LA UNIÓN DE LOS CRISTIANOS

ARNALDO BAZÁN

Todo el mundo sabe lo difícil que es convencer a una persona sobre una cuestión cualquiera.

Mucho más difícil, por tanto, cuando queremos convencer a muchas personas. Poner de acuerdo a todo el mundo es prácticamente imposible.

Claro que Dios pudo convencer a todo el mundo de que lo que Jesús predicó y enseñó era la VERDAD, y que todos teníamos que aceptarlo sin duda alguna. Sin embargo, si hay algo increíble en la relación entre Dios y los hombres es ese respeto absoluto que el Creador tiene por nosotros, y cómo El prefiere que nosotros le desobedezcamos antes que obligarnos a hacer las cosas que El quiere que hagamos.

El nos ha mostrado que la relación que prefiere con nosotros es de amor, y que si nosotros cumplimos su voluntad es porque lo amamos.

Por eso envía a su Hijo en forma humana, para que de esa manera nos enseñe, sin usar de medios espectaculares, aunque sí mostrando su poder por medio de milagros.

La predicación de Jesús no pudo ser más sencilla, rehuyendo siempre convencer por medios impositivos, sino siempre proponiendo la verdad y dejando que cada uno se adhiriese a ella por medio de una decisión personal.

Nunca escondió Jesús las dificultades que tendría que padecer de parte de las autoridades judías y paganas, lo mismo que las que deberían afrontar sus discípulos, pues bien claramente les señaló que si lo seguían tendrían que estar dispuestos a sufrir con El.

Cuando llegó la hora de su entrega a la muerte no tuvo a menos quedarse casi completamente solo, expuesto a la voluntad de los que lo odiaban, dejando que cada uno sacase sus propias conclusiones. Tal parecía como si el fracaso total fuese el final de toda su historia humana. Y eso fue lo que pensaron la mayoría de los que lo vieron clavado en la cruz y muerto, como atestigua lo que dijeron aquellos dos discípulos que se dirigían a Emaús: Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó (Lucas 24,21).

Luego, su triunfo no fue realmente visto por nadie, ya que su resurrección se produjo sin testigo alguno. Y los que lo vieron resucitado fueron sólo aquellos que, de alguna manera, habían confiado en El. San Pablo dice en su 1a. Carta a los Corintios que se apareció a más de quinientos hermanos a la vez (15,6).

Pero, ¿qué eran quinientos que lo vieron resucitado contra los miles que lo contemplaron muerto en la cruz?

Es como para pensar que Jesús no hizo absolutamente nada para que la gente creyera en el acontecimiento más grande que haya ocurrido en la tierra, y que fue capaz de cambiar totalmente la vida de los humanos para siempre, de acuerdo a que crean o no en que realmente sucedió.

Pero así es. La fe tiene que venir no de haber visto, sino de aceptar la autoridad de Jesús y el testimonio de los pocos que sí pudieron ver. Como dijo Jesús a Tomás, el apóstol incrédulo: -¿Porque has visto has creido? Dichosos los que tienen fe sin haber visto (Juan 20,29).

No es de extrañar, por tanto, que desde el principio aparecieran testimonios exagerados de lo que Jesús hizo, incluso por escrito, lo que tuvo que llevar a la naciente Iglesia a examinar cuidadosamente lo que podía o no ser aceptado como válido, declarando muchos de los escritos como apócrifos, por incluir elementos que, en modo alguno, tenían relacion con la verdad.

No es de extranar, tampoco, que desde el principio comenzaran a existir grupos disidentes, personas primero que querían exigir de los cristianos una sumisión a las leyes del judaísmo, para luego pasar a otras que mezclaron la doctrina cristiana con elementos paganos, o que simplemente interpretaron las verdades predicadas por Jesús y los apóstoles de una manera contraria a la auténtica fe.

Si repasamos la historia del Cristianismo nos daríamos cuenta de que la total unidad sólo duró, quizás, unos pocos años, pues muy pronto comenzaron a surgir grupos que, por una razón u otra, se fueron separando hasta constituir iglesias totalmente independientes.

Ya en tiempos de san Agustín, en el siglo IV, esas tales iglesias eran bastante numerosas, tanto que el santo obispo los increpa porque hasta se niegan a llamar a los católicos sus hermanos.

