ESPÍRITU CUARESMAL

Hemos comenzado de nuevo la Cuaresma. Para los creyentes es un tiempo muy especial de preparación para el gran día de la Pascua. Para otros, un tiempo sin sentido, con ciertos rezagos medievales. Sin embargo, es tiempo de hacer un alto en el camino de la vida para orientarlo al Señor. Algunos cristianos tienen una idea equivocada de la cuaresma y piensan que ella es un fin y no un medio para lograr "resucitar con Cristo a una vida nueva".

La Iglesia nos advirtió el Miércoles de Ceniza cuál es el espíritu que debe animarnos durante este tiempo. El celebrante pidió en la oración colecta que Dios nos fortaleciera con su auxilio para mantenernos en espíritu de conversión, y que la austeridad penitencial de estos días nos ayudara en el combate cristiano contra las fuerzas del mal.

La idea de la conversión está presente en toda la cuaresma. Si el cristiano no se convierte de corazón, no podrá celebrar la Pascua. Considero que el espíritu de conversión espiritual se resume en tres palabras que denotan tres actitudes: ayuno, oración y limosna. La penitencia es un medio de ejercitarnos en el combate espiritual. San Pablo ha definido la vida del cristiano como una lucha, como ejercitarse para una competencia, y la preparación del atleta resulta el modelo apropiado a la preparación espiritual del creyente (1Corintios 9:24-27; 2Timoteo 2:5).

La Iglesia no pretende que seamos masoquistas, disfrutando la penitencia; Dios tampoco es un sadista que se regocija con nuestro dolor. Hemos de comprender que nosotros tenemos pasiones que vencer y virtudes que adquirir, y sólo mediante la ejercitación -penitencia o vía purgativa en el lenguaje místico- podremos conseguir un cambio en nuestras vidas. Por eso la Sagrada Escritura insiste tanto en el ayuno, pero en un ayuno que signifique un cambio de mentalidad (Isaías 58: 3-6).

Los Padres Apostólicos reiteran esta idea profética: "He aquí el ayuno que me elegí, dice el Señor. Desata toda atadura de iniquidad, rompe las cuerdas de los contratos violentos, despacha a los oprimidos en libertad y rasga toda escritura inicua. Rompe tu pan con los hambrientos y, si vieres a un desnudo, vístelo; recoge en tu casa a los sin techo; si vieres a un humilde, no lo desprecies." (Carta a Bernabé III: 3) La Primera Carta de San Clemente VIII: 5-6 y El pastor de Hermas 5: 4 recalcan también esta actitud del corazón.

Para conseguir esto resulta necesaria la fuerza del Altísimo, de aquí la necesidad de la oración. Necesitamos, pues, mantener un contacto íntimo con el Señor, a fin de conseguir el desarrollo de nuestra vida espiritual. La oración es vital para la unión del hombre con Dios. Cristo nos dio ejemplo de oración, ya que se apartaba a lugares desiertos donde hablaba con el Padre (Lucas 5: 15). A veces se pasaba la noche orando (Lucas 6: 12). Por esta razón San Pablo nos manda a orar en todo tiempo (Efesios 6: 16), orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5: 17) y en todo lugar (1 Timoteo 2: 8). Si durante el año es fundamental para nuestra vida espiritual mantener un tiempo de oración, durante la cuaresma debemos dedicar tiempo adicional a ello.

Una forma de compartir las necesidades con los demás es la limosna, la cual aparece muy unida a la oración en las Sagradas Escrituras (Hechos 10: 2). Una limosna que busque el socorro de los demás, no la alabanza de los hombres (Mateo 6: 2-4). A veces he escuchado muchos argumentos sociológicos si es conveniente o no dar limosnas, razonamientos sobre la dignidad humana, la justicia social y otros más. Sin embargo, veamos qué nos aconsejan los Padres Apostólicos: "A todo el que te pida, dale y no se lo reclames. Pero ¡ay del que recibe! Pues si recibe por estar necesitado será inocente; mas el que recibe sin sufrir necesidad tendrá que dar cuenta por qué recibió y para qué." (Didajé 1: 5) El Pastor de Hermas 4: 5 insiste también en esta misma idea.

Estamos en cuaresma, tiempo precioso que la Iglesia nos presenta para nuestro crecimiento espiritual. Preparémonos, pues, no para la muerte del Señor, sino para nuestra resurrección con Él a una vida nueva (Romanos 6: 5-11). Permita el Señor que todos sepamos aprovecharnos.

ROBERTO FERNÁNDEZ VALLEDOR

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