QUINTA PALABRA

"Sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la escritura dice: "Tengo sed." Había allí una vasija de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca" (Juan 19:28-29).

San Juan es el único evangelista que recoge esta palabra, la cual expresa una realidad, Jesús estaba sediento. Éste era posiblemente uno de los mayores tormentos de los condenados a morir crucificados. Los dolores físicos y la pérdida de sangre producen en la boca una sensación de sequedad, a tal punto que algunos señalan que la sed aceleraba la muerte de los ajusticiados. Ya el salmista había profetizado el tormento que ahora experimenta Jesús:

"Mi paladar está seco lo mismo que una teja y mi lengua pegada a mi garganta" (Salmo 21:16).

Y en otro:

"[…] en mi sed me han abrevado con vinagre" (Salmo 69:22).

El que los soldados le ofrecieran vinagre -que algunos explican que era el vino barato, avinagrado, del que ellos tomaban- no fue un gesto de conmiseración, sino que lo hicieron para divertirse, según se desprende de las palabras de San Lucas. Este evangelista advierte que cuando Jesús estaba en la cruz:

"También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre" (Lucas 23:36).

No cabe la menor duda de que Jesús tendría una sed atroz. Los azotes y la coronación de espinas le habrían hecho perder mucha sangre. Y ahora clavado en la cruz se desangraba. El cuerpo, por consiguiente, necesitaba reponer con agua la sangre perdida.

El que había dicho:

"Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que crea en mí, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva" (Juan 7:37-38).

Ahora tiene sed, y yo contemplándolo en la cruz, vivo de espaldas a Dios.

El que le había dicho a la Samaritana:

"Todo el que beba de esta agua, volverá tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna" (Juan 4:13-14).

Ahora tiene sed, y yo contemplándolo en la cruz, añoro una felicidad ficticia creyendo que con vivir en pecado disfrutaré mi existencia.

El que había dicho:

"Y todo aquél que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa" (Mateo 10:42).

Ahora tiene sed, y yo contemplándolo en la cruz, vivo indiferente a las necesidades de mi prójimo.

El que había dicho:

"Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia" (Mateo 5:6).

Ahora tiene sed, y yo contemplándolo en la cruz, disfruto un cristianismo cómodo sin preocuparme por profundizar mi fe ni manifestarla a los demás.

El que había dicho que el Padre recibiría en su reino a los que dieran de beber a quienes tuvieran sed y que les negaría la entrada al reino a otros porque les negaron el agua a los sedientos (Mateo 25: 35,42). Ahora tiene sed, y yo contemplándolo en la cruz, no quiero transformar mi corazón endurecido, convirtiéndome a Dios.

Al decir el evangelista que Jesús expresa su sed para cumplir así las profecías, nos percatamos que existe otra intención tras ello. Era la expresión de la sed de almas que desde su encarnación animaba a Jesús. Él se hizo uno como nosotros, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, precisamente para rescatarnos del pecado. Él tomó sobre sus hombros nuestros pecados para pagar por ellos, para que el Padre nos perdonara.

El pueblo de Israel en el desierto tuvo sed y murmuró contra Moisés y Yahvéh le dio agua, aunque habían tentado al Señor (Éxodo 17:3-7), porque él cuida a sus elegidos:

"Los humildes y los pobres buscan agua, pero no hay nada. La lengua se les secó de sed. Yo, Yahvéh, les respondí, Yo, Dios de Israel, no los desampararé" (Isaías 41:17).

El rico epulón le pidió al padre Abraham que el pobre Lázaro mojara "en agua la punta de su dedo" para refrescar su lengua porque estaba atormentado por las llamas (Lucas 16:24), pero no se lo concedió porque en la vida había ignorado el amor al prójimo.

El Maestro le había dicho a Nicodemo la necesidad de renacer por medio del agua para alcanzar el Reino de los Cielos (Juan 3:5). Jesús, ahora, nos está impeliendo a cada uno de nosotros a que muramos al hombre viejo (Efesios 4:22) y renazcamos al hombre nuevo restaurado en Cristo (Romanos 6:6), buscando nuestra perfección hasta que podamos decir con San Pablo, no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gálatas 2:20). Que nuestra preocupación en la vida sea la constante búsqueda de los caminos del Señor, según la expresión del salmista:

"Tiene mi alma sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo podré ir a ver la faz de Dios?" (Salmo 42:3).
"Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma, en pos de ti languidece mi carne, cual tierra seca, agotada, sin agua" (Salmo 63:2).

La sociedad actual padece mucha sed; tiene una sed que nunca acaba de saciarse porque bebe, entre otras fuentes, del egoísmo, de la violencia, del poder, de la corrupción, del engaño, del sexo, de la comodidad y de la indiferencia. Y estas fuentes no sacian la sed, porque cada vez se quiere más. San Bernardo explica esto muy bien:

"Poseas lo que poseas, codiciarás lo que no tienes, y siempre estarás inquieto por lo que te falta. De ese modo el espíritu se extravía y vuela inútilmente tras los engañosos halagos del mundo".

Hace falta transformar todo esto según expresaba el profeta:

Jesús murió por nuestros pecados, se echó en sus hombros los pecados y las debilidades de cada uno de nosotros, como explica San Pablo:

"En efecto, cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir, mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Romanos 5:5-8).

Por eso la Iglesia ha interpretado esta palabra como el anhelo de nuestro Redentor por la salvación de las almas, con esta sed quiere invitarnos a servirle y amarle.


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