¿QUÉ PENSARÍA LUTERO
SI VIVIERA HOY?

ARNALDO BAZÁN

Si hoy estuviera vivo, ¿qué pensaría Martín Lutero del mal uso que tantos han hecho de su rebelión contra la Iglesia? Porque no creo, sinceramente, que él estuviera contento de todos los desastres que se han cometido a la sombra de sus teorías.

Lutero era un religioso de la orden de San Agustín. Tenía razones, indiscutiblemente, para estar disgustado con las cosas mal hechas que se hacían en la Iglesia. Si queremos ser honestos, tenemos que reconocer que en aquellos tiempos que le tocó vivir, había eclesiásticos que abusaban del poder que ejercían sobre los fieles. Y era mucha la ignorancia en que se vivía.

Todo esto pertenece a la historia. Ya el papa Juan Pablo II se encargó de pedir perdón por los pecados cometidos por miembros de la Iglesia de todos los tiempos.

No es éste el momento para explicar las cosas que debían cambiar. Lutero, acertadamente, señaló algunas, pero no en todo tenía la razon.

Lamentablemente se unieron muchas circunstancias que más tarde convir-tieron su protesta, exhibida primera-mente en aquellas famosas noventa y cinco tesis que fijó en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, Alemania, aquel 31 de octubre de 1517, en una rebelión abierta contra la Iglesia de Cristo.

Se pasó de rosca, como diríamos hoy. Pero eso ocurre con los seres humanos cuando llegamos a convencernos de estar en posesión de toda la verdad. Pensamos que los otros, todos, están equivocados.

Pero el hombre que sinceramente entró en un convento, profesó sus votos como monje y fue ordenado sacerdote, llevó las cosas tan lejos; como proferir toda clase de improperios contra el Papa y la Iglesia Católica, que eran más propios de un energúmeno que de un eclesiástico bien formado, cuyo único deseo hubiese sido que las cosas que no estaban bien fueran corregidas para beneficio del pueblo de Dios.

Fue él quien empezó a llamar a los católicos “papistas”, y a la Iglesia Católica “la gran ramera”, algo de lo que ahora se avergüenzan algunos de sus discípulos, aunque otros lo siguen propalando, demostrando odio a la Iglesia y a los católicos.

Posesionado de un furor reformador, logró que muchos frailes y monjas, siguiendo su mal ejemplo, abandonaran los conventos, y se casaran, despreciando aquellos votos que con fervor habían hecho.

Destruyó la unidad de la Iglesia, a la que partió en mil pedazos, pues después de él, otros se creyeron también con el derecho de seguir dividiéndola. para sacar su propia tajada de lo que estaba ocurriendo.

No era la primera vez que en la Iglesia ocurrían hechos desagradables. Uno de los peores momentos ocurrió en el siglo III. Un sacerdote de Alejandría llamado Arrio, con su negación de la divinidad de Jesús, dividió a la Iglesia en dos. Aunque aquella herejía perduró bastante tiempo, poco a poco fue perdiendo fuerza hasta desaparecer. Quizás, sin quererlo, inspiró a Mahoma a negar la divinidad de Jesucristo, dándole sólo el título de profeta, pero incluso menor que él.

Hoy no hay una sola persona que se considere arriana. La inmensa mayoría no ha sabido nunca que tal personaje existió.

Es decir, que la herejía de Arrio no trascendió hasta nuestros días. Es cierto que muchos habrá que no creen que Jesús sea Dios, como los Testigos de Jehová, pero tampoco se consideran discípulos de Arrio, aunque lo sean indirectamente.

Lo triste del caso de Lutero es que, si bien no logró destruir la Iglesia, llevó a una parte de ella a seguir subdividiéndose al infinito, hasta llegar a lo que hoy contemplamos.

Miles de iglesias en las que se enseña lo que a su pastor se le ocurre, pues no responden a ningún tipo de doctrina bien elaborada, sino que se basan en interpretar las Sagradas Escrituras, la Biblia, como bien se les ocurre.

Y eso, sí, se lo debemos a Lutero, algo por lo que en modo alguno podemos estarle agradecidos. Si en algo influyó Lutero, de quien hoy sólo unos setenta millones se consideran sus discípulos, es tomar la Biblia como punto de partida para decir toda clase de barbaridades.

Cuando su teoría de que cualquiera puede interpretar la Biblia fue aceptada ampliamente, contando con que el Espíritu Santo iba a inspirar a cada uno lo que de ella debía aprender, se encendió la mecha de la desunión, arrasando con la unidad de la fe, que es algo esencial para que la Iglesia pueda llevar a cabo la misión que Cristo le encomendó.

¿Cómo es posible que Cristo esté diciendo una cosa por aquí y otra por allá?

Y eso es lo que ha estado pasando desde los tiempos de Lutero. No en la Iglesia Católica, que cuenta, ella sí, con la ayuda del Espíritu Santo para predicar la única Verdad contenida en la Revelación, de la que ella es la depositaria.

En esta Iglesia Católica incluimos a los hermanos de las iglesias ortodoxas, que aunque en conflicto con el primado del Papa, han mantenido la misma unidad de fe y de sacramentos que los católicos.

Efectivamente, los llamados “protestantes”, a quienes nosotros los católicos preferimos seguir llamando “hermanos separados”, se han multiplicado en confesiones y sectas que pasan de veinte mil, según los cálculos de algunos y treinta mil según los de otros.

:Y eso tenemos que lamentarlo. Pues así nunca podremos lograr lo que el propio Jesús pedía a su Padre:

No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado (Juan 17,20-21).

Mientras más separación haya, más difícil se hace el camino hacia la unidad.

A la muerte de Lutero ya habían aparecido varios otros que no estaban de acuerdo con él y habían fundado sus propias iglesias. Y así ha seguido ocurriendo. A cada rato, uno de los miembros de una congregación, sintiendo que no está a gusto con lo que allí se predica, se separa y funda otra congregación, de la que luego nacerán más y más congregaciones separadas.

¿Es esto bueno para el cristianismo? Pues claro que no. El mismo Mahoma, en su Corán, llega a decir que los discípulos de Jesús se encuentran enfrentados unos a otros, pues llegó a conocer lo ocurrido con Arrio. ¿Qué hubiera dicho ahora en que los cristianos presentamos un panorama de desunión que no parece tener solución? Se hubiera frotado las manos, pues la debilidad del cristianismo es fortaleza para el Islam.

¿Podremos convencer a los que no conocen a Jesús de que somos nosotros los poseedores de la Verdad?

Esto nos tiene que hacer pensar, tanto a los católicos como a todos y cada uno de los que se consideren cristianos en el mundo.

Jesús no puede estar dividido. El sólo fundó UNA Iglesia. Y estamos impidiendo que el anuncio de la salvación que El nos vino a dar llegue a tantos millones que, quizás por culpa de nuestra división, no lograrán conocer nunca.

Todos hemos cometido pecados y todos tenemos que arrepentirnos. Pero no será atacándonos y tratando de pulverizarnos unos a otros que lograremos el perdón.

Lo primero que tenemos que lograr es respetarnos unos a otros. Ese es el ABC del amor. Si no nos respetamos, ¿cómo vamos a amarnos? Y si no nos amamos, ¿cómo vamos a cumplir el mandato que El nos dejó?

Arbazan34@gmail.com

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