RELIGIOSIDAD POPULAR

ARNALDO BAZÁN

Cuando hablamos de religiosidad popular nos estamos refiriendo a un tema que explica, por sí solo, muchos de los fenómenos religiosos que estamos confrontando hoy día.

No es difícil darle una clara definición al término, porque puede referirse a varios aspectos diferentes de una misma cuestión. Podríamos distinguir dos que considero los más importantes.

Por un lado están esas expresiones religiosas que son propias de la masa de la población en cuanto distinta de las minorías más cultivadas cultural o religiosamente.

Por el otro encontramos aquellas formas religiosas que surgen y permanecen en el pueblo, algunas de las cuales cuentan con una tradicián milenaria, provenientes de antiguas religiones más primitivas.

RELIGIOSIDAD Y EVANGELIZACIÓN

Cuando Jesús comenzó a predicar se dirigió a un pueblo religioso, formado en su diario contacto con las Sagradas Escrituras, y las enseñanzas recibidas, cada sábado, en la sinagoga.

Este pueblo, el israelita, era, por entonces, el único de la tierra que creía en un solo Dios, mientras los demás adoraban una multitud de dioses y figuras divinas. La semilla cristiana, por tanto, cayó, en primer lugar, en una tierra religiosamente abonada, aunque no necesariamente preparada para aceptar un cambio fundamental como el propuesto por Jesús.

Esa fue la razón por la que, si bien los primeros discípulos fueron judíos, el cristianismo nunca llegó a ser parte de la cultura y las creencias de ese pueblo como tal, por lo que vemos que hoy sigue esperando al Mesías, rechazando que Jesús lo haya sido de verdad.

Algunos no judíos creyeron también en Jesús. Juan, en el capítulo cuarto de su evangelio nos relata el encuentro del Maestro con la samaritana, y cómo ella y algunos de sus paisanos lo aceptaron como el Salvador del mundo. Estos, ciertamente, ya conocían las Escrituras y habían levantado un templo para adorar al único Dios verdadero.

No pensemos, sin embargo, que los judíos estaban libres de supersticiones y falsas creencias. La Biblia testimonia que, en muchas ocasiones, los miembros del Pueblo Elegido se fueron tras dioses falsos o aceptaron creencias proscritas por la Ley. El ser humano es fácil presa de charlatanes y “vividores”, por su tendencia a buscar soluciones fáciles a sus problemas. Y la superstición se las ofrece sin escrúpulo alguno, aunque no solucionen absolutamente nada.

EL EVANGELIO ANTE EL MUNDO PAGANO

Es indudable que el mundo pagano presentaba graves dificultades a los primeros misioneros cristianos, pues eran judíos y no estaban preparados, culturalmente, para este diálogo, pues los israelitas tenían prohibido hasta entrar en la casa de un infiel.

El libro de los Hechos nos ofrece un ejemplo de ello cuando Cornelio, un capitán romano, hombre muy religioso y bastante conocedor de la religión judaica, tiene una visión donde se le manda hacer llamar a Pedro, que se encontraba en una población cercana.

Tuvo Dios que preparar a Pedro con otra visión para que pudiera aceptar la invitación y entender el alcance de lo que iba a hacer. Remito a los lectores al capítulo 10 del citado libro. Fue entonces cuando Pedro comprende que la salvación era también para los no judíos, lo que tendrá que defender delante de los otros apóstoles a su regreso a Jerusalén (Ver Hechos 11,1-18).

Después de su conversión Pablo será el porta-estandarte del anuncio del Evangelio a los paganos. Quizás precisamente por haber rechazado tan profundamente el cristianismo, hasta el punto de haberse convertido en su perseguidor incansable, fue que Pablo pudo comprender todo el alcance de la misión que Jesús había encomendado a su Iglesia.

A la primera oportunidad que se le presenta, bajo la clara guía del Espíritu Santo, Pablo emprende la marcha y comienza la expansión del cristianismo entre los pueblos paganos. Sus esfuerzos están resumidos en el libro de los Hechos. Lucas, discípulo de Pablo, nos dejó este bellísimo testimonio de como fueron formándose las primeras comunidades cristianas en medio del paganismo.

