CARACTERÍSTICAS DE LA CUARESMA

Este tiempo, como sabemos, es uno especialmente dedicado a preparar la más grande de las fiestas del año: la Pascua. Pero también nos sirve para reparar las grietas que el tiempo va abriendo en el alma, producto de nuestro descuido y nuestro contacto con el pecado.

En Cuaresma se nos invita a cambiar, a trabajar, a colaborar con la obra del Espíritu en nosotros, a crecer espiritualmente para estar más cerca de Dios y de los demás.

Para ello la Iglesia nos ofrece los medios propios de lo que se llama la ascética cristiana, como son la oración, el ayuno, la abstinencia de carne, la limosna, la mortificación y guarda de los sentidos para lograr el control del cuerpo y la supremacía del espíritu. Sin estos medios, y otros que ciertamente podríamos agregar, no hay por qué extrañarse de que uno se encuentre en las antípodas del ideal cristiano. ¡No se puede pedir peras al olmo!

LA ORACIÓN

Este es el medio principal, el más elevado, y también el más recomendado por el propio Jesús. El nos exhorta a que oremos, y a que lo hagamos con insistencia, como cuando dice: - Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos si ellos le gritan día y noche?, o ¿les hará esperar? Les digo que les hará justicia sin tardar (Lucas 18, 7-8).

El mismo Jesús, además, nos dio ejemplo de oración. En varias ocasiones los evangelistas mencionan que se retiraba a orar, estando algunas veces largas horas en oración, como ocurrió en el huerto de los Olivos.

¿Cómo podríamos llamarnos cristianos si no dedicamos, cada día, algún rato a la oración? La oración es al cristiano como la respiración al cuerpo. Sin ella no podemos vivir esa otra vida que se nos dio en el Bautismo, la que nos ha elevado a la categoría de hijos de Dios y de coherederos con Cristo de la eterna gloria.

Cierto que algunos dicen que eso de rezar les parece algo aburrido, pero es que sólo se les ocurre repetir, machaconamente, cosas aprendidas de memoria.

Todo el que ora sabe, por experiencia propia, que en la oración encuentra paz y amor, respuesta a sus problemas y un gozo que no se puede comparar con las alegrías de este mundo.

Lo que ocurre es que muchas personas temen adentrarse en este camino de unión con Dios, pues consideran que eso está reservado a unos pocos iniciados. ¡Craso error!

Orar es comunicarnos con Alguien que sabemos que nos ama, hablando con El con toda sencillez, como nos enseñan los maestros de oración. Para hablar con Dios no hay que complicarse innecesariamente. Orar no es simplemente hablar. A veces el hablar puede ser enemigo del orar. Lo importante en la oración no son las palabras, sino los movimientos del corazón. Orar es, sobre todo, entregarnos a amar a Dios y dejarnos amar por El.

¡Qué gran actividad, pues, para dedicarle todo el tiempo que podamos! La Cuaresma tiene que servirnos para ejercitarnos en esta actividad y así aprender a orar más y mejor.

Nadie que vaya a visitar a un amigo tiene que procurarse un libro para poder comunicarse con él. ¿Por qué hacemos de la comunicación con Dios algo tan complicado?

Algo diferente es cuando participamos de la Liturgia. Siendo oración oficial de la comunidad, se requieren libros para que haya cierta uniformidad, pero en la oración personal debemos sentirnos libres para presentarnos ante Dios tal como somos, sin necesidad de protocolos ni etiquetas. Dice a este propósito el gran doctor san Juan Crisóstomo:

El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima unión con El: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón: que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción. Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento dulcísimo para el Señor.

(Homilía 6 sobre la oración).

EL AYUNO

Otra de las prácticas recomendadas durante la Cuaresma es el ayuno. En el Nuevo Testamento vemos el ejemplo de Jesús que, antes de comenzar su misión, pasa una cuarentena de días en ayuno, allá en el desierto de Judea.

