SIGNOS DE VIDA

Después de haber celebrado la Semana Mayor donde rememoramos el Misterio Pascual: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor; debemos dar gracias porque para muchos esos días fueron de acercamiento a Dios.

Sin embargo, llevando en consideración el tiempo de tanta confusión que vivimos, mientras muchos se acercaban con fe a Dios, mediante las celebraciones litúrgicas, otros, lo hacían de manera curiosa, como para tomarle el pulso a la Iglesia. Como para saber si todavía tenía signos de vida. Entonces, descubrieron gozosos a Jesus, su fundador vivo y actuante en ella.

COMENTARIO AL EVANGELIO

El Evangelio de este Domingo de la Misericordia, nos trae un testimonio excelente. La experiencia del apóstol Tomás (el incrédulo), puede ayudarnos a encontrar los signos de vida que muchos necesitamos. Dice el texto, que el Señor resucitado se apareció a los discípulos que estaban escondidos por miedo a los judíos. Y les dijo: "La paz esté con ustedes"; también, les mostró las manos y el costado atravesados. Al apóstol Tomás que no estaba con ellos le resultaba difícil creer en la el testimonio de la resurrección que le dieron, por eso exigió diciendo: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo"... Tomas, como otros ciegos que sufrieron la decepción del Viernes Santo, sintió que las esperanzas se les iban al suelo cuando vio al Señor muerto y sepultado. Sin embargo, el mostrársele resucitado, permitió que su fe y esperanza regresara.

En las heridas de los clavos pudo reconocer las manos que había visto haciendo el bien a los ciegos y a los paralíticos. Las manos que pusieron de pie a muchos pecadores. En las heridas de los pies, también recordó y reconoció al que había caminado en la pobreza y el dolor para acercarse a los otros. Después, al colocar su mano en el costado del Maestro, comprendió que era un corazón humano, abierto para todos. Un corazón vivo y capaz de amar de verdad. Por eso, exclamo entusiasmado: "¡Señor mío y Dios mío!". Lo que a menudo repetimos, justamente, al final de la consagración eucarística.

TOMÁS EN NUESTRA HISTORIA

Hermanos, esta es la historia de nuestro tiempo, la de muchos hombres y mujeres que buscamos en nuestra Iglesia, signos de vida que nos reafirmen en la fe; pero nos cuesta creer en las palabras y el testimonio de otros. Tal vez, porque en el mundo se han pronunciado muchas palabras y promesas que al terminar en mentiras, nos defraudan. No creemos en los políticos, ni en los comerciantes, ni en la prensa. La experiencia nos enseña a desconfiar de todos y de casi todo. A menudo se firman compromisos de paz, que ni los mismos firmantes aceptan.

DEBEMOS SER SIGNOS DE VIDA Y ESPERANZA

Todavía, gran parte del mundo mira con esperanza a la Iglesia, aunque se ataque y se descubran defectos en los fieles y ministros, que denuncian y alientan con voz profética. A todos nos emociona el espectáculo de un niño que amenazado por el peligro, se toma de la mano del padre o de la madre. Para el niño, esa mano grande y fuerte es protección, es vida. La Iglesia somos todos los bautizados, cada uno de nosotros. Los de afuera vuelven sus ojos a nuestras manos y según lo que en ellas encuentren, les motiva a aceptar o rechazar a Jesús, Nuestro Señor. Ellos, quieren ver lo que tenemos en el corazón. Con los hijos quieren ver en sus padres al Dios que tratan de enseñarles. Por eso, cada cristiano debe ser signo de Dios en Jesús resucitado. Un signo de vida y esperanza en cada situación que lo toque vivir.

IMPORTANTES PARA LOS DEMÁS

Cuando una mujer trae al mundo un hijo, se siente feliz porque ha dado vida. El ser vida para alguien nos hace felices, importantes y dichosos. Tenemos que comunicarla en la familia, en el trabajo, en el estudio. Cuando los padres de familia sacrifican gustosos tiempo y dinero para dar seguridad a sus hijos, están dándoles vida. Y así, todos tienen algo que compartir con los demás. Todos valemos y somos algo. Todos, de alguna forma, somos importantes para la vida de los demás.

Hoy, Segundo Domingo de Pascua y de la Misericordia, nos reunimos en la Iglesia para celebrar la presencia del Señor resucitado. Algunos como o el apóstol Tomas, llenos angustias y dudas; pero también con esperanza. Nadie debe sentirse perdedor o derrotado. Pidamos al Señor de la Misericordia, que nos permita ser signos de fe y vida como nuestros santos pontífices: Juan Pablo II y Juan XXIII, para todos los que sientan derrotados. Así sea.-

Padre Raúl Ricardo Ramírez

Si desean comunicarse con el Padre Raúl Ricardo Ramírez, pueden hacerlo a la siguiente dirección e.mail: padreraulr@hotmail.com

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