EL DERECHO A LA PROPIEDAD

ARNALDO BAZÁN

Dios creó todas las cosas e hizo al hombre responsable de todo lo que hay sobre la tierra, poniéndolo a su servicio.

El ser humano entendió, desde el primer momento. que había cosas que podía hacer de su uso exclusivo, es decir, todo aquello que le hacía falta para su normal desenvolvimiento.

Dentro de esto podríamos citar la casa en que vive, los animales con que trabaja, la tierra que labora, los aperos que usa para ello. Esto no presentó ningún problema, porque todos tenían más o menos lo mismo.

El problema apareció cuando unos, usando de la fuerza, quitaron a otros sus derechos, obligando a los más débiles a trabajar para su beneficio. Así comenzó la explotación y la injusticia.

LA PROPIEDAD COMO DERECHO

El derecho a la propiedad fue sancionado en la Biblia. La Palabra de Dios condenó, al mismo tiempo, la injusticia.

El problema de la injusticia no es que unos tengan más que otros, pues no sería posible una total igualdad.

Si tomáramos diez hombres que no tienen un solo centavo, y a cada uno diéramos cien mil pesos, al cabo de un año nos encontraríamos que mientras algunos han logrado, por su habilidad y su trabajo, duplicar o triplicar la cantidad, otros, menos afortunados o más vagos, tendrían mucho menos de lo que originalmente recibieron, si es que algo tienen.

El problema de la injusticia es que unos, por los medios que sean, impiden a otros tener lo que les corresponde legítimamente, arrebatándoles sus propiedades o sus ganancias. No podemos aceptar que toda propiedad sea un robo, por cuanto lo que cada uno produce con su trabajo es suyo con todo derecho.

Claro que si reducimos el trabajo a lo puramente físico, entonces el hombre estaría todavía en la era de las cavernas o poco más. El progreso del hombre se ha hecho más por el uso de la habilidad y de la inteligencia que por el puro trabajo físico.

Hemos de reconocer, por tanto, que a más inteligencia o habilidad, mayor producción y mejoramiento, lo que necesariamente produce también mayores ganancias.

Cuando una persona, honradamente, ha logrado ganancias, crea lo que llamamos un capital, que en normales condiciones le tiene que producir nuevas ganancias, aunque sólo sea la de los intereses de un banco.

El progreso necesita también, en situación de desarrollo, del dinero obtenido por medio de un trabajo anterior, el capital, además del trabajo actual de los que realizan la tarea aquí y ahora.

Que las ganancias tengan que ser repartidas entre el capital y el trabajo, de forma que todos los que aporten reciban, en forma equitativa, de acuerdo a sus méritos, la parte que les corresponde, es algo totalmente justo.

Los comunistas rechazaron esto, alegando, sin base alguna convincente, que todo el mérito era del trabajo.

Los capitalistas a ultranza, por su parte, rechazan también la empresa humana, al alegar que todo el mérito se lo tiene que llevar el capital, sin molestarse siquiera en demostrar sus razones.

UN POCO DE HISTORIA

Mientras las empresas eran pequeñas y familiares, porque no existían las grandes fábricas a las que hoy estamos tan acostumbrados, capital y trabajo eran, prácticamente, la misma cosa.

Existían las injusticias, pero no se daban en la estructura misma de la empresa. El capitalismo no había nacido todavía.

Esto tiene lugar propiamente hablando cuando se descubre la máquina de vapor y se produce lo que en la Historia se conoce como la “revolución industrial”.

Por aquel entonces existían personas que tenían capitales, que originariamente invertían en forma de préstamos. Este sistema permitía muchos abusos.

Muchas fortunas se habían formado, sobre todo, con la explotación de la tierra y el abuso en contra de los campesinos, a los que se hacía trabajar por muy poca cosa. Recordemos que antes de la revolución industrial nos encontrábamos en plena época feudal.

