IGLESIA: MADRE Y MAESTRA

ARNALDO BAZÁN

Frente a los grandes males de hoy la Iglesia tiene que seguir siendo Madre y Maestra. No puede claudicar de sus principios ni puede abandonar a sus hijos en pecado o manchados en el vicio. Tiene que enseñar y también curar las heridas de las ovejas descarriadas que no han querido obedecer.

La Iglesia tiene hoy, como siempre los ha tenido, adversarios formidables, que quisieran hacerla callar, sea por la vía de la calumnia, como por la vía del descrédito o de la intimidación.

Se trata de hacer ver que sus líderes son decrépitos, o que adoptan posturas demasiado conservadoras. Esto último puede ser verdad en algunos casos, pero lo que muchos quisieran es que la Iglesia, abandonando sus principios, se volviese en apoyo de lo que el mundo propugna como bueno. Entonces sí que la declararían buena y vehículo de causas nobles.

EL MAL SIEMPRE SERÁ MAL AUNQUE SE VISTA DE SEDA

La Iglesia no ha recibido la función de condenar, pero sí de enseñar. Y en esto ella tiene que comportarse como su Divino Fundador.

Jesús, desde que comenzó su ministerio público, empezó también a ganarse enemigos. Ponía el dedo en la llaga, desenmascarando a los hipócritas, pero siempre dispuesto a perdonar y mostrar su benignidad para con los arrepentidos.

Con todo, no pudo evitar que sus claras enseñanzas llenaran de furor a quienes no podían soportar su sana doctrina, y acusado de toda clase de delitos fue condenado a vergonzosa muerte.

El nunca dijo a sus discípulos que iban a encontrar las puertas abiertas para su doctrina, sino que les vaticinó, por el contrario, que tendrían que enfentarse a una gran resistencia, y que los acusarían, los calumniarían, los perseguirían y en último término los matarían. Todo eso por predicar la verdad.

Cristo dijo que había venido para ser testigo de la Verdad. Y El quiere que también lo sea su Iglesia, es decir, sus discípulos.

El Mal no puede soportar la acción del Bien. Por eso se engrifa cuando se ve amenazado y trata de destruir a su adversario por todos los medios a su alcance.

El Mal está representado hoy por gente diferente, pero sigue siendo el mismo Mal de siempre. Aunque se vista con ropajes modernos siempre enseña por debajo sus tentáculos, sus colmillos y su rabo.

LAS FLAQUEZAS DE LA IGLESIA NO PUEDEN SER UNA EXCUSA

Es muy cierto que, a través de dos mil años, los miembros de la Iglesia hemos cometido muchísimos pecados y caído en multitud de errores. Eso, sin embargo, no puede ser una excusa para que abandone su misión.

Ningún cristiano tiene que sentirse acomplejado porque la historia del Pueblo de Dios esté manchada por los muchos pecados cometidos. Por el contrario, eso debe inclinarlo a cumplir con mayor empeño la obligación que el propio Cristo le ha impuesto.

Nadie se avergüenza de su madre porque haya cometido pecados en el pasado. Al contrario, tratará de ayudarla para que pueda salir de sus errores y seguir adelante.

Los principios inmutables que la Iglesia predica también obligan a sus miembros, y aunque éstos no los cumplan a cabalidad no por ello dejan de estar vigentes. Los pecados de papas, cardenales, obispos, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos nunca harán obsoleta la doctrina eterna de Jesucristo.

MAESTRA PARA ENSEÑAR Y MADRE PARA CURAR

Frente al actual libertinaje que estamos contemplando en una sociedad que se muestra cada vez más permisiva y alejada de los mandamientos divinos, la voz de la Iglesia tiene que alzarse para enseñar el verdadero camino hacia la felicidad.

Cuando unos dicen SÍ al aborto, la Iglesia tiene que oponer un NO sin titubeos, pues debe defender la santidad de la vida desde que comienza en el seno materno.

Cuando unos dicen SÍ a la promiscuidad sexual, la Iglesia tiene que presentar el ideal del amor comprometido como única forma para disfrutar verdaderamente del sexo y de los dones que Dios ha regalado al hombre y a la mujer.