CONVERSIÓN Y CULTURA

Algo que queda bien claro es que, en ningún momento, los esfuerzos de Pablo llevan a los paganos a renegar de su cultura. Por el contrario, el apóstol se enfrentará con valentía a todos aquellos que pretendían hacer de los paganos primero judios y luego cristianos.

Para Pablo el cristianismo está por encima de las diferencias culturales. Por eso dirá: Con los judíos me porté como judío para ganar a los judíos; con lo sujetos a la Ley, me sujeté a la Ley, aunque personalmente no esté sujeto, para ganar a los sujetos a la Ley. Con los que no tienen Ley, me porté como libre de la Ley, para ganar a los que no tienen Ley – no es que yo esté sin Ley de Dios, no, mi Ley es el Mesías -; con los inseguros me porté como un inseguro, para ganar a los inseguros. Con los que sea me hago lo que sea, para ganar a algunos como sea. Y todo lo hago por el Evangelio, para que la buena noticia me aproveche también a mí (1ª Corintios 9,20-23).

Estas palabras son realmente admirables y una pauta segura para todo el que quiera anunciar la salvación en Jesús.

Lamentablemente no siempre ha sido ésta la conducta de los ministros del Evangelio, ya que muchos, mezquinamente, han exigido, incluso hoy, que para pertenecer a la Iglesia, la gente tenga que dejar de ser lo que es para convertirse, además, en europeo, anglo o lo que sea. ¡Qué distinto de lo que nos dice Pablo!

Uno de los hechos que demuestra hasta qué punto se respetó, desde los primeros tiempos, la cultura de los pueblos, fue que la Liturgia cristiana se celebraba de acuerdo a las mismas. Así se fueron formando los distintos ritos, que florecieron de acuerdo a la propia idiosincracia de la gente y, por supuesto, en la lengua que todos podían entender.

Eso de que haya ahora algunos añorando el latín, porque lo considean “la lengua de la Iglesia”, o de la Liturgia, es producto de la ignorancia. La Iglesia, durante muchos siglos, nunca defendió ninguna lengua como propia, y lo del latín sólo puede explicarse por una conjunción de elementos en los que la decadencia litúrgica fue, al mismo tiempo, primero consecuencia y luego causa.

Esa riqueza de que disfrutó la Iglesia se ha conservado en gran parte en las iglesias orientales. En el occidente cristiano, que dependió desde el principio, por razones políticas y eclesiásticas, de Roma, la diversidad se perdió en aras de la unidad.

LA IGLESIA LATINA SE EXPANDE POR EL MUNDO

Siendo Europa Occidental la heredera del Imperio Romano, pues durante siglos constituyó parte importante del mismo, no es de extrañar que fuese también parte de la Iglesia Latina cuya sede era Roma.

Como Europa fue, durante siglos, la que se expandió con sus conquistas por medio mundo, incluyendo las tierras descubiertas a partir del primer viaje de Colón en 1492, también la Iglesia latina se vio beneficiada con esta realidad, por lo que fue, de entre todos los ritos de la única Iglesia Catolica, la que logró mayor avance en cuanto a territorio y número de fieles.

Junto con la expansión territorial de Europa, en sus colonias llegaba la labor misionera de una Iglesia que había perdido la capacidad de adaptacion. Cuando se llegaba a un lugar y se predicaba el Evangelio, los que se convertían tenian que aceptar un culto en idioma extraño y envuelto en unas formas culturales que no eran las suyas.

CARGAS INSOPORTABLES

Esto era demasiado pedir a muchos pueblos, que pudieron comprender la grandeza del mensaje cristiano, y aceptarlo de todo corazón, pero no podían entender, porque en realidad era algo ininteligible para ellos, todas esas formas culturales que les echaban encima como un pesado fardo.

A este propósito tendríamos que recordar aquellas magníficas palabras de Pedro en el concilio de Jerusalén, a propósito de los llamados “judaizantes” que exigían que los paganos conversos aceptaran ciertas leyes judías so pena de no salvarse:

…¿Por qué provocan a Dios ahora imponiendo a esos discípulos una carga que ni nosotros ni nuestros pdres hemos tenido fuerzas para soportar? No, creemos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús y ellos lo mismo".

