Martes Santo

Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior y declaró: “En verdad, en verdad les digo que uno de ustedes me entregará”. Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba. Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús. Simón Pedro le hace una seña y le dice: “Pregúntale de quién está hablando”. El, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?” Le responde Jesús: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar”. Y, mojando el bocado, le toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: “Compra lo que nos hace falta para la fiesta”, o que diera algo a los pobres. En cuanto tomó Judas el bocado, salió. Era de noche. Cuando salió, dice Jesús: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios también le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”. “Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con ustedes. Ustedes me buscarán y, lo mismo que les dije a los judíos, que adonde yo voy, ustedes no pueden venir, les digo también ahora a ustedes" (Juan 13,21-33).

Están ya reunidos, Jesús y sus apóstoles, en lo que fue la Última Cena. El Divino Maestro les acaba de lavar los pies y se dispone a abrir su corazón a aquellos doce hombres, que lo han acompañado en los aproximadamente tres años que duró su labor apostólica.

Pero tiene primero que comunicarles algo que turba su corazón. Uno de ellos es un traidor. Todos, menos el interesado, se quedan sorprendidos y asustados. Por otros evangelistas sabemos que comenzaron a preguntar al Maestro cuál de ellos era.

Juan, que es el único que se identifica en su evangelio como el “discípulo al que Jesús amaba”, quizás porque siendo el más joven, Jesús mostraba una preferencia por él, como lo demostraría más tarde al entregarle a su madre, estando recostado a su lado, se acercó para preguntarle, a indicación de Pedro, y Jesús le da una señal: Aquel a quien le va a dar un bocado que iba a mojar. El que lo recibió fue Judas, el Iscariote.

Ya éste tenía todo arreglado con las autoridades para entregarles a Jesús. Todo debía ser hecho con sigilo, para evitar que los seguidores del Maestro tratasen de impedirlo. Y Judas, quizás herido en su interior al comprobar que Jesús no era la clase de Mesías que él esperaba, se dejó guiar por Satanás.

Jesús, a pesar de todo, no quiso humillarlo delante de sus compañeros, y con aquella frase “lo que haz de hacer hazlo pronto”, parecía enviarlo a cumplir alguna tarea propia de quien estaba al cargo de la bolsa de la comunidad.

“Era de noche”, precisa Juan. Y efectivamente el alma de Judas se envolvió en tinieblas.

Sus pasos siguientes iban a convertirlo en uno de los seres más despreciados de la historia. Quien pudo ser uno de los pilares de la Iglesia que Jesús iniciaba, se convirtió en el primero, de los muchos que luego le seguirían, en crearle problemas que dificultarían su misión de salvación en el mundo.

Una cosa fue la cobardía de Pedro al negar a Jesús, lo mismo que la de los otros que, con excepción de Juan, lo abandonaron en la hora suprema, y otra la acción insidiosa del que convirtió su amor en odio, decidiendo la destrucción del otrora amado.

Al final Judas pareció despreciar la oportunidad que Jesús le ofreció en Getsemaní. Sólo Dios pudo juzgarlo. ¿Se condenó? Nada sabemos.


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