PREÁMBULO

Es obvio como la luz del día cuánto le costó, hombre,
tu salvación: no desdeñó pasar de Señor a siervo,
de rico a pobre, de Verbo a hombre,
de Hijo de Dios a hijo del hombre.
No olvides nunca que te creó de la nada,
pero no te redimió de la nada.
San Bernardo

Estamos frente al Cristo clavado en la cruz y quisiera que meditáramos la significación de este hecho. Nos hemos acostumbrado a ver a los Cristos crucificados presidiendo el altar mayor de nuestras iglesias y quizás hemos perdido el sentido de lo que esto significa. Es todo un Dios, es nuestro Redentor quien padece allí por cada uno de nosotros. Todo un Dios que se inmola por la humanidad entera. Como señala San Pedro: El que no cometió pecado, "cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado vivamos para la justicia, porque sus heridas nos han curado" (1 Pedro 2:21-24).

Quiero insistir en que estamos ante el Cristo clavado en la cruz, porque como bien expone monseñor Fulton J. Sheen, los cristianos hemos disociado al Cristo de la cruz. Nos hemos quedado con el Cristo e ignoramos la cruz. Hemos dejado la cruz para otras religiones no cristianas e ideologías y tenemos a un Cristo que sólo nos sirve de adorno a nuestras comodidades. La sociedad hedonista en que vivimos ha inficionado de tal manera la mentalidad de los cristianos que hoy se vive un cristianismo cómodo. De hecho, no faltan predicadores que sólo se fijan en el Cristo triunfante y predican un cristianismo triunfalista de éxitos económicos y reniegan de la cruz, escudándose en la resurrección. Todo esto ha desvirtuado la filosofía de la cruz que nos enseñó Jesús, tanto con sus palabras como con su vida, particularmente con su pasión y muerte.

La tentación tantas veces consentida de los cristianos de entusiasmarse con un Jesús resucitado triunfante y glorioso, olvidando su muerte y el abandono de la cruz, nos ha llevado a vivir un cristianismo fácil y hedonista, muy a tono con el momento actual. La salvación cristiana es verdad que se confirmó por la resurrección, pero ésta sólo se realiza con la muerte. Ya lo decía un tratadista espiritual: "No habría Domingo de Resurrección si no hubiera habido un Viernes Santo". Esa redención empieza en Cristo, pero continúa diariamente en cada uno de nosotros, muriendo a nuestras pasiones, a nuestras comodidades, en fin al pecado. Mientras cada uno de nosotros no acepte su responsabilidad de seguir los pasos de Jesús, el cristianismo no pasará de ser una mera corriente religiosa o de espiritualidad más en la historia de la humanidad.

Me parece que Jesús ha sido bien claro en la exposición de su pensamiento que se debe traducir en la vivencia del mismo. Él nos dijo: "El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí" (Mateo 10:38). Y puso condiciones para ser sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mateo 16:24). Toda la vida de Jesús fue obedecer los designios del Padre, según lo dice San Pablo: "Él se despojó de sí mismo tomando comisión de siervo […] y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz" (Filipenses 2:7-8). Jesús nos reconcilió con Dios, "por medio de la cruz" (Efesios 2:16), porque a través de ella nos viene la salvación. Por esta razón exclamaba San Pablo: "En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo" (Gálatas 6:14).

Esta actitud de disociar al Cristo de la cruz lo vivió la primitiva Iglesia. En la comunidad de Corinto, algunos pretendían seguir el mensaje evangélico con sus comodidades y San Pablo tuvo que luchar contra ello: "Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo. Pues la predicación de la cruz es una necedad para los que se pierden, mas para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios" (1Corintios 1:17-18). También en la comunidad de Filipos, muchos renegaban de la cruz y el Apóstol se encarga de rectificar su actitud: "Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo" (Filipenses 3:18). Los Padres de la Iglesia insistieron reiteradamente que el cristianismo es una milicia, o sea de sacrificio y renuncia personal.

Por esta razón, quisiera que este Viernes Santo nos despojáramos de esa mentalidad del "hombre viejo" para meditar lo que significa vivir las enseñanzas de Jesús. En este Viernes Santo no hacemos otra cosa que revisar nuestras actitudes y valores cristianos a la sombra de la cruz, porque cuando miramos la cruz con sinceridad, este signo cristiano cuestiona tremendamente nuestras vidas. En el monte Sinaí, Dios promulgó la ley en medio de rayos y truenos. En el monte, Jesús proclamó la nueva ley de las bienaventuranzas. Ahora, en el monte Calvario, desde la cruz resume la ley, proclamándola con sus actos y sus palabras. Es el testamento de nuestro Maestro que recalca sus enseñanzas fundamentales. Son las pruebas del amor de nuestro Redentor que confirma la obra de amor que trajo al mundo. Meditemos estas siete palabras con profunda veneración y hagámoslas realidad en nuestras vidas porque él las pronunció por cada uno de nosotros, para que nos den la vida eterna.

Estamos ante el Cristo, crucificado entre dos ladrones. Frente a ellos, una multitud de curiosos a la que sólo le interesa divertirse. Según los evangelistas sabemos muy bien quiénes la integraban y cómo estaban ubicados. Los soldados romanos y el centurión rodeando las cruces para que la gente no interfiera en la ejecución. En primera fila estaban los escribas y fariseos disfrutando su triunfo, detrás de ellos el populacho, principalmente los curiosos que disfrutaban estos espectáculos y a lo lejos los creyentes, entre quienes estaban San Juan, la Virgen y otras piadosas mujeres. Es muy importante que tú te ubiques en uno de estos grupos, pero hazlo sinceramente sin subterfugio alguno. Antes de seguir, mira el interior de tu alma y colócate donde tú sabes que realmente estás: ¿entre los curiosos?, ¿entre los que odiaban a Jesús?, ¿entre los indiferentes?, ¿entre los que le tenían lástima?, ¿entre los que creían en Jesús?...


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