Con la máquina se fomentaron las primeras grandes industrias, que daban trabajo a miles de personas. Los dueños del capital en ningún momento pensaron que, tratándose de una empresa humana, tendrían que asociarse con lo que iban a trabajar, sino que se consideraron “dueños absolutos” de la propiedad de las empresas y aún del trabajo de los obreros, a los que pagaban no de acuerdo a su rendimiento y mérito personal sino en forma totalmente arbitraria.

Esto fue posible, sobre todo, porque no existía gobierno alguno que se sintiera comprometido a defender a los obreros, por cuanto en esos tiempos los gobernantes no se consideraban representantes del pueblo sino dueños absolutos del poder.

JUSTICIA Y PROPIEDAD

Un obrero, al trabajar, produce “X” cantidad que tiene un valor. Parte de ese valor, lógicamente, no es suyo, sino que corresponde al capital, pues el obrero no ha trabajado sólo con sus manos sino usando instrumentos y materiales que han sido aportados con el dinero de otros.

Lo justo es calcular, en el valor producido por el obrero, lo que a cada parte corresponde. Comunistas y capitalistas niegan la justicia al querer, arbitrariamente, negar lo que es legítimo a cada uno.

Hay que reconocer que fueron los capitalistas los que comenzaron este terrible juego que ha llevado a los hombres a un enfrentamiento tan peligroso, pues fueron ellos los que primero implantaron sus reglas al querer desconocer totalmente los derechos de los trabajadores, asignándoles, prácticamente por capricho, lo que a la parte del trabajo correspondía.

En los comienzos de la era industrial las injusticias fueron tan descomunales que no se hizo esperar la reacción. Los obreros tenían que soportar condiciones terribles y un horario inhumano para poder conseguir un salario de miseria.

Esto fue soportado siempre de mala gana, pero fue incubando rebeliones y levantamientos que trajeron, por un lado, el surgimiento del comunismo y, por el otro, las reformas liberales que, lamentablemente, sólo se disfrutan en unos pocos países y después de mucha lucha, dolor y sangre.

El derecho a la propiedad sólo es legítimo si está abierto a todos los hombres y no a unos pocos de entre ellos. Si lo que se busca es defender el derecho de propiedad de unos pocos privilegiados, como pretende un capitalismo a ultranza, no podemos menos que denunciarlo como una flagrante injusticia que no tiene en cuenta el mérito del trabajo sino acepta el capital como único valor. A más de dos siglos del comienzo de la “era industrial” no podemos decir que se haya encontrado una solución estable y verdaderamente cristiana al problema de la propiedad.

Los comunistas sólo admiten como legítima la propiedad de los bienes de consumo, como la casa, los instrumentos, etc. En los países todavía dominados por regímenes comunistas, que gracias a Dios van siendo cada vez menos, no existe propiedad privada de los medios de producción, de modo que no sólo las fábricas, sino hasta las empresas comerciales y todo negocio, incluyendo en algunos hasta la misma tierra, son considerados propiedad del Estado, que es quien administra y dirige, sin que los obreros puedan considerarse propietarios en sentido alguno.

Los capitalistas admiten como legítima no sólo la propiedad privada de los bienes de consumo, sino también la de los bienes de producción, pero, lamentablemente, sólo en unos pocos países se ha logrado que los obreros disfruten de ventajas y salarios que puedan considerarse razonables.

La idea más cristiana, que no ha podido ser aplicada casi en ninguna parte en forma amplia, sería la cooperativa o la empresa comunitaria, donde capital y trabajo se integran totalmente y todos los que participan son considerados parte de la empresa, recibiendo los beneficios que les corresponden según su aportación.

Para un cristiano la propiedad no es un robo. Lo sería si uno consigue algo a fuerza de engaño, de explotación o de fraude.

El ideal cristiano no exige que todos los hombres seamos propietarios, sino que todos podamos vivir dignamente, aportando nuestro trabajo y recibiendo lo necesario para llevar una vida conforme a la dignidad que corresponde a toda persona humana.

Arbazan34@gmail.com


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