Hoy en día hemos dejado escapar el espíritu propio del ayuno, para en su lugar hacer dieta. Oímos más fácilmente los anuncios de la televisión que la voz de los profetas. Y somos capaces, para permanecer esbeltos y en la línea, de tragarnos montones de pastillas y de batidos sin sabor, cuando desde antiguo se nos fue recomendado que nos moderemos en el comer para tener más fuerte el espíritu.

Ayunar no hace daño a nadie. Uno puede morirse de hambre o de indigestión, pero nunca por moderarse en la ingestión de alimentos. Cuando nos descuidamos en esto viene la obesidad y un montón de desagradables consecuencias.

Inyectemos espíritu a las dietas, y no lo hagamos sólo por mantener la salud física, sino también la espiritual.

Ayunemos, además, con espíritu cuaresmal, pensando en los que nada tienen. Que al abstenernos de algún plato sea para compartirlo con algún necesitado.

El ayuno agradable al Señor - lo decía varios siglos antes de Cristo el profeta Isaías - es éste:

Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne.

(58,6).

Esto significa que de nada vale que ayunemos si seguimos en las mismas actitudes negativas con el prójimo, y no nos esforzamos por descubrir las necesidades de los demás, no importa quiénes éstos sean.

Si hacemos trampas en nuestros negocios, o vivimos una vida llena de engaños o infidelidades, o tenemos un trato amargo u arrogante con los otros, u ofendemos con facilidad, o nos nos importa un comino lo que le pase a la gente, entonces no vale la pena que andemos ayunando.

Si somos dictadores con los que nos rodean, o hablamos con insultos, o perdemos la paciencia con facilidad, o nos molesta todo lo que nos hacen y andamos echando pestes al que juzgamos culpable, entonces el ayuno es una pérdida de tiempo. Esto lo dice el Señor. Y El nos invita a que ayunemos, pero con un nuevo espiritu, para que purificando nuestra relación con los demás, podamos estar listos para entrar en una mejor relación con El. No es posible orar con el corazón si éste anda cargado con los pecados que cometemos contra el prójimo.

Tenemos primero que aligerar su carga, para entonces sentirnos cerca del que nos quiere hermanos los unos de los otros.

Dejemos hablar a san Pedro Crisólogo:

El ayuno no germina si la misericordia no lo fecunda: lo que es la lluvia para la tierra, eso mismo es la misericordia para el ayuno. Por más que perfeccione su corazón, purifique su carne, desarraigue los vicios y siembre las virtudes, como no produzca caudales de misericordia, el que ayuna no consechará fruto alguno. Tú, que ayunas, piensa que tu campo queda en ayunas si ayunas sin misericordia; lo que siembras en misericordia eso mismo rebosará en tu granero. Para que no pierdas a fuerza de guardar, recoge a fuerza de repartir; al dar al pobre, te haces limosna a ti mismo: porque lo que dejes de dar a otro no lo tendrás tampoco para ti.

(Sermón 43).

OTRA CLASE DE AYUNOS

Por todo lo que se ha dicho podemos colegir que lo más importante en el ayuno no es dejar de comer, sino compartir con el hermano, mejorando al mismo tiempo nuestra dedicación y compromiso con el Señor.

Por eso podríamos añadir otra clase de ayunos que nos ayudarán en gran medida a vivir una Cuaresma llena de frutos espirituales.

Así podríamos tener ayuno de televisión. ¡Qué bien nos haría apagar los televisores completamente, o al menos reducir el tiempo que dedicamos a dicho aparato!

La televisión, aparte de que en sus programas - los hay muy buenos - abunda el veneno, también constituye un obstáculo a la comunicación familiar.

Visitamos un hogar y ahí está prendido el televisor, sin que se pueda tener una conversación amigable, porque lo más importante es ver aquello que se esté presentando, bueno o malo. Tal parece como si el aparato se convirtiera en el dictador al que todos parecemos estar sometidos de alguna manera.