Cuando unos proclaman que unos hombres son mejores que otros debido a su raza o a su condición social, la Iglesia debe exponer claramente y sin complejos que no existen razas superiores ni inferiores, sino que todos formamos parte de una única familia humana y todos hemos sido llamados a ser hijos de Dios.

Cuando unos quieren insistir en que no deben existir reglas morales cuando se trate de negocios, ya que éstos deben ser regidos úunicamente por el principio de la oferta y la demanda, la Iglesia tiene la obligación de recordar que las relaciones humanas deben estar basadas en la justicia, que obliga dar a cada uno lo que le pertenece, y que un régimen social que no defienda la igualdad de oportunidades para todos lleva en sí mismo el signo del desastre. Así podríamos seguir por páginas y páginas.

Pero, al mismo tiempo, la Iglesia, que conoce muy bien el pecado por padecerlo en la carne de sus propios miembros, es Madre cariñosa dispuesta a llevar el consuelo del perdón a todos los que se arrepienten, pues Ella representa a Dios y le sirve de vehículo de amor, paz, comprensión y reconciliación con aquellos que se alejan de El.

Por eso, aunque debe mostrarse impertérrita para denunciar los males y anunciar la doctrina correcta, también tiene que estar dispuesta a derramar el bálsamo medicinal de la gracia divina sobre sus hijos enfermos por el vicio, el pecado, el error y la incredulidad.

La que no debe claudicar en la doctrina, debe llenarse de la Misericordia divina para rehabilitar y sanar. Como maestra reprende y amonesta. Como madre aconseja y comprende. Como maestra defiende los principios recibidos del Altísimo. Como madre perdona y olvida.

Esa es nuestra Iglesia. No todos sus ministros son santos como tampoco lo son todos sus miembros. Podrán estar equivocados algunos de sus dirigentes, pero Ella, auxiliada por el Espíritu, siempre acierta. No por algo lleva veinte siglos de misión y todavía le queda un largo camino por recorrer.

No podrá ser primero madre y después maestra, como tampoco viceversa. Tiene que ejercer ambos ministerios al mismo tiempo.

Esto, debemos reconocerlo, no siempre lo han tenido en cuenta sus dirigentes. Muchas veces se ha impuesto el título de maestra sobre el de madre, perdiéndose con ello el tan necesario equilibrio.

MAESTRA DE LA VERDAD

Como maestra la Iglesia tiene que enseñar. No siempre su mensaje es grato, pues debe presentar verdades ininteligibles o exigencias tremendamente contrarias a las más profundas inclinaciones humanas.

Veamos, por ejemplo, tantos problemas que causan turbación y dudas hasta en muchos católicos sinceros, como el dominio de la sexualidad, el aborto, el divorcio, la justicia social, etc. No digamos nada de muchos dogmas que, precisamente por entrar en la categoría del misterio dejan a muchos totalmente en la inopia, aunque debemos aceptarlos con los ojos cerrados, confiando únicamente en la asistencia que la Iglesia tiene del Espíritu Santo.

A lo largo de la Historia la Iglesia ha tenido que enseñar la verdad, que ni siempre es comprendida ni nunca ha sido fácil. Pero cuando esta misión es completada por la de madre, las cosas se hacen más llevaderas y es entonces que la Iglesia adquiere, ante los ojos de la gente, verdadera dimensión, algo tangible en lo que uno se puede ver envuelto personalmente.

LA IGLESIA COMPLETA EL MINISTERIO DE JESÚS

Este doble ministerio es el mismo que vemos ejercer a Jesús. El enseña, pero comprende. El fustiga, pero alivia y sana. Mientras presenta los principios del Reino, sabe derramar el perdón sobre aquellos que tropiezan y caen.

El enseñará claramente contra el adulterio, pero, ¡con cuánto amor y comprensión perdonará a la adúltera! El predicará contra el pecado en todas sus formas, pero ¡cuán dulce, amable y comprensivo es con los pecadores!

