SENTIR EL PECADO

ARNALDO BAZÁN

Que se ha perdido el sentido del pecado nadie lo duda. Para una buena parte de la gente nada es pecado. Todo es bueno si consideras que te conviene, o te gusta, o te acomoda. Lo malo será aquello que te repele o te ocasiona problemas.

Pero en eso el mundo ha cambiado muy poco. En tiempos de Cristo el planeta estaba lleno de gente que no conocía la gracia de Dios, y el sentido del pecado estaba muy lejos de ser una preocupación. Como hoy, se hacían las cosas más para satisfacer las propias necesidades o deseos, que por agradar a Dios o cumplir su voluntad.

UN TESTIMONIO DEL SIGLO I

Veamos lo que dice, con lenguaje muy claro, el apóstol san Pablo a propósito de los paganos de su tiempo:

Como además juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, los entregó Dios a la inadmisible mentalidad de romper toda regla de conducta, llenos como están de toda clase de injusticia, perversidad, codicia y maldad; colmados de envidias, homicidios, discordias, fraudes, son malpensados, difamadores, calumniadores, hostiles a Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, con inventiva para lo malo, rebeldes a sus padres, sin conciencia, sin palabra, sin entrañas, sin compasión. Conocían bien el veredicto de Dios, que los que se portan así son reos de muerte y, sin embargo, no sólo hacen esas cosas, sino además aplauden a los que las hacen (Romanos 1,28-32).

¿ESTÁ EL MUNDO MEJOR O PEOR QUE ANTES?

No creo que debamos tomar las palabras de Pablo como si todo estuviera corrompido en el mundo pagano de entonces. El Antiguo Testamento, sin embargo, se ocupa de darnos otros ejemplos, aun entre los mismos judíos. El pecado y no la gracia, el vicio y no la virtud, han sido las constantes en la vida de los seres humanos. Es triste reconocerlo, pero es la verdad.

Por eso la Iglesia nos invita, con insistencia, a reconocernos pecadores. Por eso decimos con tanta frecuencia "Yo, pecador, me confieso a Dios todopoderoso". Por eso hemos de acudir al sacramento penitencial para recibir el perdón de nuestras culpas. Por eso la necesidad de arrepentimiento.

Esa es una de las características propias del cristiano: reconocer su condición pecadora. ¡Pobres de nosotros si, olvidándonos de eso, nos creyéramos santos! Porque si bien hemos recibido la gracia santificante, esta es un don gratuito de Dios, y no algo que conseguimos con nuestro esfuerzo.

Examinando los documentos de la antigüedad podemos llegar a la conclusión de que el ser humano, como tal, ha cambiado poco en realidad. En modo alguno podemos decir que estemos mejor que antes. En algunos aspectos, por el contrario, estamos muchísimo peor. Hoy hemos puesto al servicio del mal la tecnología más avanzada. Y hasta nos ufanamos del libertinaje que hemos alcanzado en nuestro tiempo, en el que parece que el odio y la violencia, por una parte, y los peores vicios por la otra, van a acabar con todo.

¿INMORALIDAD O AMORALIDAD?

Este estado de cosas nos hace pensar que mucha gente ya no es inmoral, sino amoral. Esto último es muchísimo peor. El inmoral es aquel que, a pesar de sus actos, está consciente de ellos y se lamenta.

El amoral, por el contrario, es el que ha perdido todos los valores, y le da lo mismo cualquier cosa. A éste le parece que todo le es permitido, y su conciencia se queda tan fresca después de transgredir cualquier precepto. Esto último puede ser un indicio de que ya la conciencia ha dejado de funcionar. Para muchos libertinos esto sería lo mejor: que ya nada perturbe la mente, de modo que se pueda disfrutar de todo sin tener que relacionarlo con regla alguna. Esto no es nada nuevo. En todas las épocas ha habido gente cuya conciencia murió de puro asco.

LA VIRTUD ESTÁ EN EL MEDIO

Con todo, tampoco sería correcto caer en el extremo contrario, y ver pecado en todas las cosas, convirtiendo cualquier inocente diversión en una antesala del infierno. Esta mentalidad ayuda muy poco a la conversión de los pecadores, que es una de las metas que se supone los cristianos debemos alcanzar. Los extremos se tocan.