Otro ayuno podría ser el de las palabras. ¡Cuántas palabras ociosas decimos cada día! Y muchas de ellas hasta resultan ofensivas o vulgares, cuando no portadoras de un lenguaje obsceno y hasta lujurioso.

Si cerráramos la boca y tratáramos de hablar mucho menos para pensar mucho más, estaríamos haciendo un ayuno muy provechoso.

Ni que decir tiene que otro ayuno muy oportuno sería el de los chismes, el hablar mal de otros, el juzgar al prójimo, en fin, el uso de la lengua para hacer daño.

Ayuno muy bueno sería abstenernos de los arranques de ira o rabia que tanto mal ocasionan, en primer lugar, al mismo que se deja llevar por ellos. No pocos han estado al borde de un ataque cardíaco, o han muerto de uno de ellos, producto de un momento de ira externada con violencia.

La lista podría ser mucho más larga, pero dejo a los lectores el hacer la suya propia, para que en la Cuaresma nos empeñemos en ir suprimiendo todo lo que nos empequeñece y nos aparta de la comunión con Dios y con los hermanos.

LA ABSTINENCIA

Abstenerse de carne puede que no sea hoy, como lo fue otro tiempo en algunas partes, un gran sacrificio. En realidad, el cumplimiento de la abstinencia puede variar de un sitio a otro, aunque la ley de la Iglesia no ha tenido muy en cuenta eso, y sigue permitiendo, por ejemplo, que se coma pescado o mariscos en lugar de carne.

Si pensamos bien nos daríamos cuenta de que eso es hoy, en muchas partes, como un contrasentido, por cuanto resulta más caro un plato de mariscos que uno de carne, siendo también, para algunos, mucho más sabroso.

Se puede dar el caso, por tanto, de que en un viernes de Cuaresma cumplamos la “letra de la ley” disfrutando de una buena langosta, mientras que cometeríamos pecado si, con advertencia, nos comemos una vulgar hamburguesa.

Es innegable que si lo que queremos es ofrecerle algo al Señor, y no sólo cumplir la letra de la ley, debemos abstenernos de la carne, pero, al mismo tiempo, hacer uso del pescado en forma penitencial, es decir, sin entender que es un buen día para una mariscada o algo semejante.

Lo que de verdad funciona en todo esto es el espíritu con que vivamos la Cuaresma, pues de lo contrario se trataría de un puro formalismo que no vale para nada.

LA MORTIFICACIÓN

Tenemos que estar claros que Jesús nunca quiso que sus discípulos fueran masoquistas o algo por el estilo. No nos gusta el dolor. No nos gusta sufrir.

Entonces, ¿por qué buscar, deliberada y consciente-mente, cierto sufrimiento? Porque cuando nosotros aceptamos con paciencia las cosas que se nos presentan, ofreciéndolo a Dios, nos estamos asemejando a Cristo sufriente, y estamos participando de los méritos de su Pasión.

San Pablo escribe:

Ahora, si somos hijos, somos también herederos: herederos de Dios y coherederos con Cristo; y al compartir sus sufrimientos es señal de que compartiremos también su gloria.

(Romanos 8,17).

Hay dolores que no podemos evitar. Aceptémoslos. Hay situaciones que se presentan aunque no las queramos. Siempre que sea posible, soportémoslas. Me refiero a un dolor de muelas, como ejemplo del primer caso, o a un insulto que alguien nos infiere, en el segundo. Son momentos para merecer y fortificarnos espiritualmente.

Hay también la posibilidad de negarnos a cosas que nos agradan mucho, como el comer un dulce exquisito, bebernos una cerveza cuando hace calor, o disfrutar de un sabrosísimo helado. Todas son cosas muy legítimas, pero que, ofrecidas, nos ayudan a luchar mejor contra otras atracciones que nos ponen en peligro de apartarnos de la gracia divina.

La mortificación ha sido, desde antiguo, una práctica muy recomendada, porque el cristiano conoce que todo sufrimiento, si es aceptado con alegría, tiene un valor redentor, sea para nosotros o para otros.