Que nadie se equivoque. Cristo tomó el látigo en el Templo no para descargarlo sobre las espaldas de cambistas y negociantes, sino para espantar a los animales y derribar las mesas con dinero.

Por eso, nadie tiene derecho a sospechar siquiera en una doblez cuando la Iglesia, al mismo tiempo, enseña y perdona, fustiga y comprende.

Frente al divorcio, la Iglesia mantendrá a rajatablas la indisolubilidad del matrimonio. Frente al crimen, defenderá la dignidad humana. Frente al adulterio o cualquier manifestación de libertinaje sexual, enseñara el dominio de uno mismo.

A los ladrones dirá: No robarás. A los asesinos: No matarás. A los chismosos y calumniadores: No levantarás falsos testimonios ni dirás mentiras. A los adúlteros: No desearás la mujer (o el hombre) de tu prójimo (prójima). A los blasfemos: No tomarás el nombre de Dios en vano. A los díscolos: Honrarás a tu padre y a tu madre.

Pero, ¿qué ocurre cuando uno acude a la Iglesia para decirle: “- Pese a lo que tú enseñas en nombre de Dios, he pecado?”

Ahí entonces la maestra se transforma en madre. Y entonces prodigará su comprensión para quien viene, como otrora el hijo pródigo, a los brazos del Padre.

Y si esto ocurre mil veces, otras tantas tendrá Ella, como prolongación de Cristo, que aceptar la confesión, que ha de presumir sincera, de quien no es capaz de dominarse pero tampoco se rinde totalmente a la esclavitud del pecado.

Claro que ella, como Cristo, tendrá que decirle: “Vete, y no vuelvas a pecar”, aun a sabiendas de que es muy posible que el pecador volverá a las andadas a la primera oportunidad.

DIFÍCIL MISIÓN DE LA IGLESIA

A la Iglesia le sería mucho más fácil acomodarse a los criterios del mundo y olvidarse del Evangelio. Eso es lo que algunos quisieran cuando casi le exigen que se deje ya de tanta lucha en contra del aborto, que no condene tantos pecados que parecen estar de moda, que apruebe el divorcio o se haga de la vista gorda ante las injusticias y los abusos.

Pero Ella no puede hacer caso a súplicas ni condenas si con ello está traicionando la misión que el mismo Jesús le encomendara.

Es muy cierto que ya esto, en ciertas ocasiones, ha ocurrido, como cuando sus dirigentes la han empujado a una alianza con el poder político o económico.

La Iglesia, en sus miembros, ha sido muchas veces pecadora. Esto es la pura verdad. Por eso ella tiene también que examinarse, sentirse culpable y arrepentirse. Esto la hace más capaz de presentarse con mayor humildad a ocupar el puesto que le corresponde: la de servir a todos, sin distinción alguna, para que todos puedan encontrar en Ella la salvación que Cristo trajo en nombre del Padre.

Si no podemos pedir a la Iglesia que renuncie a su misión de predicar y enseñar, aunque sus verdades nos dejen profundos verdugones morales, o nos desagraden por lo que tienen de exigentes, o nos revuelvan interiormente por lo incomprensibles que puedan ser, sí tenemos todo el derecho de exigir de Ella que sea siempre madre.

Así su enseñanza nunca será desvirtuada, pero sí paliada en lo que de duro tenga a nuestra débil naturaleza humana. Una verdadera madre sabe “halar las orejas” a sus hijos cuando se portan mal, o corregirlos cuando se equivocan. Pero su amor dejará ver al díscolo o culpable lo que de malo ha hecho sin avergonzarlo o alejarlo de su lado. Después se recuerdan hasta las “pelas” con agradecimiento, porque comprendemos que eran para nuestro bien.

Así es la Iglesia: maestra para enseñar pero madre para comprender. Maestra para corregir, pero madre para orientar. Maestra para fustigar, pero madre para consolar. Maestra para regañar, pero madre para aliviar. Maestra para castigar, pero madre para sanar.

Ella ha recibido la sabiduría, pero también el amor. Ha recibido el poder, pero también la gracia.

Arbazan34@gmail.com

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