PLACER Y DEBER

ARNALDO BAZÁN

Desde que tenemos conciencia aprendemos a distinguir entre aquellas sensaciones que nos resultan agradables y otras que no lo son. Antes las sentíamos, pero no podíamos apreciarlas.

El placer y el dolor acompañan al hombre desde su nacimiento. Es curioso, por demás, que el primer sonido que emite el ser humano sea un quejido. El llanto del niño es la primera señal de que está vivo.

El bebé, sin darse cuenta, disfruta con fruición de la succión del pecho materno, reaccionando a cada instante, con risas o llantos, a lo que le agrada y acepta, o desagrada y rechaza.

Una cosa es clara: desde el primer instante a todos nos gusta el placer y rechazamos el dolor con toda energía. Poco a poco aprendemos, sin embargo, que no todo lo que produce placer es bueno ni es posible rechazar o evitar siempre el dolor.

LOS DESIGNIOS DE DIOS

Nadie podrá negar que ha sido el propio Dios quien ha querido asociar el placer a un gran número de las actividades humanas, y que el dolor es consecuencia del pecado y no del expreso deseo de Dios.

Veamos en el libro de la Sabiduría: Dios no hizo la muerte, ni se alegra de la perdición de los mortales. Pues todo lo creó para que sea: las criaturas del mundo son para bien nuestro; las fuerzas de la naturaleza no están envenenadas o sometidas a algún reino infernal (1,13-14).

Somos naturalmente sensibles al placer, inclinados a él en grado máximo, de forma que experimentamos una debilidad extrema cada vez que entra en juego la lucha entre el placer y el deber.

A menudo se ha presentado la religión como enemiga del placer. Esto no sería correcto, por más que haya numerosos motivos para sacar esa impresión. Siempre aparecen fanáticos que ponen excesivo énfasis en algunos puntos y éstos no han faltado, tampoco, dentro del cristianismo, para hacer creer que el placer es esencialmente malo y está en contra del plan de Dios.

Lo verdadero es que, a fuerza de combatir las exageraciones del otro lado, que quisiera que todo fuera desenfreno y libertinaje, la religión ha tenido que soportar el "sambenito" de perenne aguafiestas, de parte de aquellos que quieren vivir sólo para el placer y rechazan todo freno a sus propósitos.

MATERIALISMO Y PAGANISMO

El cristianismo nace en Palestina, pero pronto se predica el Evangelio entre los paganos, cuyos vicios, como lo sabemos por la HIstoria y la misma Sagrada Escritura, chocaban directamente con la enseñanza cristiana.

El mensaje de Jesús ofrece una nueva visión del mundo y de las cosas, de tal modo que tiene que resultar incomprensible a los que, sea por no creer en Dios o por excesivo materialismo, sólo valoran lo que puede proporcionar situaciones ventajosas o agradables.

Nadie puede, sin embargo, llegar a la conclusión de que Jesús condena el placer ni de que exige de sus discípulos una vida de total renunciamiento a lo que es placentero, sino que todo se haga en función del Reino, sin dejar que los bienes materiales o el placer primen por encima de los espirituales y de la salvación eterna.

EL PLACER COMO MEDIO

Todo deber exige renunciamientos y sacrificios pero, al mismo tiempo, Dios ha querido acompañarlo con placer. Así encontramos placer en el comer, que es una necesidad para la vida del organismo. Este placer sería un obstáculo para el plan de Dios si sólo comiéramos lo que nos gusta o hiciéramos, como se dice era frecuente en la Roma Antigua, una pura diversión del comer, vomitando una y otra vez para volver a sentir el placer de llevar exquisitos manjares a la boca.

Lo mismo ocurre con el sexo. Quizás sea éste la fuente de mayor placer para el ser humano y una causa de constantes conflictos entre el placer y el deber.

Es innegable que el sexo fue considerado por algunos escritores cristianos, ya desde los primeros tiempos, como un instrumento exclusivo de la procreación, lo que en modo alguno puede deducirse de las Sagradas Escrituras, por más que algunas frases de san Pablo parezcan indicarlo, en el afán del Apóstol de combatir los excesos del mundo pagano.

Un tal pensamiento crea, necesariamente, infinidad de conflictos interiores, privando a los esposos del medio normal de su comunicación amorosa dentro del plan del propio Creador. Despojar a los esposos del derecho a disfrutar de lo que es querido y creado por Dios es un absurdo, como lo sería despojar al sexo de toda responsabilidad y convertirlo en un puro instrumento de placer indiscriminado y egoísta.

