LA POLÉMICA HOMOSEXUAL

ARNALDO BAZÁN

Si quiero ser fiel al título general de esta columna, tengo que dar respuestas a los problemas que se están planteando en el momento presente, y que afectan las maneras de pensar y de actuar de casi todos nosotros. Es necesario precisar.

Creo que la polémica en torno a los homosexuales está teñida de muchos colores, pues cada uno agrega a la misma su propia forma de pensar o su propia conveniencia política o lo que sea. Cada uno narra en forma distinta, de acuerdo a cómo le ha ido en la procesión.

SER HOMOSEXUAL NO ES UN CRIMEN

Creo que todos tenemos que estar claros en que ser homosexual no es un crimen, ni un delito, ni nada de lo que uno tenga realmente de qué avergonzarse, pues no hay manera de que la persona pueda controlar esto por sí misma.

Se dice que unos son homosexuales por problemas hormonales adquiridos ya antes del nacimiento, o por problemas sicológicos que, sin culpa alguna, hacen que esta persona sienta una inclinación contraria a la que se supone debe tener su sexo.

Esto hace que a los homosexuales se les haya considerado, desde muy antiguo, como seres raros o anormales, y se haya descargado sobre ellos, injustamente, las iras o las burlas de mucha gente, pues ya sabemos lo despiadados que podemos ser los seres humanos a la hora de advertir cualquier aparente anomalía en nuestros prójimos.

Esta carga la han soportado millones de homosexuales a lo largo de su vida, teniendo que sufrir una condición de la que no son culpables. Esto ha sido una gran injusticia, de las muchas que se han cometido a través de la historia de la humanidad.

Llegados estos tiempos que corremos, se ha producido algo así como una revuelta homosexual, concomitante con otros movimientos de liberación, que no siempre han sido correctos en sus motivaciones o sus planteamientos.

LA JUSTICIA ESTÁ EN EL MEDIO

Pienso que un homosexual no tiene por qué vivir toda su vida cargando con un sambenito que no le corresponde, y que tampoco tiene por qué ocultar su condición, si esto lo puede considerar una forma de librarse de un pesado fardo casi imposible de llevar.

Hemos de recordar lo infelices que pueden ser estas personas que se saben a sí mismas "distintas" de la mayoría.

De todos modos no hay manera de cambiar la forma de pensar de la gente si no es por la aplicación de los principios por los que se debe regir toda conducta verdaderamente humana: el profundo respeto al prójimo.

Si siguiéramos este principio, que ha sido básico tanto en el Cristianismo como en otras religiones, muchos de estos problemas no habrían jamás existido.

Si a esto añadimos la compasión por aquellos que sufren cualquier tipo de anomalía o problema, hay que suponer que los homosexuales nunca habrían tenido que sufrir algún tipo de discriminación.

Yo no veo por qué una persona humana, independientemente de su condición o inclinación sexual, no pueda ejercer las actividades que nada tiene que ver con ello. Hoy en día está más que demostrado que hombres y mujeres, pese a lo que se creyó durante siglos, tienen parecidas capacidades y son igualmente aptos para ejercer la mayor parte de los oficios y profesiones sin problema alguno. En esto creo que podemos incluir a los homosexuales de uno u otro sexo.

LOS EXTREMOS SE TOCAN

El problema es que algunos quieren arreglar las injusticias yéndose al extremo opuesto. Y esto ha pasado con mucha frecuencia, por ese afán humano de afirmar la propia personalidad, o los propios derechos.

Las revoluciones, por ejemplo, fueron siempre respuesta a las injusticias, pero no todas ellas fueron capaces de generar soluciones adecuadas y correctas, ya que las pasiones se pusieron por encima de la razón, de las leyes y de los mismos derechos divinos y humanos.

Ahí tenemos la más famosa de todas, la Revolución Francesa. Después de siglos de abusos contra los más débiles y pobres, la Revolución fue una respuesta que pareció por un momento traer como consecuencia un régimen de igualdad, fraternidad y libertad. Sin embargo, resultó todo lo contrario. A unos abusos sucedieron otros abusos, a unos crímenes otros crímenes, hasta que todo fracasó estruendosamente.

No podemos, pues, para defender los derechos legítimos de los homosexuales, exaltar la homosexualidad como si fuera un tercer sexo o llegar a extremos como querer pasear esta inclinación en una forma pública y descarada.

Nadie tiene que meterse, como no sea Dios y la conciencia de cada quien, en lo que hagan dos homosexuales en la privacidad, pues esto sería querer meternos a policías morales de la gente, algo absolutamente inaceptable.

La Iglesia tiene la obligación de dar principios morales a todo el mundo, sobre todo a los católicos, no importa su sexo o inclinación sexual, pero su misión no puede ir más allá.

El Estado tiene que defender principios de moral pública y ciudadana que permitan el buen desenvolvimiento de las actividades, sin que nadie se crea con más derechos y resulte ofensor de sus conciudadanos.

En esto sentido hay que legislar para que nadie se arrogue el supuesto derecho de exponer sus inclinaciones, deseos o actividades sexuales en una forma pública, pues lo contrario sería aceptar el caos moral que traería como resultado una sociedad corrompida y descarada.

También hay que evitar que la homosexualidad se propague en cuanto sea posible. En este sentido veo muy bien que se impida a parejas homosexuales adoptar niños, que muy fácilmente (aunque no necesariamente), podrían ser inducidos a tener la misma orientación sexual de sus tutores.

Eso sí, no condenemos a los homosexuales como si los que no lo son fueran dechados de virtud. La corrupción no está en la orientación sino en el interior del ser humano.

La Iglesia predica una forma de vida que vale para todos. Nadie tiene derecho a hacer lo que le venga en ganas. Si lo hace, suya será la responsabilidad ante Dios, que un día nos pedirá cuentas a todos.

Esto significa, que si queremos ser cristianos, debemos tratar siempre hacer lo que es la voluntad de Dios, por lo que deberemos esforzarnos, siempre con la ayuda del Espíritu Santo, que nunca nos faltará si la buscamos a través de la oración, en adoptar una forma de vida que esté de acuerdo con lo que nos enseña Jesús.

Pretender, por ejemplo, para complacer a los homosexuales, en trastornar todo el sistema natural que se expresa en la unión del hombre y la mujer, con el fin de transmitir la vida y crear la familia, célula imprescindible de la sociedad, dictaminando que dos personas del mismo sexo tienen el mismo derecho a contraer matrimonio que los heterosexuales, es destruir lo que ha sido un instrumento dado por el Creador para bien de toda la humanidad.

Otra cosa es que se reconozcan los derechos de las parejas homosexuales con referencia a otras muchas cosas que en nada perjudican la buena marcha de la sociedad.

Dar vía libre al matrimonio homosexual, a la larga, hará mucho más daño a aquellos que hoy, caprichosamente, quieren exigir un derecho que la misma naturaleza les ha negado.

Lamentablemente la misma institución matrimonial está pasando por una grave crisis, en la que una buena cantidad de hombres y mujeres entran sin aceptar las graves obligaciones que contraen, lo que ha provocado el desprestigio de la misma, y ha dado motivo a que muchos se apresten a aceptar lo inaceptable, solo porque lo único que ven en el matrimonio es un contrato que puede romperse sin más ni más.

Y viendo las cosas así, son muchos los que no sienten la menor estima por lo que, desde el principio, ha sido una decisión divina, para hacer de la familia humana algo muy distinto de la condición animal.

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