se produzca el cambio!

Siempre la juventud ha sido una edad en la que se cometen errores, precisamente porque no hay suficiente madurez para actuar en una forma equilibrada. Con todo, el gran problema es que esa juventud cuente con educadores y orientadores que, sin alentar las actuaciones incorrectas, sepan comprender la difícil situación de quienes están en una encrucijada y tienen que decidir cuál camino seguir.

Toda encrucijada produce confusión, a no ser que ya conozcamos de antemano el camino. Uno, con todo, sólo vive una vez, por lo que tiene muchas probabilidades de equivocarse. Sólo si hay al lado buenos educadores es que se puede aprender a rectificar a tiempo y sacar lecciones de los errores cometidos.

Eso es lo que, en mi opinión, están necesitando, desesperadamente, los jóvenes de hoy. En lugar de exigir, deberíamos darles, y comprender que todavía no están ellos capacitados para actuar como adultos, porque no lo son, pero con nuestra ayuda podrán aprender a serlo si somos capaces de demostrarles que nuestra vida tiene la madurez y la solidez suficientes para despertar en ellos el deseo de imitarnos.

Arbazan34@gmail.com

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