(Hechos 15,10-11).

Lamentablemente tuvimos que esperar al Concilio Vaticano II, el vigesimo desde aquel primero de Jerusalén, para que se arreglasen tantos entuertos, sin que por ello haya quedado todo resuelto.

RELIGIOSIDAD COMO NOSTALGIA DEL PASADO

Aimée G. Martimort, en su obra “La Iglesia en Oración” afirma que la fe se mantuvo, durante siglos, porque la liturgia dominical era algo tan vivo que llenaba las necesidades espirituales de los fieles.

Llegó un momento, sin embargo, en que esto dejó de ser verdad. La fuerza de los sacramentos se mantuvo, pero la Liturgia dejó de ser el motor de la espiritualidad de las mayorías cristianas. Esa falta de participación activa y consciente en la Liturgia dejó un vacío que se fue poco a poco llenando con devociones al margen de la misma.

En América Latina, donde la Iglesia llegó cuando la Liturgia estaba en decadencia, ocurrió algo peor, pues lo recibido del cristianismo se mezcló frecuentemente con creencias y ritos provenientes de tradiciones autóctonas o africanas.

En el caso de los negros, menos evangelizados y más abandonados espiritualmente, este sincretismo cobró dimensiones fatales para la comprensión del mismo mensaje de Jesús, por cuanto el baño externo no logró borrar las convicciones y tradiciones heredadas del pasado. Hoy en día tenemos en América Latina un pueblo cuyo sustrato es, indiscutiblemente, cristiano, pero cuyas formas de espiritualidad y de culto están, en muchos casos, en abierto contraste con la doctrina oficial de la Iglesia.

Existe como una rebelión cultural que en el pasado, por las circunstancias políticas, se mantenía en forma clandestina y solapada, pero que ahora no se esconde para aparecer en su cruda realidad.

La religión popular en América Latina está teñida con una multitud de colores provenientes de fuentes diversas. La falta de adaptabilidad de la Iglesia para entender, a su tiempo, la necesidad de una inculturación del mensaje, ha traído, como triste consecuencia, que el mensaje haya quedado oculto, a veces hasta el desconocimiento, en el alma de un pueblo que, incapaz de cambiar su destino, aprendió el arte del disimulo, y como el camaleón, adoptó las formas que mejor convenían a sus ansias de eternidad.

Que nadie saque como conclusión, de todo lo que he venido diciendo, que existe algo malo en la religiosidad popular en sí misma considerada. Por el contrario, ésta es totalmente necesaria si se quiere sembrar la semilla del Evangelio.

Aquellas personas que nunca tuvieron o perdieron sus raíces religiosas, sea por corrupción moral o por soberbia intelectual (que suele darse en individuos con una gran formación científica), son muy reacios a aceptar la Palabra de Dios, ya que se encuentran parapetados detrás de rígidas posiciones subjetivas.

No era extraño, pues, que los primeros misioneros, con san Pablo a la cabeza, se dirigieran primero a los judíos de la diáspora, a quienes sabían más capacitados para entender el mensaje evangélico.

LA RELIGIOSIDAD COMO OBSTÂCULO

Hay que decir, sin embargo, que también la religiosidad popular puede convertirse en un obstáculo, si ésta no logra purificarse de aquellos elementos que son contrarios a las enseñanzas cristianas.

Una cosa es la inculturación de la fe y otra la mezcla de creencias o sincretismo, que en modo alguno puede tolerarse, pues, en ese caso, estaríamos ante una nueva forma religiosa, y no del cristianismo.

Desde los primeros misioneros se estuvo claro en este punto. La conversión exige la renuncia total y absoluta a toda otra creencia, aunque no a las formas culturales que cada pueblo tenga. Cristo es un ejemplo de predicador popular, pues siempre usó de las cosas que la gente conocía, y en sus parábolas se refería al pastor, a las ovejas, a los pescadores y a los peces, a la vid y los sarmientos, en fin, a lo que la gente que le escuchaba podía entender.

