LA CONTRICIÓN

Jesús nos hace ver bien claro en el Evangelio que el gran mal social y personal es el pecado, pues éste trastoca todo el plan divino para el ser humano. Pero Dios es el Padre amoroso, como el de la parábola, que está esperando el arrepentimiento del pecador y su vuelta a la casa paterna, para recibirlo con los brazos abiertos (Lucas 15:20-24).

Nuestro Redentor nos dejó el sacramento de la Penitencia para que pudiéramos reconciliarnos con Dios y con los hermanos, o sea, con la Iglesia. Recordemos que todos somos la Iglesia, a la cual nos incorporamos mediante el bautismo. El sacramento del Perdón yo lo llamaría mejor, el sacramento de la Alegría, pues Jesús lo instituyó el día de su resurrección en su primer encuentro con los Apóstoles (Juan 20:23), y también afirmó que en el cielo hay más alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión (Lucas 15:7) y para que tengamos esto muy presente, lo recalcó con las tres parábolas de la misericordia (Lucas 15:4-32).

Como muy bien lo expresaran los Padres Conciliares en Trento, el arrepentirse implica: detestar el pecado, dolerse por haberlo cometido y proponer no volver a pecar.

Ahora sólo quisiera fijarme en la contrición que es fundamental para recobrar la gracia divina. El catecismo nos enseña que hay dos maneras de contrición. Una que los teólogos llaman perfecta y otra menos perfecta. Comúnmente se le llama contrición a la primera y atrición a la segunda.

La atrición es el dolor de haber ofendido a Dios por la vergüenza o fealdad del pecado, o bien, por el temor de perder la gloria e ir al infierno. Se le considera un arrepentimiento menos perfecto porque existe un interés o un miedo que no es propiamente el amor a Dios. No perdamos de vista que el amor es el fundamento del cristianismo.

Sin embargo, aunque no sea tan perfecto, se considera válido, pues los Santos Padres exhortaban muchas veces en sus alocuciones al arrepentimiento por el temor a las penas del infierno y el odio al pecado. Asimismo, Juan el Bautista predicaba a los fariseos: "Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, digno fruto de conversión…" (Mateo 3:7-8) y el propio Jesús afirma: "Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna." (Mateo 5:29).

En la contrición o acto de amor a Dios, el pecador se arrepiente por la bondad divina; en otras palabras, Dios mismo es la razón fundamental. Explica el catecismo: "El acto de perfecta contrición, que consiste en dolerse de haber ofendido a Dios por ser Él tan bueno, y lo mismo el acto de amor puro a Dios, por ser Él tan bueno, que es equivalente a la perfecta contrición, son tan estimados por Dios, que por ellos perdona el Señor los pecados mortales que se tengan, aun antes de confesarse, en el acto mismo, con tal que se tenga, propósito explícito o implícito de confesarse después, cuando buenamente pueda o toque hacerlo".

Existen innumerables actos de contrición. En unos se enfatiza sólo el amor a Dios, como en el siguiente: "Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Creador y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido".

Otros combinan la atrición con la contrición: "¡Oh! Dios mío, con todo mi corazón me pesa de haberte ofendido. Aborrezco todos mis pecados por el miedo de perder el cielo y merecer el infierno, pero más me pesa porque eres infinitamente bueno y digno de ser amado." Como se ve, en la primera parte se aborrece el pecado por el miedo, pero en la segunda la razón principal es el propio Dios.

Esta oración concluye: "Firmemente resuelvo, con la ayuda de tu gracia, confesar mis pecados, hacer penitencia y enmendar mi vida." Si nos fijamos, se tiene en mente irse a confesar, según lo dispone el catecismo.

De todos los actos de amor a Dios o actos de contrición perfecta, ninguno me ha conmovido tanto como el "Soneto a Cristo Crucificado" que he rezado infinidad de veces. Esta joya de la poesía lírica española se escribió en la segunda mitad del siglo XVI. Se desconoce su autor, aunque se lo han atribuido a innumerables santos y poetas. Lo presento para que se convierta en una oración diaria.

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar, por eso, de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

ROBERTO FERNÁNDEZ VALLEDOR

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