TERCERA PALABRA

Los sinópticos señalan que a la hora sexta el sol se ocultó -esto no podía ser un eclipse solar porque era plenilunio- y una oscuridad "cayó sobre toda la tierra" (Mateo 27:43; Marcos 15:33; Lucas 23:44). Este acontecimiento atemorizó sobremanera a los sacerdotes y al populacho que disfrutaba estos espectáculos, al punto que comenzaron a retirarse. Estas tinieblas debió haberles recordado las tinieblas asociadas al día del juicio de Dios anunciado por los profetas (Joel 2:10; Amós 8:9; Isaías 13:10; Jeremías 15:9). Además, como el condenado principal no gritaba, ni blasfemaba, ni maldecía, ni se lamentaba como era lo usual, el espectáculo ya no divertía al populacho. Era tan horrendo ver agonizar a un crucificado que Cicerón en sus acusaciones contra Cayo Virres lo calificó "crudelissimum taeterrimunque supplicium" (el suplicio más cruel y abominable).

El temor hizo que la gente se retirara, cesaron, pues, las blasfemias y callaron las injurias, entonces los amigos de Jesús, que estaban lejos, pudieron acercarse más a la cruz. San Juan, quien fue el único entre los apóstoles y evangelistas que estuvo en el Calvario, es quien nos narra lo sucedido:

"Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Cleopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: "Mujer, ahí tienes a tu hijo." Luego dice al discípulo: "Ahí tienes a tu madre." Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Juan 19:25-27).

Escribe el gran Orígenes:

"María no podía tener otro hijo que Jesús; al decirle Jesús: He ahí tu hijo, no le dijo: He ahí otro de tu hijos, sino He ahí tu hijo, el que has engendrado; porque quien es verdaderamente cristiano, no vive su propia vida, sino que Jesús vive en él".

Con esta entrega, Jesús constituye a María en madre de todos los hombres en el orden sobrenatural, tal como lo consideraron los Santos Padres de la Iglesia: que San Juan en aquella ocasión representaba al género humano.

En el llamado protoevangelio, tan temprano como en el paraíso, Dios anuncia la maternidad divina de María cuando le dice a la serpiente:

"Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar" (Génesis 3:15).

Y María se somete a los designios de Dios cuando acepta ser la madre del Redentor:

"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1:38).

Desde el mismo instante que nace Jesús, comienza el sufrimiento de María, tal como se lo profetiza Simeón:

"¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!" (Lucas 2:35).

Desde los primeros siglos, la Iglesia ha interpretado que esa espada era de siete filos aludiendo con ello a los siete dolores de María: 1. Ver nacer a su hijo en un pesebre, 2. Oír decir a Simeón que muchos despreciarían a Jesús, 3. La huida a Egipto, 4. La pérdida de Jesús a los doce años, 5. Oír de Pilatos la sentencia de muerte a Jesús y encontrarse con él en la calle de la Amargura, 6. Ver a Jesús morir en la cruz, 7. Asistir a su sepultura.

El recuerdo de estos siete dolores de la Santísima Virgen nació de la piedad cristiana que asocia a la Madre con la Pasión de su Hijo. Desde la Edad Media los fieles recordaban con veneración los padecimientos de María por su Hijo. A principios del siglo XIV se escribió una piadosa y conmovedora secuencia, Stabat Mater, que nos retrata el sufrimiento de la madre por su hijo. Transcribo sólo algunas estrofas traducidas por el gran poeta español Lope de Vega:

"La madre piadosa estaba / junto a la cruz y lloraba / mientras el Hijo pendía".
"Cuya alma triste y llorosa, / traspasada y dolorosa, / fiero cuchillo tenía".
"Oh, cuán triste y afligida / se vio la Madre escogida, / de tantos tormentos llena".
"Cuando triste contemplaba / y dolorosa miraba / del Hijo amado la pena".
"Y ¿cuál hombre no llorara / si a la madre contemplara / de Cristo en tanto dolor?"
"Y ¿quién no se entristeciera, / piadosa Madre, si os viera / sujeta a tanto rigor?"

En la liturgia de los dolores de María le decimos:

"Allí estabas, Madre, contemplando el suplicio, transida de dolor, pero el corazón inquebrantable, mientras el Hijo gemía a gritos, suspendido en la cruz mortal. Suspendido ante tus ojos tu Hijo, magullado con golpes atroces, surcado su cuerpo de heridas, ¡con cuántos punzantes dardos te traspasó el corazón".

San Alfonso escribió:

"Los santos dicen que en dos ocasiones llegó a ser María nuestra madre espiritual: la primera cuando 6concibió en su vientre a nuestro Salvador el día del anuncio del Ángel, y la segunda cuando en el Calvario ofreció al Eterno Padre a Nuestro Redentor, por nuestra salvación".

A su vez, San Agustín afirma que María,

"habiendo cooperado con su amor a que los fieles naciéramos a la gracia, llegó así a ser Madre Espiritual de todos nosotros, que somos hermanos de su Hijo Jesucristo".

A ella se le aplican las palabras del profeta:

"Vosotros, todos los que pasáis por el camino mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que se me aflige" (Lamentaciones 1:12).

El contemplar a María de pie junto a la cruz, viendo los sufrimientos y muerte de su hijo, ha hecho que la piedad cristiana la considere mártir, por eso en las letanías la llamamos "Reina de los mártires." Y la liturgia recoge estas consideraciones sobre María:

"Dolores y lágrimas te abruman, oh Virgen María, erguida al pie de la cruz del Señor Jesús, tu Hijo Redentor. Virgen Madre de Dios, aquél a quien el mundo entero no puede contener, el autor de la vida, hecho hombre, sufre este suplicio de la cruz".
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