TU CUARESMA

La fiesta litúrgica más antigua, y la más importante también, que celebra la Iglesia es la resurrección del Señor. De hecho, cada domingo la hacemos realidad en nuestra celebración eucarística: ¡El Señor vive! Como preludio o preparación al gran Domingo de Pascua, la Iglesia ha instituido la Cuaresma: Unos cuarenta días -reminiscencia del 40 bíblico- para que nos preparemos al gran acontecimiento de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

En nuestra cultura, posiblemente por ser un pueblo hispano que le da tanta importancia a lo emotivo, los fieles conmemoran o se preparan con más devoción a la festividad de la muerte que a la de la resurrección del Señor. Resulta curioso observar nuestras iglesias el Viernes Santo y compararlas tres días después con el Domingo de Resurrección. No existe proporción entre la asistencia ni la compunción de los fieles.

La Iglesia, Madre y Maestra solícita, nos prepara para estos grandes acontecimientos, pero quiere y nos propone una preparación espiritual. Si bien nos pide ayuno y abstinencia de carne, también insiste en que intensifiquemos nuestra vida de oración, nuestro espíritu de caridad y nuestra conversión interior. Los días de cuaresma son días especiales para ejercitar nuestra espiritualidad. Son días en los cuales debemos sacar más tiempo para la oración y la meditación de la palabra de Dios.

Si miramos lo profundo de nuestra alma, veremos muchas deficiencias que corregir, muchas virtudes por alcanzar… De manera especial debemos ejercitarnos en corregir y edificar, para realizar en nosotros el hombre nuevo del que nos habla San Pablo (Efesios 2:15; 4:22-24; Colosenses 3:9-10).

Las lecturas bíblicas que tenemos durante los domingos cuaresmales insisten mucho en esta preparación interior, en este morir al pecado para resucitar con Cristo a una nueva vida. No siempre tenemos un tiempo tan propicio para nuestra interiorización como la Cuaresma. Es un tiempo muy especial para intensificar el amor al prójimo. Este amor se manifiesta en compartir lo que somos y lo que tenemos con los demás; o sea, no sólo nuestros bienes materiales sino también nuestras cualidades. Por esta razón es un tiempo muy especial para desarrollar el apostolado entre los nuestros.

La Cuaresma es tiempo de reflexionar en el amor que Dios nos ha tenido y nos tiene; amor que se traduce en dar la vida por quienes son amados. No es un amor romántico o emotivo que se queda extasiado llorando ante un Cristo crucificado, sino un amor que se regocija en la resurrección de su Dios y siente la alegría intensa de compartir lo que se tiene y lo que se es con los demás.

Cuaresma no es tiempo para estar sombríos debido a los ayunos, la oración y el recogimiento. Es tiempo de estar alegres, porque el Señor nos ha dicho que estemos alegres y perfumados cuando ayunemos (Mateo 6:16-18), porque buscamos transformar el hombre viejo -según el pecado- que hay en nosotros, por el hombre nuevo -según la gracia- resucitado en Cristo. Me permito darte este consejo: Intensifica durante este tiempo:

Tu oración
Tu limosna
Tu apostolado
Tu vida espiritual
Tu amor al prójimo
Tu espíritu de sacrificio…

Destierra de tu corazón:

El egoísmo
El pecado
La incomprensión
La comodidad
El ansia de bienes materiales
El ansia de poder…

De esta forma estarás preparándote para el gran día de la Resurrección del Señor y podrás resucitar con Él. Esto debe ser tu cuaresma.

ROBERTO FERNÁNDEZ VALLEDOR

Volver a Reflexiones para la Cuaresma