LA CUARESMA

Este tiempo sagrado que prepara a los cristianos para la fructífera celebración de la fiesta de Pascua comenzó, desde muy antiguo, como parte del proceso de formación de los catecúmenos para el Bautismo y, más tarde, como tiempo penitencial de los pecadores públicos.

Dado que el sacramento bautismal solía administrarse en la noche de Pascua, los candidatos recibían la instrucción y los ritos preparatorios en las semanas precedentes.

Poco a poco se fue utilizando también este tiempo como el más apropiado para la penitencia de los que, habiendo cometido graves pecados, se sometían a la disciplina eclesial.

Así nació el Miércoles de Ceniza como día inaugural en que se imponía la ceniza en la cabeza de los pecadores arrepentidos, los que debían pasar por un rígido período de pública humillación antes de ser reconciliados.

La estructura final de la Cuaresma, o sea, cuarenta días antes de la Pascua, respondió al deseo de que fuera semejante al tiempo que pasó Jesús en el desierto ayunando (Ver Mateo 4,2).

El rito de la ceniza fue mantenido, hasta el siglo X, como exclusivo de los penitentes públicos, de modo que sólo ellos la recibían en sus cabezas.

Hemos de recordar que el uso de la ceniza es bien antiguo, como parte, sobre todo, de los ritos funerarios. Acostarse sobre ceniza era, al parecer, una señal de duelo (Ver Ester 4,3 y Isaías 58,5).

También era común el uso de un vestido burdo llamado sayal, para demostrar el arrepentimiento. Así vemos que cuando el profeta Jonás predicó en Nínive que dentro de cuarenta días la ciudad sería arrasada, creyeron a Dios los ninivitas, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal pequeños y grandes (Jonás 3,5).

Durante varios siglos, los que habían cometido graves pecados y se sentían arrepentidos, se reunían en la iglesia el día inaugural de la Cuaresma vestidos de sayal. Allí recibían la ceniza sobre sus cabezas y no volvían a ser admitidos a las asambleas de la comunidad hasta el día de la reconciliación, la mañana del Jueves Santo.

Durante todo el período cuaresmal se mantenían fuera de los templos, ayunando y mortificándose, dando así público testimonio de su arrepentimiento.

No nos es fácil a nosotros, hijos de otra época, juzgar adecuadamente aquel rigor que la Iglesia usó durante varios siglos, pues resulta increíble hasta pensar que los hombres de ahora acepten semejante penitencia.

De hecho, esta práctica fue desapareciendo, poco a poco, por dos razones fundamentales, la más importante de las cuales fue el cada vez menor número de pecadores dispuestos a someterse a los rigores de la misma. La otra tuvo que ver con la mayor conciencia que la comunidad eclesial fue adquiriendo de la necesidad que todos, y no sólo unos pocos, tenemos de hacer penitencia. Así se llegó a la Cuaresma como expresión colectiva de conversión siempre renovada, como paso previo para participar en el Misterio Pascual de Cristo.

Esa es la causa por la que, actualmente, la Iglesia invita a todos a iniciar este tiempo litúrgico con la imposición de la ceniza.

No se trata, desde luego, de un rito sin sentido. Poner, aunque sea una simple señal con ceniza sobre la frente, que a eso ha quedado reducido en la práctica, tiene que responder a una sincera decisión personal de rectificar nuestra vida conforme a los principios del Evangelio.

Ni que decir tiene que si uno, por las razones que sea, no ha podido recibir la ceniza, también puede celebrar la Cuaresma, pues lo que realmente importa es la actitud de conversión que cada uno tenga y no el rito de la ceniza en sí mismo.

Hoy, realmente, la Iglesia ha atenuado al máximo el rigor de la Cuaresma, porque somos cada vez más flojos en una sociedad que adora la comodidad y se desvive por el placer fácil y las satisfacciones instantáneas.

Ahora tenemos únicamente dos días de ayuno y abstinencia por obligación, para los mayores de catorce años y menores de sesenta. Todos los viernes de este período son solamente días de abstinencia de carne.

Es posible que haya personas que todavía lo consideren demasiado estricto, pero conformarse con sólo eso no sería, en realidad, entender el verdadero espíritu cuaresmal. Se trata de fortalecer nuestra fe por medio de la oración y el ayuno, a fin de poner en práctica lo que Jesús nos mandó. Esto último es lo más importante.

Y es que al Señor no le gusta un ayuno que no vaya acompañado de la misericordia con los hermanos. Por eso debemos poner mucho énfasis en el compartir con auténtico amor (Ver Isaías 58).

Cuando a Jesús lo acusan de andar con pecadores y descreídos, El responde: Vayan mejor a aprender lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios” (Mateo 9,13).

La Cuaresma tiene que servirnos para descubrir los auténticos valores y rechazar la falsa escala que, de los mismos, nos presenta el mundo.

No haríamos nada si nuestra mortificación, ayunos, abstinencias y otras prácticas se redujeran a un simple cumplir, en forma mecánica, los preceptos recibidos.

A nuestro lado, aquí mismo, hay gente que sufre, que no tiene trabajo, que ha perdido, quizás, a un ser querido o tiene problemas de cualquier otra índole.

El Señor quiere que vayamos a compartir con ellos, a darles de nuestro tiempo y de lo que tengamos, a anunciarles que Jesús murió y resucitó para que todos fuésemos hijos de Dios y pudiéramos disfrutar de una vida eterna.

Estamos, pues, ante una magnífica oportunidad de dar alegría y felicidad a los que nos rodean, porque cuando encarnamos el Evangelio de Jesús somos testigos del gran amor que Dios nos tiene y lo hacemos palpable ante los ojos de los demás.

ARNALDO BAZÁN

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