Estas separaciones fueron sobre todo doctrinales, es decir, que había grupos que negaban tal o cual verdad de fe, y así llegaba un momento en que la Iglesia, por medio de algún Concilio, los llamaba al orden, invitándolos a aceptar la sana doctrina. Lamentablemente muchos de ellos, lejos de eso, se empeñaron en la herejía en que habían caido.

Otras separaciones, muy dolorosas por cierto, tuvieron como principal razón la supremacía del Obispo de Roma, sucesor de Pedro, como Vicario de Cristo y principal autoridad para toda la Iglesia. Esto llevo a una buena parte de los cristianos de Oriente al cisma que los ha mantenido separados todavía hasta el dia de hoy.

Pero entre ambas, la separaciones más profundas son las doctrinales, pues las iglesias cismáticas han mantenido, gracias a Dios, las mismas verdades de fe que nosotros, por lo que nunca hemos dejado de reconocer la validez de sus sacramentos.

El rompimiento de Lutero, monje agustino alemán, en el siglo XVI, trajo consigo una brecha todavía mayor, ensanchada aun más por grupos sectarios que están tan alejados de las primeras confesiones “protestantes” como de nosotros los católicos.

Hay que reconocer que el camino hacia la unidad podría ser bastante fácil con los ortodoxos y otras confesiones cristianas que se han apartado doctrinalmente muy poco de nosotros, pero cuando pensamos en esas sectas que apenas podrían llamarse cristianas en el sentido estricto de la palabra, el caminio se hace muy cuesta arriba.

Ahora bien, si en tiempos de san Agustín había grupos que se empecinaban en negar el título de hermanos a los católicos, ¿cómo habríamos de pensar que no seguiría habiendo grupos con el mismo antagonismo, aún cuando la mayoría de las confesiones cristianas lograsen un acuerdo para la unión?

Tenemos que buscar la unidad sabiendo que nunca lograremos, como no sea en el Cielo, una unidad total de todos los que se llaman seguidores de Cristo, pues convencer a todo el mundo, eso no lo pudo hacer ni el propio Jesús. Hemos de tener en cuenta lo que antes decíamos, y es que Dios es el primero que respeta nuestra libertad, nuestras limitaciones y aún nuestro empeño de ir por un camino diferente. Sólo El será capaz de juzgar nuestras intenciones y de dar un justo veredicto.

Con todo, hablando a todo el que quiera escuchar con mente clara y corazón abierto, sean católicos o hermanos separados, hemos de reconocer que, como cristianos, estamos dando un gran escándalo a esa gran masa de hombres y mujeres que no conocen a Cristo ni nos ven como un testimonio creíble de su divinidad y de su condición de Salvador de toda la humanidad.

Hay que pensar que hemos hecho difícil la tarea de cumplir la misión dada por el propio Jesús a sus apóstoles y discípulos, de llevar el Evangelio hasta los confines del mundo, pues hemos querido hacerlo cada uno a nuestra manera, predicando el mismo Cristo desde mil púlpitos diferentes.

Así, ¿cómo vamos a convencer a los que no lo conocen? ¿No estamos presentando un Cristo de mil caras, difícilmente reconocible como el Hijo de Dios que vino a salvarnos?

Ese es el problema principal que todos debemos tener muy en cuenta.

Mientras dedicamos nuestro tiempo a ahondar en nuestras diferencias o, lo que es todavía peor, a atacarnos como si fuéramos enemigos los unos de los otros, el mundo se pierde de conocer al Señor de la Historia y el Redentor de todos por culpa nuestra.

No podemos quedarnos tranquilos en nuestras propias iglesias, como sin nada estuviera pasando.

La gran mayoría de la gente no va a ninguna iglesia. La gran mayoría de la población mundial no es cristiana. La gran mayoría de los seres humanos ni siquiera ha oído hablar de Jesucristo.

Y, cómo iba a ser de otra manera, si nosotros, empeñados en luchar unos contra otros, hemos puesto barreras difíciles de superar al andar divididos como un Cristo roto en mi pedazos.

¿Qué ocurriría si diéramos al mundo el testimonio de nuestro amor, que fue lo que más ayudó a que los paganos creyesen en Cristo a comienzos de la predicación apostólica?

