EN EL LUGAR DE LOS OTROS

ARNALDO BAZÁN

Es de todos conocida la facilidad que el ser humano tiene para criticar, acusar y juzgar a sus semejantes.

Por otro lado, ¡qué diferencia cuando se trata de nosotros mismos! Todo lo vemos de un color absolutamente distinto.

No pienso que ninguno de nosotros se crea, realmente, muy diferente a los demás.

Quizás, eso sí, creemos que merecemos todo lo bueno que tenemos, por lo que, cuando logramos alcanzar alguna posición exitosa, concluímos que los otros no lo han logrado por tener menos méritos para ello.

El asunto es que siempre tratamos de justificar nuestras propias posiciones y hacemos una crítica con frecuencia injusta de las ajenas. Por eso, también, hay muchos que en una situación inferior no saben reconocer los méritos de los que han subido, y llenos de envidia o resentimiento, sólo saben destilar odio cuando se refieren a ellos.

LECCIÓN DE LA HISTORIA

Esto, pos supuesto, no es nada nuevo. Ya la Biblia nos dice que la primera crítica de la Historia salió de la boca de Adán cuando echó la culpa de su caída a Eva, y ésta, para no ser menos, culpó a la serpiente.

El mundo, ciertamente, está lleno de gente insatisfecha y de envidiosos. De hombres y mujeres que han escalado posiciones, con méritos propios o ajenos, o de quienes no han tenido la menor oportunidad de hacerlo.

La vocación del ser humano es compartir la responsabilidad común de recrear el mundo, desarrollándolo para que sea, si no paraíso, al menos digna morada de toda la especie.

Lamentablemente no lo hemos logrado. Hemos cumplido, con fallos enormes, el precepto de “crecer y multiplicarse”, pero lo de “dominar la tierra y someterla” está lejos de ser una realidad.

La tierra está poblada, pero mientras millones de seres son sacrificados antes de nacer, otros muchos son abandonados por haber sido concebidos sin amor. Esto multiplica los individuos con graves problemas personales, los que ocasionan, a su vez, enormes trastornos a toda la humanidad.

CONSECUENCIAS DEL EGOÍSMO

Es una verdad manifiesta que los enfrentamientos entre unos y otros, a causa, principalmente, de los egoísmos y ambiciones, han impedido que se haga realidad el plan que el Creador diera a los seres humanos como una tarea común.

El apóstol Santiago lo dice en forma un tanto dura: ¿De dónde esas guerras y de dónde esas luchas entre ustedes? Desean y no reciben, sienten envidia y despecho y no consiguen nada; luchan y se hacen la guerra, y no obtienen, o porque no piden; o si piden, no reciben, porque piden mal, para satisfacer sus apetitos (4,1-3).

De ahí que, mientras hay países altamente desarrollados, otros se mantienen muy a la zaga, usando métodos primitivos, con el resultado de que millones de individuos viven en la más completa ignorancia y careciendo de lo más elemental para poder llevar una vida digna.

Es fácil decir que se trata de su culpa. Como lo afirmamos alegremente cuando vemos a uno de esos derelictos de la sociedad, alcohólicos, drogadictos, criminales o delincuentes de cualquier género.

Pongámonos en su lugar y veremos que la historia cambia completamente. Que no todos los que hoy están en la cárcel son peores que los que vivimos en libertad, ni son más haraganes aquellos que no tienen nada que llevarse a la boca.

Con esto quiero decir que ha sido la misma humanidad la que ha ido creando las condiciones que impiden a muchos llegar a realizarse como personas, y que si analizáramos las cosas con mayor objetividad podríamos descubrir que muchos delincuentes han tenido, personalmente, menor responsabilidad de sus propios actos que otros que los empujaron a hacerlos.

¿SE ENCONTRARÁN SOLUCIONES?

Hoy en día ya el lío es tan grande que no sé si sólo el cataclismo final podrá resolver la situación a la que hemos llegado.

No es que yo sea pesismista, pero muchos de los graves problemas que enfrentamos no tienen la menor solución, al menos desde un punto de vista estrictamente racional.

¿Podríamos lograr que todos los hombres y mujeres del mundo sepan leer y escribir, tengan trabajo, se alimenten convenientemente y alcancen el nivel de dignidad que les corresponde?

¿Podríamos suprimir las guerras, la explotación, los robos, las tiranías y la opresión en todas sus formas?

¿Podríamos conseguir que no haya seres esclavos de los vicios, de las drogas, del alcóhol o del placer sin fronteras?

¿Lograremos terminar con el egoísmo, la ambición, los odios y las venganzas?

¿Tendremos algun día paz de la verdadera, y podremos salir a la calle sin miedo de dejar abiertas las puertas de par en par?

Un claro NO es la respuesta. Y no es cuestión de pesimismo, sino de realidad, pues en lugar de hacer las cosas según el plan de Dios, cada uno trata de seguir lo que mejor le convenga.

Si nos esforzáramos en comprender a los otros y ponernos en su lugar, quizás lograríamos cambiar la faz de la tierra. Pero, ¿cuántos estamos dispuestos a hacerlo?

Aquí cabría recordar las palabras de san Pablo: "Que nadie busque su propio bien, sino el ajeno" (1a. Corintios 10,24).

Arbazan34@gmail.com


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