SÉPTIMA PALABRA

"El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" y, dicho esto, expiró" (Lucas 23:45-46).

Son las últimas palabras del Maestro desde la cruz. Está citando el salmo:

"Sácame de la red que me han tendido, que tú eres mi refugio; en tus manos mi espíritu encomiendo tú me rescatas, oh Yahvéh" (Salmo 30:5-6).

Los exégetas explican que este salmo es la oración de un justo a la hora de una gran prueba. El justo se confía a Dios porque sabe que él lo protegerá contra las adversidades. Él se siente atribulado, pero su confianza es inquebrantable y sabe que su oración será escuchada. "Podemos leer todo el salmo como una oración del doliente Redentor".

Los teólogos interpretan la palabra pongo, encomiendo, según sea la traducción, como remito, vuelvo:

"El Verbo, que había recibido el mandato de cumplir en la humanidad, que había asumido la redención del género humano, ahora, que la obra está perfectamente cumplida, se dirige al Padre y le entrega en sus manos aquella misma humanidad que de Él había recibido".

En otras palabras, Jesús estaba confirmando el mandato recibido, ya la obra de la redención había quedado consumada.

Creo que nosotros debemos considerar las intenciones que animan nuestra vida, porque me parece que la inmensa mayoría de las veces no buscamos de Dios, sino que nos buscamos a nosotros mismos. El sabio nos aconseja:

"Encomienda tus obras a Yahvéh y tus proyectos se llevarán a cabo" (Proverbios 16:3).

Y el profeta se dirige a Dios con esta súplica:

"¡Oh Yahvéh Sebaot, juez de lo justo, que escrutas los riñones y el corazón!, vea yo tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa" (Jeremías 20:12).

Por eso San Pedro nos recomienda:

"De modo que, aun los que sufren la voluntad de Dios, confían sus almas al Creador fiel, haciendo el bien" (1Pedro 4:19).

Me parece que esta séptima palabra de Cristo nos invita a meditar sobre nuestra propia muerte y sobre el inmenso amor de nuestro Señor. En realidad a los seres humanos no nos gusta hablar de la muerte, parece que ello incomoda nuestra mentalidad y como bien explican los santos, la muerte es la única realidad verdadera en nuestras vidas. Monseñor Fulton J. Sheen indica:

"El hombre cree que es la muerte lo que decide su suerte futura; pues bien, es su vida la que la decide. Algunas de las elecciones que hizo, las oportunidades que tuvo en su mano, las gracias que aceptó o que rechazó, he aquí todo lo que decide su futuro".

Como dice el dicho popular según se vive, así se muere. Y el propósito de nuestro vivir es alcanzar la vida eterna. Esta es la gran sabiduría del vivir, porque de nada vale ganar el mundo si al final perdemos nuestra alma (Mateo 16:26). Y ante el Jesús agonizante en la cruz no tenemos más remedio que pensar en nuestra muerte, porque quien debería estar allí, clavado en esa cruz, no era él, sino cada uno de nosotros que lo merecíamos por nuestros pecados.

Mirando a este Jesús crucificado apreciamos la inmensidad de su amor, pues

"habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Juan 13:1).

Y ante el amor de nuestro Dios que nos amó tanto, al punto

"que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Juan 3:16-17).

Ante la inmensidad del amor de Dios y ante la inmensidad de nuestras culpas, sólo queda el arrepentimiento, la gratitud y la vuelta a Dios, convirtiendo nuestro endurecido corazón como le señala Yahvéh al profeta:

"quitaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica, y así sean mi pueblo y yo sea su Dios" (Ezequiel 11:19-20).

No olvidemos las palabras de Jesús que dan aliento al pecador, sus pecados les son perdonados porque ha amado mucho (Lucas 7:47). Siempre tengamos en cuenta lo que San Pablo nos recuerda:

"¡Habéis sido comprados a gran precio; glorificad, pues, a Dios y llevadle siempre en vosotros mismos!" (1Corintios 6:20).

Termino con unas palabras de San Bernardo, quien después de insistir que debemos amar a Dios por Dios mismo, le agradece el inmenso amor que le ha tenido al género humano con la redención:

"Pero hay algo que me conmueve más, me premia más y me inflama todavía más: lo que hace más amable para mí es, oh buen Jesús, el cáliz que bebiste, la obra de nuestra redención. Ella reclama sin duda, espontáneamente, todo nuestro amor. Cautiva toda la dulzura de nuestro corazón, le exige con la justicia más estricta, le compromete con mayor rigor y le afecta con mayor vehemencia. Porque le exigió muchos sufrimientos al Salvador. No le costó tanto la creación del universo entero: él lo dijo y existió; él lo mandó y surgió. Pero ahora tendrá que soportar a cuantos se oponen a su doctrina, a los que espían sus obras, a los que le insultan entre tormentos y lo vituperan por su muerte. Mira cómo amó".

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