CUARTA PALABRA

En la primera palabra, Jesús oró, en la segunda prometió y en la tercera nos regaló a María. La primera palabra era por el pueblo ingrato, la segunda por el buen ladrón y la tercera por su Madre Santísima. Ahora es diferente, Jesús está solo ante la presencia de Dios y le habla. Sólo San Mateo y San Marcos recogen esta palabra:

"Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: "¡Eli, Eli! ¿lemá sabactaní?", esto es: "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?" (Mateo 27:46; Marcos 15:34).

Los que estaban a su alrededor no entendieron que Jesús oraba, por eso

"Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron: "A Elías llama éste". Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. Pero los otros le dijeron: "Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarle" (Mateo 27:47-49; Marcos 15:35-36).

Algunas personas se confunden con esta expresión en labios de Jesús, porque ven en ella un signo de desesperación o, a lo mejor, el desfallecimiento de una persona ante la muerte. Sin embargo, Jesús está rezando el Salmo 21, uno de los salmos mesiánicos. Ha dicho en alta voz el primer verso y lo más probable continuara el resto del mismo en silencio.

No cabe duda de que Isaías es el profeta del Mesías con sus "Cantos del Siervo de Yahvéh", especialmente en Isaías 52:13-53:12, pero este salmo es por excelencia el salmo de la pasión. Santo Tomás así lo considera:

"Entre otras cuestiones, este salmo tiene como tema especial la pasión de Cristo; de ahí que éste sea su sentido literal".

Este salmo, que invito a leerlo y meditarlo con mucho detenimiento, es un vivo retrato de lo que le está sucediendo a Jesús. Veamos algunos versículos y su correlación con los sucesos del Calvario:

"[…] todo los que me ven de mí se mofan, tuercen los labios, menean la cabeza […]" (versículo 8).

Compárese con Mateo 27:39.

"Se confió a Yahvéh, ¡pues que él le libre, que le salve, puesto que le ama!" (versículo 9).

Compárese con Mateo 27:43.

"Atan mis manos y mis pies" (versículo 15).

La Vulgata traduce el verbo atan por han taladrado. Compárese con Marcos 15:24).

"Mi paladar está seco lo mismo que una teja y mi lengua pegada a mi garganta" (versículo 16).

Compárese con Juan 19:28).

"[…] repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica" (versículo 19).

Compárese con Mateo 27:35; Juan 19:24).

Este salmo no es un grito de desesperación como ya he indicado, sino un himno de suprema confianza en Dios a pesar de los sufrimientos. En este poema religioso, claramente se aprecian dos partes. La primera (versos 2-22) expone los sufrimientos de un inocente perseguido con saña y maldad a manos de sus verdugos. La segunda (versos 23-32) proclama la fe y confianza en Yahvéh y alaba su nombre. Desde el versículo 27 al final se vislumbra el triunfo del justo por confiar, así como el reconocimiento de Dios ante todas las naciones.

Medita el Padre la Palma:

"El Justo es desamparado en sus penas porque fuesen amparados los pecadores en las suyas. El ser desamparado el Justo fue sumo rigor de la divina justicia y el ser amparados los pecadores fue sumo regalo de la divina misericordia".

Y los versos de Quevedo nos invitan a refugiarnos en el desamparo de Jesús:

"Tú, Señor, Dios y hombre, / dijiste que tu Padre te había desamparado; / y yo, miserable gusano, puedo decir / que nunca me desamparaste, / y que me ampararé con tu desamparo".

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