No en balde Cristo sufrió y murió por nosotros, pues a través de sus sufrimientos fuimos salvados para siempre.

San Basilio el Magno nos ilumina con estas palabras:

¿De qué manera podremos reproducir en nosotros la muerte de Cristo? Sepultándonos con El por el bautismo. ¿En qué consiste este modo de sepultura, y de que nos sirve el imitarla? En primer lugar, es necesario cortar con la vida anterior. Y esto nadie puede conseguirlo sin aquel nuevo nacimiento de que nos habla el Señor, ya que la regeneración, como su mismo nombre indica, es el comienzo de una vida nueva. Por esto, antes de comenzar esta vida nueva, es necesario poner fin a la anterior. En esto sucede lo mismo que con los que corren en el estadio: éstos, al llegar al fin de la primera parte de la carrera, antes de girar en redondo, necesitan hacer una pequeña parada o pausa, para reemprender luego el camino de vuelta; así también, en este cambio de vida, era necesario interponer la muerte entre la primera vida y la posterior, muerte que pone fin a los actos precedentes y da comienzo a los subsiguientes.

(Libro sobre el Espíritu Santo, cap.15).

LA LIMOSNA

Esta palabra se ha ido degradando con el mal uso que le damos. Sin embargo, es clásica, y aparece constan-temente en los escritos de los Padres de la Iglesia.

Pese a lo primero podemos darle hoy un nuevo sentido a la limosna. Si la palabra perdió su primer significado fue porque se usaba para señalar un gesto paternalista de muchos que, pudiendo, daban a otros una ayuda, pero sin el debido espíritu cristiano.

No pocas veces la limosna ha servido para hacer propaganda o buscar aplausos, olvidando las palabras de Jesús: Cuando des limosna no lo anuncies a toque de trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en la calle para que la gente los alabe. Ya han cobrado su recompensa, se lo aseguro. Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede escondida; y tu Padre, que ve lo escondido, te recompensará (Mateo 6,2-4).

La limosna es acudir en ayuda de la gente más necesitada, pero en forma tal que no se vea como un insulto a los que la reciben, sino como un verdadero compartir de hermanos.

Así lo entendió la primera comunidad de Jerusalén, como nos dice el libro de los Hechos:

Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos según la necesidad de cada uno.

(2. 44-45).

Hoy en día esto podría parecer un ideal imposible de llevar a cabo. En realidad esa es la vida de las comunidades religiosas de hombres y mujeres, aunque hay que admitir que resultaría mucho más difícil para personas casadas.

Con todo, hay experiencias de ello. En Palestina, por ejemplo, existen lo que los judíos llaman kibutz, que son comunidades de hombres y mujeres, solteros y casados, donde todos trabajan, pero reciben de acuerdo a sus necesidades. Y esto funciona perfectamente.

El principio, pues, sigue siendo el mismo: Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, etc. Es decir, las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Pero todo eso con amor, con espíritu de solidaridad y fraternidad en Cristo, pues por El hemos sido hechos miembros de una sola familia, la de los hijos de Dios.

El gran doctor san Gregorio Nacianceno aconseja:

Visitemos a Cristo mientras nos sea posible, curémoslo, no dejemos de alimentarlo o de vestirlo; acojamos y honremos a Cristo, no en la mesa solamente, como algunos, no con unguentos, como María, ni con el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la sepultura, como aquel mediocre amigo, Nicodemo, ni, en fin, con oro, incienso y mirra, como los Magos, antes que todos los mencionados, sino que, puesto que el Señor de todas las cosas lo que quiere es misericordia y no sacrificio, y la compasión supera en valor a todos los rebaños imaginables, presentémosle ésta mediante la solicitud para con los pobres y humillados, de modo que cuando nos vayamos de aquí, nos reciban en los eternos tabernáculos, por el mismo Cristo, nuestro Señor, a quien sea dada la gloria por los siglos.

(Sermón 14, sobre el amor a los pobres).

ARNALDO BAZÁN

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