UNA REFLEXIÓN
SOBRE LA IMPORTANCIA

ARNALDO BAZÁN

Algunas personas lucen importantes. Otras lo son sin parecerlo. Pero, a veces, la importancia no radica en el ser sino en el aparecer.

Esto es tan frecuente que prácticamente son muchos los que triunfan sin verdadero mérito, mientras otros se pudren en el olvido poseyendo grandes valores.

Una de las muestras más evidentes de todo esto lo constituye la llamada "sociedad".

Ya se sabe que, en sentido estricto, la sociedad la componen todas y cada una de las personas que integran un conglomerado social.

Sin embargo, a veces este sentido, más auténtico y verdadero, queda relegado por aquel otro que hace restringir el concepto de sociedad al pequeño grupo que domina el poder político o económico.

Con esta forma de valorar nos enfrentamos a una caricatura de la importancia.

Así, será importante todo lo que pertenece o tiene que ver con la tal llamada sociedad. Lo otro será reducido a un papel secundario.

LA LUCHA POR EL PODER

Esta es la razón que explica las luchas seculares por llegar a ser alguien, lo que significa pertenecer al grupo privilegiado de los importantes. Para este grupo los otros tienen razón de ser como puntal de su propio encumbramiento.

La importancia, a fin de cuentas, es algo relativo. No habría gente muy importante, si no existieran los más o los menos importantes.

Por supuesto, todo depende de lo que se entienda por importancia. Esta palabra, en lenguaje privilegiado, viene a significar, de forma arbitraria y absoluta, la cima del poder.

Alcanzar tal cumbre será la meta que muchos imponen a sus vidas. Ser importante es el gran ideal por el que están dispuestos a sacrificar sus mejores años.

Pero, ¿son siempre importantes los que llegan a conseguir el poder? La Historia está cansada ya de enseñarnos lo contrario.

¿No están todos de acuerdo en afirmar que el poder es el máximo corruptor de los hombres?

De esto se desprende que muchos de los llamados importantes lo han sido en forma negativa.

>Los tiranos de toda laya, que los pueblos han tenido que soportar, han resultado funestos por los frutos podridos que se han cosechado con su perniciosa influencia.

No se les puede negar importancia, pero de una especie maldita, destinada a la destrucción y a la muerte.

Son importantes los ricos. Al menos están muy convencidos de serlo.

Sin embargo, ¿quién negaría que muchas de las peores catástrofes sociales se han debido a ese afán satánico de conseguir dinero a toda costa, padecido por los que se autodenominan gente de sociedad?

Tras el poder se esconden tantas bajezas, que no sería exagerado afirmar que pretender alcanzarlo es condenarse a ser un rufián sin escrúpulos dispuesto a todo.

Esta verdad nos lleva a entender que mientras exista el poder habrá quienes lo ambicionen y que, por tanto, la solución para lograr construir una nueva escala de valores está en la destrucción del poder.

¿Es esto posible? Si, en la medida en que la sociedad llegue a ser realmente el conjunto de seres humanos que habitan en un determinado lugar y el poder radique en la misma sociedad.

Este es un principio realmente democrático que no ha podido ser puesto en práctica en ninguna parte, ya que los privilegiados luchan hasta con los dientes por no verse obligados a soltar sus prendas.

LOS PAÍSES SOCIALISTAS

Pero, ¿acaso no se ha hecho esto en los países socialistas?

Aparentemente se ha logrado romper con los valores antes establecidos, pero en el fondo unos han sustituido a otros. No se puede hablar de democracia en un país donde el poder radica en un partido, que viene a ser el nuevo nombre dado al grupo oligárquico dominante.

Los importantes, en un país socialista, son los dirigentes del partido. La única diferencia es que esta importancia es mucho más endeble ya que se puede perder al primer error.

Pero bien, hay que reconocer que en ese sistema la importancia no radica en el dinero. Todo queda reducido a la pura política, que absorbe todo otro tipo de poder.

Pero el poder sigue existiendo como algo deseable, aunque solo sea para un pequeño grupo con posibilidades de ejercerlo.

¿Quién tiene el poder en un país socialista? ¿El pueblo, la sociedad, los trabajadores?

Contestar afirmativamente sería una burla insoportable.

El poder radica en la dirigencia del partido único. Decir otra cosa sería pura alharaca demagógica.

CONSTRUIR UNA NUEVA SOCIEDAD

No es necesario repetir que el justo anhelo de los hombres sea llegar a la destrucción del poder con la construcción de una nueva sociedad.

Esto no significa que se disuelva toda autoridad, sino que la misma no signifique, ni teórica ni prácticamente, el ejercicio del poder.

Podría parecer esto una contradicción, ya que estamos demasiado acostumbrados a confundir, o ver confundidos, poder y autoridad.

Sin embargo, la autoridad legítimamente considerada es un servicio a la colectividad más que un dominio sobre ella.

Se habla - pura teoría -, de que los gobernantes son los representantes del pueblo. En la práctica gobernar significa ejercer el poder por medios que a veces son totalmente contrarios a las aspiraciones y legítimos intereses de las mayorías.

Muy poco servicio será el que perjudica lejos de favorecer.

El gran pecado de las democracias es obligar al pueblo a creer que las elecciones son el ejercicio del poder por parte del pueblo.

Con harta frecuencia éstas se convierten en el acto por el que el pueblo firma su propia condenación.

¿Se habría podido inventar una cosa más monstruosa?

El poder que se otorga en una sola elección con validez para varios años es casi un suicidio colectivo, que está muy lejos de aquella definición que de la democracia diera Abraham Lincoln: "El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo".

Aunque parezca absurdo, los estrategas de la publicidad política han conseguido que este suicidio social se haga tan frecuente que resulte normal que muchos vean como un gran alivio el que una sola elección les libere de mayores preocupaciones.

Así llega el pueblo a definirse "apolítico" con la fruición de un colegial saboreando un delicioso helado.

Esta apoliticidad es el signo de una sociedad que se ha entregado de pies y manos a aquellos que ejercen el poder.

Es un síntoma de esclavitud que se presenta con ropajes de libertad.

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