Una sana moralidad no puede caer en la mojigatería, ni se puede reducir todo el Decálogo a un código sexual, donde hasta las medidas de las mangas tengan que controlarse. Esto, que parece una exage-ración, fue regla en tiempos pasados. La sana moral impulsa a los seres humanos a ser mejores en todo sentido, especialmente en el trato justo y fraternal entre todos, pues la regla principal está en el "amarse unos a otros".

CONCIENCIA DE PECADO

Tener conciencia de pecado consiste en asimilar las enseñanzas de Jesús, que siempre fue comprensivo con los pecadores, pero fustigó a los hipócritas por su pretensión de aparecer como buenos. "Sentido del pecado" es reconocer que todos somos pecadores, y que sólo por la gracia de Dios podemos evitar una situación que nos pondría de espaldas a la gracia.

Con esa mentalidad hemos de luchar para fortalecer nuestro espíritu en la oración, la práctica de los sacramentos y el servicio al prójimo, a fin de crecer interiormente y lograr el equilibrio que nos permita ajustar nuestras vidas al plan de Dios. Sólo entonces iremos adquiriendo la capacidad para descubrir los tesoros que encierra su amor y los goces superfluos y vanidades del mundo nos parecerán vacíos.

Quien cifra su felicidad en las cosas de la tierra acabará por ser cada vez más materialista, incapacitando su espíritu para romper las amarras que le impiden elevarse hasta su Creador.

PECADO Y ANGUSTIA

Si bien muchos han perdido el sentido del pecado por un concepto libertino de la vida, otros le tienen terror, producto de una mala formación de la conciencia, lo que los lleva a vivir una vida de angustia y miedo a Dios. Esto, las más de las veces, se ha debido al trabajo negativo de quienes no supieron enseñar la doctrina recta y sólo consiguieron sembrar temor insensato en lugar de amor y confianza.

Sabemos que ha habido épocas en la Iglesia en las que, lamentablemente, el pecado parecía ser lo más importante. Así el temor a cometer pecado era enfatizado por encima del esfuerzo en practicar las virtudes, de tal modo que muchos caían en una enfermedad conocida como "escrúpulos".

LA AGONÍA DE LOS ESCRÚPULOS

Quien padece de escrúpulos vive en una constante zozobra. Todo le parece pecado y cree estar viviendo en un camino de conde-nación. El menor pensamiento, la más leve mirada, cualquier gesto, acción o intención puede ser considerado un grave pecado, lo que impide al sujeto tener una vida normal y disfrutar de las muchas cosas que Dios ha puesto para nuestra satisfacción.

El escrupuloso cae en un desequilibrio sicológico debido, quizás, a la influencia negativa de algunos mal avisados, que le hicieron conocer un "dios castigador" y no el Dios del Amor. Cuando ponemos el énfasis en lo negativo siempre tendremos malas consecuencias. La doctrina de Jesús es absolutamente positiva, acentuando el amor de Dios y su infinita misericordia. Su actitud hacia los pecadores fue siempre de bondad y de comprensión.

Solo tuvo palabras duras para con los fariseos, que siendo pecadores como los demás se querían presentar como si fueran mejores que los otros. Es sabido que a Dios no le gustan los hipócritas. La Escritura está llena de expresiones que nos demuestran que el perdón y la misericordia son la clave para entender a Dios.

EL DIOS DE JESÚS

Jesús fue enviado para que conociéramos el amor que Dios nos tiene, de modo que no caminemos en tinieblas sino que tengamos la luz que es vida.

El Divino Maestro presenta siempre a Dios como Alguien que ama y perdona. Este Padre de amor está siempre dispuesto a perdonarnos con tal de que también nosotros perdonemos: Pues si perdonan sus culpas a los demás, también su Padre del cielo les perdonará a ustedes (S.Mateo 6,14).

Bien claro está en la Escritura que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ezequiel 33,11), y también que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad (1a. Timoteo 2,4). Si la Iglesia insiste en el pecado es por una sola razón: porque la salvación sólo puede venirnos a través de la fe que produce arrepentimiento y deseo de salvación.

Esta es una gracia de Dios que no nos será impuesta, sino que la recibirá sólo aquel que esté dispuesto a aceptarla. San Agustín lo aclara con una frase feliz: Aquel que te creó sin ti no te salvará sin ti.