¿Qué ocurriría si uniésemos nuestros esfuerzos para llegar a todos los rincones de la tierra como el Divino Maestro nos mandó?

Sé que las dificultades para la unidad son enormes. En primer lugar tenemos los prejuicios de siglos, que han llevado a enfrentamientos terribles en nombre del mismo Cristo, guerras inhumanas y torturas y persecuciones, no de parte de los enemigos, sino de los mismos que se dicen amigos del mismo Señor.

¡Qué cosa tan horrible! ¿Verdad?

Todavía hoy, aunque en la realidad se trata de problemas políticos más que otra cosa, han habido enfrentamientos que se presentan como luchas religiosas, como los que ocurrían hasta hace poco en el Ulster, Irlanda del Norte. ¿No es esto algo increíble en el siglo XXI?

Algo así no se puede permitir de ninguna manera. Y como el camino de la unidad lo tenemos que comenzar por algún sitio, creo que lo primero de todo es respetarnos y amarnos, mucho antes de que nos podamos poner de acuerdo en los artículos de la fe.

Eso, gracias a Dios y al esfuerzo de mucha buena gente en todos los grupos cristianos, ya se ha estado haciendo desde hace años, y los frutos se han ido viendo, pues hoy podemos contemplar como hay un mejor entendimiento entre distintas denominaciones, y somos capaces de trabajar juntos en muchos proyectos de bienestar para el pueblo.

Es muy bello poder hablar con hermanos de distintas confesiones cristianas sin que nos veamos como enemigos, sino como verdaderos hermanos que, aunque no pensamos en todo de la misma manera, estamos seguros de que hay Alguien que nos une por encima de todo.

Cuando se logran estos encuentros, y se discuten abiertamente las distintas posiciones, sale a relucir una verdad tangible: que hay más cosas que nos unen que aquellas que nos separan.

Y, ¿cómo no iba a serlo entre personas que basamos nuestra fe, sobre todo, en la misma Palabra de Dios?

Es muy cierto que uno de los problemas está, precisamente, en la forma de interpretar esa Palabra de Dios, pero es posible decir que la mayoría de los cristianos tenemos una idea bastante parecida sobre lo que esta Palabra quiere decirnos, y sólo en una parte es que no estamos totalmente de acuerdo.

Por eso es necesario que los esfuerzos ecuménicos se multipliquen, para bien de todos. No podemos ser ilusos y pensar que el ideal va a ser alcanzado a corto plazo. Es muy probable que pasen todavía muchos años para que algo así se logre, pero si todos trabajamos por ello algún día se conseguirá.

Siempre he pensado en lo bello que resulta el que nosotros podamos hoy disfrutar de la sombra, o de los frutos, de árboles que fueron sembrados hace ya muchos años por personas que estaban seguras que no iban a verlos totalmente crecidos. Eso no los amilanó, ni les impidió hacer su obra.

Eso mismo tenemos que hacer nosotros con este milagro que queremos conseguir, y que sólo obtendremos si somos capaces de poner, muy unidos, manos a la obra.

Sabemos una cosa: Jesús quiere la unidad. El así lo expresó cuando, durante la Última Cena, oraba al Padre: “...para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Juan 17,21).

Se ve que Jesus sabía muy bien lo que iba a pasar con sus discípulos, miembros de esta raza humana tan dura de cerviz, que ha querido corregir al propio Dios desde los comienzos. ¿Por qué Dios permite una desunión que tanto daño ha causado en los proyectos de evangelización en el mundo?

Aunque no podría dar una respuesta totalmente satisfactoria, creo que hemos de pensar en lo que ya venía diciendo. Dios es respetuoso aún de nuestras propias limitaciones y tonterías. Por eso nos deja hacer, aun cuando hagamos disparates y hasta pongamos en peligro su hermoso plan de hacer de todos los humanos una gran familia en torno suyo.

No somos mejores ni peores que Adán y Eva, que Caín y Abel, y todos los personajes de los primeros tiempos de la humanidad según los relatos de la Biblia. Demostramos ser la misma clase de gente: antojadizos, soberbios, siempre dispuestos a poner nuestra propia voluntad por encima de la de Dios.