Es innegable, sin embargo, que los prejuicios sobre el sexo han ido demasiado lejos, de un lado y del otro, causando graves desajustes y dando como resultado que el sexo sea, al mismo tiempo que una fuente de placer, cauce inagotable de decepciones, sufrimientos y horribles torturas morales y espirituales de todo orden.

PLACER Y FELICIDAD

Muchos han llegado a creer que el placer es sinónimo de felicidad. La experiencia nos dice que, al menos en esta vida, no siempre viajan juntos. Pero es razonable que cuando hablamos de felicidad excluyamos toda idea de dolor o sufrimiento.

El Apocalipsis nos describe el cielo como la Nueva Jerusalén, donde Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no existirá ni muerte, ni duelo, ni gemidos, ni pesar, porque todo lo anterior ha pasado (21,4).

Desde muy antiguo vemos que el ser humano tiende al placer y lo busca a como dé lugar, pasando muchas veces por encima de las razonables leyes de Dios. La Biblia es pródiga en relatos que lo prueban, y vemos que hasta hombres llenos de fe, como David, cayeron frecuentemente en esta búsqueda del placer sexual.

Sin embargo, Dios parece no ser muy severo con estas debilidades, y pone más bien el énfasis en otras realidades que son mucho más serias y hacen del hombre un ser peligroso para sus semejantes.

Cuando David cometió el adulterio con Betsabé, la mujer de Urías (Ver 2º libro de Samuel, capitulo 11), y habiendo ella quedado encinta, quiso el rey borrar toda prueba de su participación. Al encontrarse el engañado esposo en los campos de batalla lo mandó buscar, tratando de convencerlo de que estuviese con su esposa.

Al no conseguir sus propósitos, David mandó a Urías a una muerte segura, dando órdenes al jefe de su ejército para que lo pusiera en el lugar más peligroso durante alguna batalla.

Siempre el adulterio fue considerado en el pueblo de Dios como un gran pecado, pero lo que mereció realmente el castigo de Dios, en este caso, fue la criminal conducta de David al asesinar a Urías.

Posteriormente David retendrá a Betsabé como una de sus esposas y Dios le concederá a ambos un hijo que será el heredero de la corona, Salomón.

Cristo, al describir dramáticamente el Juicio Final, no dedica una sola palabra al tema del sexo. Todo el énfasis lo pone en el trato que tengamos para con el prójimo. Esto sera lo que, en definitiva, decidirá nuestra suerte eterna.

¿Quiere esto decir que se puede usar del sexo como cada uno quiera, sin que ello conlleve responsabilidad moral alguna?

Desde luego que no. Pablo dirá: "La voluntad de Dios es que se hagan santos, que no tengan relaciones sexuales fuera del matrimonio, que cada uno sepa unirse con su esposa con santidad y respeto, en vez de dejarse llevar por el deseo, como hacen los paganos que no conocen a Dios; que en esta materia nadie ofenda o perjudique a su hermano. El Señor pedirá cuentas de todas esas cosas, como ya se lo hemos dicho y probado. En efecto, Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad" (1ª Tesalonicenses 4, 3-8).

HAY QUE DAR AL SEXO SU JUSTO VALOR

Lo que sí podemos asegurar es que, de ninguna manera, los pecados contra el sexto mandamiento son los más graves, como se entendió durante cierto tiempo, ni que la moral cristiana convierte al sexo en un puro instrumento procreativo, sin otra función posible.

Si aceptáramos esto último tendríamos que concluir que el sexo es legítimo en muy contadas ocasiones de la vida, y que un esposo estéril no tendría derecho a la relación sexual, como tampoco se podría después que ha pasado el período fértil de la mujer, es decir, cuando ésta ha llegado a la menopausia.

Los pecados contra el recto uso del sexo son, en la absoluta mayoría de los casos, producto de la debilidad del ser humano ante lo que produce placer. Esto es lo que determina su menor gravedad esencial, por cuanto no implican, necesariamente, una corrupción del corazón ni un rompimiento interior con Dios.

Muchas personas, que incluso tienen una intensa vida religiosa, sufren grandemente por esta dualidad que les impide ser todo lo bueno que quisieran, ya que con frecuencia son débiles ante la tentación de la carne. Estas personas suelen estar arrepentidas aún antes de que el pecado ocurra, pero son incapaces de superar la tentación.

