PRIMERA PALABRA

Jesús no ha pronunciado hasta ahora ninguna palabra. Cuando lo iban a clavar en la cruz le dieron a beber "vino mezclado con hiel" (Mateo 27:34a) o "vino con mirra" (Marcos 15:23), brebaje embriagante que unas piadosas mujeres le ofrecieron, para narcotizarlo y no sentir tanto los dolores. Recordemos que a él le seguía por el trayecto de la cruz "gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y lamentaban por él" (Lucas 23:27). Ante este gesto de conmiseración, Jesús "después de probarlo no lo quiso beber" (Mateo 27:34b), porque quería estar consciente todo el tiempo. Agradeció el gesto, pero no habló nada. San Lucas es el único evangelista que recoge esta primera palabra:

"Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34).

Sus enseñanzas sobre el perdón habían sido muy claras e insistentes:

"No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados" (Lucas 6:37).

E instó en forma tajante:

"Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mateo 6:14-15).

Aún más:

"Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas" (Marcos 11:25).

Y no hay excusa alguna, porque:

"Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo que reprocharte, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presentas tu ofrenda" (Mateo 5:23-24).

También en la oración por excelencia, el padrenuestro, nos enseña que debemos pedir perdón por nuestros pecados según la medida en que perdonamos:

"perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores" (Mateo 6:12).

Esto quedó tan claro en la mente de los discípulos que en cierta ocasión se pusieron a discutir hasta cuándo se debía perdonar. Pedro se le acerca y le pregunta:

"Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces? Le responde Jesús:"No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mateo 18:21-22).

Quedaron tan sorprendidos e incrédulos ante la respuesta de Jesús que a continuación les propuso la parábola del siervo sin entrañas. Aquél que no le perdonó al compañero una cantidad ínfima comparada a la que le acababan de perdonar a él y lo metió en la cárcel. El amo, furioso, lo entregó a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.

"Esto mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si no perdonáis de corazón cada uno a vuestro hermano" (Mateo 18: 23-35).

Ahora, en el Gólgota, de nuevo pone Jesús en práctica esta enseñanza y su primera palabra es de perdón, perdón para quienes le hacen sufrir. Pero quienes le hacen sufrir no son sólo aquéllos que le escarnecen y crucifican allí, sino todos los que decimos que le amamos y pecamos, porque él muere por el pecado de cada uno de nosotros. El célebre escritor francés George Bernanos escribió:

"Como doctor excelente, [Jesús] hace lo que él mismo ha enseñado. Ora no solamente por los que le han calumniado, sino también por los que le dan muerte. He aquí una palabra que conviene grabar en el fondo de nuestro corazón, una palabra que hay que oponer a todos los ataques y a todas las tentaciones de cólera".

Si por algo se caracteriza Jesús es por su misericordia y por su amor por los pecadores. Ahora nos está diciendo a nosotros que nos perdona y que está en la cruz con los brazos abiertos para recibirnos en su regazo, como el padre amoroso de la parábola que recibió y perdonó al hijo pródigo (Lucas 15:11-32), o el pastor que busca a la oveja perdida (Lucas 15:4-7). Porque él es el Buen Pastor que ama, cuida y da su vida por las ovejas (Juan 10:1-13).


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