Cuando instituye los sacramentos toma como materia de los mismos lo que era más fácil y significativo: el pan, el vino, el aceite, el agua, cosas todas que la gente usaba cada día. Si Cristo hubiese predicado entre nosotros no creo que hubiese usado la figura del pastor, ni de la viña, sino que se hubiera referido al policía o al camionero, al mango o a la caña.

Es necesario que nosotros tomemos las palabras de Cristo y las adaptemos a nuestra propia realidad, pues la esencia de las mismas permanece por encima de las formas.

Pero todo lleva a un único fin: expresar la auténtica fe en las enseñanzas de Jesucristo, sin ropajes extranjeros, pero sin permitir que convivan en nuestra mente y corazón ideas que en nada son compatibles con el señorío del Redentor.

EJEMPLOS DE SINCRETISMO

Cuando se habla de santería algunos la presentan como una forma de sincretismo. Yo no estoy de acuerdo, pues creo que la santería es una religión bien definida, que lo único que hizo fue tomar imágenes católicas para disfrazar deidades africanas, pero nada más.

El que el santero haga bautizar a los hijos, o deje en las iglesias sus imágenes rotas nada tiene que ver con el cristianismo, sino que forma parte de sus propias creencias, considerando el bautismo como un complemento, algo totalmente compatible con su sistema, y a todas las iglesias como lugares sagrados.

El sincretismo está en la mente y el corazón de muchos católicos que, por falta de formación, confunden las cosas, y aceptan de aquí y de allá, como si se tratase de una forma legítima de expresar su fe.

Un católico debe respetar cualquier religión, por extraña que parezca, pero este respeto en modo alguno lo debe llevar a usar de elementos de otras religiones como si se tratase de algo indiferente.

Pero la ignorancia religiosa hace que haya muchos católicos que van a Misa, pero también mantienen prácticas de santería, u ofrecen sacrificios a los dioses, como hacen muchos indígenas en América del Norte y del Sur.

Esto es sincretismo. Y eso es muy malo. Pero no lo podemos ver sino como un desafío a nuestra manera de evangelizar y catequizar. Si estos elementos extraños al cristianismo se han mantenido, se debe a una falta de los agentes de pastoral, que no a esa noble gente que vive su mezcla religiosa con gran sinceridad.

UN DESAFÍO PARA EL FUTURO

Tenemos que estar muy conscientes de que la religiosidad popular es un valor de primer orden para la evangelización. Lo repito, porque es muy importante recalcarlo.

Pero no se trata de aceptarlo todo, sino de ir, poco a poco, renovando y superando. Lo que no está bien debe cambiarse. Aquello que sólo pertenece a la cultura de la gente debe mante-nerse. Pensemos, por ejemplo, en las muchas oportunidades que tiene la pastoral para la evangelización y la catequesis.

Nuestros pueblos hispanos, para ofrecer uno muy concreto, sienten la necesidad de bautizar a sus hijos. Es muy cierto que muchos no saben lo que están pidiendo, pero, al menos, mantienen esta tradición y eso es algo que podemos aprovechar para evangelizarlos.

Hace años era vergonzoso ver que bautizábamos a los niños y nada más. Aquellas personas se quedaban con su ignorancia y sus supersticiones, y el bautismo, para ellos, no dejaba de ser una costumbre más que pertenecía a su cultura.

Hoy ya es casi universal exigir una preparación, una reflexión más o menos profunda, que aunque no va a cambiar todo de la noche a la mañana, va creando una nueva conciencia. Se necesitarán muchos años para que ésta llegue a aflorar.

Lo cierto es que hoy lo estamos haciendo mejor. Y eso es lo que debemos hacer: aprovechar cada oportunidad para evangelizar y catequizar. Sólo así muchos llegarán a ser católicos bien formados y otros, al menos, estarán dentro de nuestras filas. De lo contrario los perderemos, y de ello tendremos que dar cuentas a Aquel que nos envió a propagar la Buena Noticia de su Amor.

Arbazan34@gmail.com

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