LA CASTIDAD: UN ALTO, PERO DIFICIL, IDEAL

Sólo los hipócritas o tarados son capaces de negar el poderoso influjo que ejerce el placer sexual en toda vida humana, y lo difícil que resulta, aún para personas con una vida sexual normal, ser totalmente fieles al ideal cristiano.

Pero no olvidemos que todo ideal es una meta a conseguir y no una realidad que podemos tocar todos los días. Ser cristiano no es haber conseguido, definitivamente, el dominio de toda inclinación, sino estar en lucha cosntante por lograrlo.

Poco es lo que se ha hablado de los conflictos sexuales de los santos, ya que ha existido siempre un recato, que podríamos considerar excesivo, a tocar estos temas, pero es indudable que casi todos ellos, de una manera u otra, tuvieron que luchar contra la tentación de la carne. Ha sido tan frecuente describir a los santos como dechados de virtud desde el nacimiento, que casi los hemos convertido en seres extraterrestres.

CON TODO, EL CONTROL ES POSIBLE

Nadie tiene derecho a decir que sea imposible el dominio de los impulsos sexuales, pero sería una tontería decir que es un asunto fácil. La persona que lo logra tiene, necesariamente, que conseguir primero un convencimiento interior y poner luego los medios necesarios, tanto de tipo espiritual como humano.

No creo que un control total sobre impulsos tan fuertes pueda ser posible sin una gracia sobrenatural, pues se trata de un dominio ejercido "por causa del Reino" y no algo totalmente natural. Por eso es tan importante la oración, el ayuno y la práctica frecuente de los sacramentos. Los recursos humanos son aplicables, sobre todo, a la huida de las ocasiones y al control sobre las fantasías. Estas últimas juegan un papel importante, pues la excitación corporal comienza en la mente.

LA REPRESIÓN NO ES LA RESPUESTA

Es conocido el recurso a la represión. Esto funciona a veces con grave daño sicológico para el sujeto, pues si bien es cierto que puede ayudar al control sexual, es posible que conduzca, a la larga, a otros trastornos y a la creación de situaciones tanto o más pecaminosas, como el egoísmo o la agresividad.

La Iglesia se vio inclinada, quizás cuando no se conocían demasiado los mecanismos sicológicos, a aceptar la represión como un buen método, pero hoy esto tendría que verse como una auto-mutilación.

Si bien es cierto que Jesús habló, aparentemente, a favor de esta última, cuando dijo: "Si tu mano o tu pie te pone en peligro, córtatelo y tíralo lejos: más te vale entrar manco o cojo en la vida..." (Mateo 18,8-9), estas palabras se han interpretado en un sentido figurado, no literal, y la Iglesia nunca ha aceptado que la auto-mutilación sea correcta. Otra cosa es la violencia que uno tiene que ejercer contra sí mismo, pues de lo contrario nada se conseguiría. Si nos dejamos llevar de las inclinaciones, sería imposible conseguir control alguno.

REMAR CONTRA CORRIENTE

La mayoría de la gente, hay que aceptarlo, no logra controlar sus impulsos sexuales. Es más, ni siquiera hace intentos serios para conseguirlo. Hay demasiados pretextos y excesiva propaganda a favor de la licitud de todo lo que sea placentero, y demasiados estímulos exteriores que lo provocan.

Hoy en día la mayoría se inclina a buscar lo fácil y placentero, como ha ocurrido en casi todas las épocas. En realidad, el control de los sentidos es sólo posible para los que descubren los valores del espíritu y, por ellos, están dispuestos a luchar contra corriente. No sólo el cristianismo propugna un control de los impulsos sexuales. Otras religiones lo hacen también, como medio para alcanzar la elevación espiritual.

San Pablo cita el esfuerzo de los atletas para estar en forma, por lo que han de controlar sus deseos e impulsos, a fin de poder ganar la corona de los vencedores (Ver 1a. Corintios 9,24-27).

Para descubrir los maravillosos regalos que Dios nos tiene reservados necesitamos elevarnos por encima de lo puramente carnal. El placer no puede ser todo lo que busquemos en la tierra. Hay algo mucho mejor que nos está aguardando. Por ello vale la pena luchar y hasta morir.

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