LA PRESENCIA DE JESÚS
ENTRE NOSOTROS

ARNALDO BAZÁN

Es bastante frecuente ver a muchos católicos pasar por delante del Sagrario sin percatarse siquiera de su presencia, pese a que suele estar en lugar distinguido y hasta tener una luz permanente a su lado.

Esa caja dorada (aunque no siempre tiene la misma figura y a veces está cubierda con una prenda de tela, del color del tiempo litúrgico correspondiente, a la que se llama "conopeo", contiene la presencia de Jesús sacramentado, por lo que está mandado que al pasar frente a ella se haga una genuflexión, lo que significa doblar una rodilla en señal de adoración.

Estamos conscientes de la gran ignorancia religiosa que tiene mucha gente que acude a los templos sólo en ocasiones especiales del año. Pero es triste consignar que también personas que comulgan con frecuencia pasan frente al sagrario como si tal cosa.

PRESENCIA REAL

Una verdad de fe creída sin discusión alguna desde los primeros tiempos fue la de que el pan eucarístico, o sea, aquel que ha sido consagrado por un ministro debidamente ordenado, ya no es propiamente pan, sino el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo.

Esta verdad nace de las propias palabras de Cristo en la Última Cena, aunque ya había sido anunciada por El en el discurso que Juan recoge en el capítulo sexto de su evangelio. Allí el Maestro habla del "Pan de Vida", y que su su carne es verdadera comida y su sangre verdadera bebida.

Por esa razón, los cristianos vieron en el pan eucarístico algo muy especial, que tenían que tratar con sumo respeto, pues se trataba del Cuerpo mismo de su Maestro.

San Pablo saldrá al encuentro de abusos que ya se cometían en su tiempo, teniendo que afirmar: "Examínese cada uno a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa, porque el que come y bebe sin apreciar el cuerpo, se come y bebe su propia sentencia" (1a. Corintios 11,28-29).

San Justino Mártir, en su primera Apología en defensa de los cristianos, dice claramente: "Porque no tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida ordinaria, sino que, así como Cristo, nuestro Salvador, se hizo carne por la Palabra de Dios y tuvo carne y sangre a causa de nuestra salvación, de la misma manera, hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de gracias que contiene las palabras de Jesús, y con que se alimenta y transforma nuestra sangre y nuestra carne, es precisamente la carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó" (Capítulo 66. Escrito en el siglo II).

LA RESERVA EUCARÍSTICA

Sabemos que los primeros cristianos no tuvieron iglesias propiamente dichas, y que la Eucaristía se celebraba donde se podía, preferiblemente en casas particulares.

Está bien atestiguado que fue constumbre el que los bautizados llevasen el pan eucarístico a sus casas, para que así pudiesen comulgar durante los días de la semana, ya que en éstos, durante largo tiempo, no se celebraba la reunión eclesial.

Además, era responsabilidad de los diáconos conservar formas consagradas para llevarlas a los imposibilitados, como los enfermos y los presos. A estos últimos, sobre todo en épocas de persecuciones, se las llevaba el que tuviese mayor facilidad para hacerlo.

Cuando pudieron construirse iglesias, pronto hubo un sitio dedicado a conservar la Eucaristía, sobre todo para el fin indicado. Solía ser un pequeño cofre guardado en algún sitio seguro. Desde el principio, de eso podemos estar seguros, la presencia de Jesús llevó a los fieles a tener un máximo respeto y grandísima veneración por el pan consagrado.

La forma de los sagrarios o tabernáculos, nombres con los que se les designó, entre otros, fue muy diversa, según los países y épocas. Desde la cajita pequeña que ya mencionamos, pasando por las palomas eucarísticas y los taber- náculos murales, hasta los monumentales edículos del Sacramento, esto último sobre todo en Alemania, Holanda, Bélgica y norte de Francia.

ADORACIÓN Y VISITAS AL SANTÍSIMO

Sabemos que el objetivo principal de la presencia de Jesús en la Eucaristía no es ser adorado, sino presidir la renovación de su propio Misterio Pascual, su Muerte y Resurrección, de las que el sacramento es un memorial.

Jesús se hace presente en el momento en que el ministro, sea obispo o sacerdote (presbítero), repite las palabras de la Última Cena, teniendo como materias pan de trigo y vino de uvas. Aquello que era pan se transforma en su Cuerpo y aquello que era vino en su Sangre, sin que exista cambio en las apariencias o accidentes.

Después del ofrecimiento se realiza la comunión. Cristo dijo: "Tomen y coman, tomen y beban". Se trata, pues, de un memorial en el que se incluye el comer y beber del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Ahora bien, ¿qué pasa con las formas que sobran después que todos los que están preparados para hacerlo han recibido la comunión?

Está claro que la presencia de Jesús perdura más allá de la celebración, por lo que esas formas se guardan para llevar a los enfermos e impedidos.

Y si Jesús esta allí presente, es lógico que lo adoremos en el Sacramento y lo visitemos para prolongar nuestra comunión con El.

Si creemos en esa presencia eso es lo más natural. Y así lo entendió la Iglesia, que siempre trató con exquisito respeto el Sacramento y lo rodeó de un ambiente propicio para la oracion y la adoración.

Por Cristo vamos al Padre en el Espíritu Santo. El nos invita: Vengan a Mí. Acudamos, pues, a Jesús. El nos espera en el Sagrario, pero sobre todo, cada día, y especialmente los domingos, para que junto a El celebremos el memorial que es fiesta de vida y salvación.


Volver a Precisiones