PEDRO Y JUDAS

En los días de la Semana Santa surge fácilmente la comparación entre dos personajes que estuvieron muy cerca del principal protagonista de los acontecimientos que celebramos en tal ocasión: los apóstoles Pedro y Judas.

Ellos podrían servirnos como prototipos de los dos principales motivos para la infidelidad al Señor: la debilidad y la corrupción del pecado.

Efectivamente, ambos fueron infieles a quien los había llamado, traicionándolo a la hora de la verdad, cuando su Maestro se encontraba perseguido a muerte.

Ambos, creo que podemos afirmarlo, recibieron la invitación de Jesús con gozo, y lo siguieron con entusiasmo, aunque es muy posible que la idea que, al principio, ellos tuvieron de su Maestro, fuese muy dife- rente a la realidad.

Como muchos judíos, casi todos los apóstoles seguramente pensaban que el Mesías sería un rey poderoso que sacaría a Israel de su estado de dependencia y lo levantaría a la gloria de los tiempos de David y Salomón.

Por tal motivo es muy posible pensar que lo que los apóstoles se imaginaron fue que compartirían el triunfo de Jesús cuanta éste derrotara a sus enemigos.

Pero los tres años de preparación junto al Maestro fueron suficientes para convencerlos de que estaban totalmente equivocados.

Aun así, poco antes de la Pasión vemos que Juan y Santiago convencieron a su madre para que los acompañara a ir donde Jesús a pedir para ellos los primeros puestos en el Reino (ver Mateo 20,20-23), gráfico ejemplo de lo dicho anteriormente.

Judas, quizás el más codicioso de todos, había visto claro una cosa: la predicación del Maestro y sus acciones no iban dirigidas a preparar una revolución o a constituir un reino terrenal. Por el contrario, todo parecía indicar que, al final, resultaría aplastado por sus poderosos enemigos dentro del propio pueblo judío.

Así, la ambición que impulsó a Judas al seguimiento de Jesús se convirtió en frustración. Su corazón, corrompido por las ansias de poder y de felicidad material, que se mostraba en sus tendencias a sustraer a escondidas del magro capital de la comunidad (Juan, en su evangelio, 12,6, lo cataloga de ladrón), se sintió destrozado ante la evidencia de que el Maestro predicaba un Reino espiritual y ultraterreno.

Lo que lleva a Judas a confabularse con escribas y fariseos no fue tanto el deseo de conseguir unas monedas, sino sus ansias de venganza, pues se creyó engañado por aquel que lo llamó a compartir una aventura que, según él, iba a terminar en el mayor fracaso.

Por eso, a tiempo, quiere ponerse al lado de los triunfadores, y acude a ellos en plan de amigo y confidente. De paso, trataría de sacar alguna ventaja. Treinta monedas le serían suficientes. El caso de Pedro es bien diferente. En él no existe ambición, pues habiendo comprendido que el Maestro corre un serio peligro de morir se ofrece, generoso, a acompañarlo.

Pero Pedro es fanfarrón y no mide sus fuerzas. Se empeña en aparecer más fuerte que los otros y perjura: -Aunque todos te abandonen, yo no te abandonaré (Mateo 26,33).

Sin embargo, ¿qué le ocurre cuando se ve solo y rodeado de caras hostiles que allá, en el atrio de la casa del Sumo Pontífice, lo miran acusadoramente?

Todas las fuerzas de Pedro se desintegran y, lleno de espanto, reniega de Aquel a quien había jurado amor y fidelidad. Su no lo conozco, no se quién es ese hombre le acompañará toda la vida, pero el pecado habrá quedado perdonado después que muchas lágrimas de sincero arrepentimiento le hubieron lavado, junto con la sangre que el Señor derramara en la cruz.

Esto nos demuestra que es posible pecar incluso sin dejar de amar totalmente, cuando por debilidad ante la tentación o por miedo ante lo que nos amenaza, buscamos nuestro aparente bien o nos alejamos del camino, mientras en nuestro interior seguimos clamando por Jesús que nos ha salvado.

El pecado de debilidad es aquel del que uno ya está arrepentido aún antes de haberlo cometido. Este siempre deja abierto el camino del retorno.

Pero cuando se peca porque el corazón está aprisionado por la ambición, o corrompido por un sórdido egoísmo, como parece ocurrió en el caso de Judas, resulta inevitable la desesperación y la ruina espiritual.

Nadie es capaz de decir que Judas se haya condenado. Los caminos de la misericordia de nuestro Dios son infinitos. Pero es indudable que de Pedro sí sabemos, sin lugar a dudas, que pasó la prueba del amor (ver Juan 21, 15-17). Sobre Judas pesan estas terribles palabras de Jesús que recoge Mateo: Uno que ha mojado en la misma fuente que yo me va a entregar. Este Hombre se va, como está escrito de él; pero ¡ay de ese que va a entregar a este Hombre! Mas le valdría a ese individuo no haber nacido (26,23-24). La Iglesia, sin embargo, nunca se ha atrevido a afirmar que Judas se condenó.

Pedro y Judas: dos estilos diferentes de vivir la experiencia del pecado. Dos ejemplos de lo que es capaz el ser humano y de cómo Dios nos da siempre la oportunidad de volver a El y encontrar su perdón.

ARNALDO BAZÁN

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