¿Que quién tiene la culpa de esta terrible división que existe entre los cristianos?

Sería injusto decir que algún grupo la tiene, pues creo que todos la tenemos de una manera u otra. Que si Lutero, que si Calvino, que si los Papas, que si la Inquisición, que si esto, que si lo otro, sería una manera de seguir ahondando las diferencias y no aportaríamos nada para lo que realmente se busca, que es encontrar una solución a la desunión.

Sí, miembros de la Iglesia Católica cometieron pecados contra la unidad de los cristianos. Sí, miembros de otras confesiones también los han cometido. Lo que importa es que acabemos de perdonarnos los unos a los otros y de poner en práctica el mandato de Jesús, pues ahí es donde se encuentra nuestro mayor escándalo. ¿Acaso no nos dijo El que teníamos que amarnos los unos a los otros como El nos ama?

¿Cómo vamos, pues, a justificar que somos discípulos de Jesús si ni siquiera nos amamos y nos respetamos?

¿O es que no dijo Jesús que tenemos que amar incluso a nuestros enemigos?

Pues si hay que amar a los enemigos aunque sea con ese amor ínfimo que llamamos de benevolencia y beneficencia, que es, como si dijéramos, el escalón más bajo del amor, ¡con cuánta mayor razón tendremos que amar a aquellos que, aunque separados, están haciendo el mismo esfuerzo por seguir a Cristo!

Dijo también el Señor que en eso conocerían los paganos que somos sus discípulos: en la manera en que nos amamos. No es de extrañar que hoy los paganos no se sientan atraídos a hacerse discípulos de Jesús, pues nosotros no estamos cumpliendo con lo que El nos mandó.

No debemos olvidar que los verdaderos enemigos nuestros son los poderes del mal, que parece que crecen en la medida en que nosotros nos empeñamos en desconocernos los unos a los otros.

El mismo Jesús puso un ejemplo de lo que significa la división. Hablaba de Satanás, tratando de responder a las acusaciones de que El hacía las obras del Principe de los demonios, pero nosotros lo podríamos aplicar a la situación que sufre su Iglesia dividida. El decía: "Todo reino dividido queda asolado, y ninguna ciudad o familia dividida podrá mantenerse en pie. Pues si Satanás echa a Satanás, es que se ha enfrentado consigo mismo; y entonces, ¿cómo podrá mantenerse en pie su reinado?" (Mateo 12, 25-26).

Con nuestra división, comento yo ahora, lo que estamos es haciendo, precisamente, lo contrario. Estamos reforzando el ya fuerte reinado de Satanás en este mundo, por cuanto estamos empleando nuestros esfuerzos en discutir entre nosotros, en lugar de poner todos nuestros recursos en combatir el mal que se extiende cada día por este mundo.

Cuando un cristiano se ensaña atacando a otros cristianos, llamándolos con todos los apelativos posibles, algunos hasta groseros y de mala educación, lo que está es favoreciendo a Satanás y dándole puntos a su favor.

O ¿acaso puede un cristiano, o un creyente cualquiera, creer de verdad que su misión es dedicarse a atacar los puntos de vista de los otros creyentes?

Podremos estudiar esos puntos para ver en qué podemos ponernos de acuerdo, pero aún aceptando que esto fuese imposibe, tenemos que mantener nuestro respeto por todos los seres humanos, incluso por aquellos que están en posiciones contrarias a las nuestras.

No existe una sola razón, ni bíblica, ni evangélica, ni de ninguna otra clase, que nos permita a los cristianos perseguir a nadie, ni chocar con nadie, ni criticar a nadie, ni tratar de poner en ridículo a nadie. Podremos atacar los males pero no las personas. Podremos condenar el pecado pero no al pecador.

Entonces, ¿qué ganamos con andar condenando a otros creyentes, cuando nuestra misión es la de salvar el mundo del poder del mal, y dar a todos la oportunidad de entrar en el Reino de Dios?

Yo invito, desde el fondo de mi alma, a todos los hermanos cristianos, a que nos amemos, y estemos dispuestos a orar y luchar para que cesen nuestras divisiones y podamos ser todos dignos hijos de Dios y verdaderos discípulos de Jesús, el Salvador de toda la humanidad.

Arbazan34@gmail.com


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