LA LIMOSNA

ARNALDO BAZÁN

Sin discusión, lo mejor sería que no tuviésemos que dar limosnas a nadie. ¡Qué bello fuera si cada ser humano pudiera ganar honradamente su pan!

El plan primigenio de Dios apuntaba hacia una tal armonía entre los seres humanos que todo se encontraría bien repartido. Pero entró el pecado en el mundo y el hermoso plan del Creador se vino por tierra, ya que los hombres llegaron a creerse que sabían más que Dios.

Los más fuertes abusaron de los débiles y los humanos se fueron separando por grupos, clanes, pueblos, razas y naciones, volviéndose, en distintos lugares y momentos, los peores enemigos de sus semejantes.

Alguien dijo, con sobrada razón, que “el hombre es lobo para el hombre”.

Las evidentes manifestaciones de egoísmo y ambición de las que el ser humano ha hecho gala, han traído, como consecuencia, el imperio de los pocos sobre los muchos.

Si analizamos lo que ocurre en la mayoría de los países podemos descubrir que una mínima parte de la población es la que maneja realmente la riqueza, es dueña de la tierra y disfruta de los beneficios acaparando lo mejor para sí.

Estas diferencias son realmente irritantes, pues los más tienen que conformarse con ver disfrutar a los menos. Estos, con frecuencia, no tienen el menor escrúpulo de ostentar escandalosamente lo que poseen delante de los infelices que nada tienen.

Jesucristo vino a darnos una vida nueva y restaurar el plan original de Dios. Somos sus discípulos los que tenemos que llevar a la práctica lo que el Maestro nos indicó. Y la verdad es que las cosas empezaron bien. Leamos lo que nos dice a este respecto el libro de los Hechos de los Apostoles:

“En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie consideraba suyo nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucha eficacia. Todos ellos eran muy bien mirados, porque entre ellos ninguno pasaba necesidad, ya que los que poseían tierras o casas las vendían, llevaban el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno” (4,32-36).

Más tarde, poco a poco, nos fuimos también nosotros, los cristianos, olvidando de las estrictas enseñanzas y las cambiamos por caricaturas. Aferrados a la frase “a esos pobres los tienen siempre con ustedes” (Mateo 26,11), pensamos que era mejor un simple dar que compartir. Y así la limosna perdió su auténtico sentido.

La razón de la limosna - palabra que hoy nos sabe a ayuda que se ofrece hasta de mala gana, por salir del paso y tratando al que la recibe como un inferior -, se sustenta en una verdad indiscutible: Todo es de Dios. Nadie puede alegar una propiedad absoluta sobre nada, pues el día men>os pensado nos llamarán a rendir cuentas. Tenemos, pues, la obligación de compartir con el que necesita.

Todo ser humano tiene derecho a lo que le hace falta para vivir decorosamente, esto es, sin penurias. Dejemos hablar al Concilio Vaticano II:

“Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde” (Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Actual, número 69).

En la tierra hay recursos suficientes para todos, pero sabemos que las riquezas están mal distribuidas. Unos pocos, a veces con artimañas de toda clase, han logrado posesionarse de lo más y mejor. La Historia se encargaría de demostrar que esto no es una afirmación exagerada.

En la misma Escritura hay palabras terribles en contra de los ambiciosos, como en este pasaje de Isaías:

“¡Ay de los que añaden casas a casas y juntan campos con campos, hasta no dejar sitio, y vivir ellos solos en medio del país! Lo ha jurado el Señor de los ejércitos: Sus muchas casas serán arrasadas, sus palacios magníficos quedarán deshabitados...” (5,8-9).

También Santiago dedica párrafos indignados a los que explotan al pobre:

“Vamos ahora con los ricos: lloren a gritos por las desgracias que se les vienen encima. La riqueza de ustedes se ha podrido, sus trajes se han apolillado, su oro y su plata se han oxidado, su herrumbre será testigo en contra de ustedes y se comerá sus carnes como fuego. Ustedes atesoraron,,, para los últimos días. MIren, el jornal de los braceros que segaron sus campos, defraudados por ustedes, está clamando, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Con lujo vivieron en la tierra y se dieron la gran vida, cebando sus apetitos... para el día de la matanza. Ustedes condenaron y asesinaron al inocente: ¿no se les va a enfrentar Dios? (5,1-6).

Podríamos aducir otros textos pero no creo sea necesario.

Si en el mundo imperara la justicia de Dios no existirían los millones de habrientos que pululan en todos los países atrasados.

Un proverbio - no recuerdo el autor - dice: “Si regalas a un pobre un pescado, le habrás resuelto el problema de un día. Si lo enseñas a pescar, le habrás resuelto el problema de todos los días”. A los pobres se les humilla y desorienta cuando nos empeñamos en resolver sus problemas en lugar de ayudarlos para que ellos los resuelvan por sí mismos.

La limosna es una emergencia destinada a socorrer a los que no pueden valerse: los ancianos, los huérfanos, los enfermos, los inválidos y todos aquellos que se encuentren en una situación desesperada, como los refugiados o las víctimas de las guerras, terremotos, inundaciones, etc.

Lo que resulta inaceptable es que la limosna se convierta en el expediente normal para ayudar a los que podrían procurarse, con su trabajo, el pan cotidiano.

Abramos nuestro corazón para compartir lo que tenemos con los necesitados, pero estemos claros de que no habrá soluciones a los males del mundo mientras no se implante, por todas partes, la Justicia.

Arbazan34@gmail.com

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