TEMAS PARA HOY

UNA CUBANA VALIENTE

ARNALDO BAZÁN

La pasividad demostrada por la mayoría de los cubanos en los últimos cincuenta años, puede recordarnos aquel estribillo de una famosa tonada que decía: “Se acabaron los guapos en Yateras”.

Lamentablemente no sólo en Yateras, sino en toda Cuba, los guapos parecen ser una especie extinguida.

Mientras veíamos en muchos países que la gente se pronunciaba, hacía huelgas, trataba de hacer valer sus derechos, en Cuba casi todo el mundo parecía silenciado por el terror impuesto por los Castro y sus esbirros.

Pase lo que pase, pocos son los que se atreven a alzar la voz, tanto que cuando salen al exilio, muchos cubanos conservan el miedo a hablar libremente durante un tiempo.

No es que yo quiera juzgar a mis compatriotas desde un lugar donde gozo de toda la libertad para decir lo que quiero. Sé que ellos han sido víctimas de una de las tiranías más largas que han existido en el mundo, a pesar de que la mayoría de los cubanos habíamos puesto nuestras esperanzas en aquellos que las han ido matando una por una.

Lo que ha ocurrido en Cuba es realmente siniestro. Los Castro y sus secuaces aprendieron demasiado bien las lecciones que les dieron sus maestros comunistas de la Unión Soviética. Mientras a éstos no les quedó más remedio que dar paso a nuevas repúblicas donde se puede gozar de libertad, en Cuba todo ha sido para peor.

Incluso las esperanzas de que las cosas cambiarían con la muerte del primer tirano se derrumbaron, ya que éste parece haber hecho un pacto con el diablo y no se vislumbra un futuro cercano de que eso ocurra.

Ademés, su hermanito, aunque no es una copia al carbón, sigue los pasos trazados por el mayor, obligando a los cubanos a seguir sufriendo toda clase de carestías, agravadas ahora por la puesta en marcha de un programa que dejará sin trabajo a cientos de miles.

En medio de toda ese silencio convocado por el miedo, desde hace algún tiempo se han ido dejando oír algunas voces que se atreven a protestar, con el riesgo siempre de parar en las temibles cárceles de la tiranía.

Lo lamentable es que, dado el casi aboluto dominio de todos los medios de comunicación, al que los cubanos sólo pueden acceder arriesgándose también a perder el poco de libertad de que se goza en una Cuba que es, en sí misma, una gran cárcel, casi ninguno de sus compatriotas se puede enterar de sus voces de protesta.

De entre éstas se ha ido acrecentando la figura de una mujer, joven y con aspecto débil, que cual una nueva Judit, se ha enfrentado a la tiranía, a pesar de que sufre constantemente los asedios de los esbirros, que han logrado incluso vejarla y golpearla sin ningún miramiento.

YOANIS SÁNCHEZ es su nombre. Apenas unos pocos amigos la conocen en Cuba, pero ya es famosa en el mundo entero, habiendo recibido distintos reconocimientos y premios de prestigiosas instituciones.

Déjenme recordar a los que no recuerden a Judit, cuyo nombre es también título de uno de los libros de la Biblia, que se trata de una mujer también debil, pero con el arrojo que pocos hombres tenían en su tiempo, y que guió al pueblo de Israel a librarse en aquel momento de sus enemigos. Arriesgó su vida pero salvó a su pueblo.

Así lo ha estado haciendo esta valiente mujer, Yoanis, desde hace tiempo. Y aunque casi nadie lea en Cuba lo que ella escribe, sí que lo saben los esbirros, que no dudarán en matarla si algo grande ocurriera que los pusiera en peligro.

Junto a otros nombres prestigiosos de hombres y mujeres que hoy arriesgan la vida, Yoanis se ha convertido en un símbolo en el mundo de la lucha por la libertad del pueblo cubano.

Quiera el Señor que, a punto de celebrarse los cuatrocientos años del hallazgo de la imagen bendita de nuestra Patrona, Santa María de la Caridad, el pueblo cubano logre la libertad que lleva ansiando por tanto tiempo.

Para aquellos que no han logrado leer el último articulo de Yoanis, lo agrego a continuación:

Tan lejos de El Cairo

YOANIS SÁNCHEZ

EL PAÍS - Opinión - 05-02-2011

La escena duró apenas unos segundos en pantalla, un destello breve que nos cinceló en la retina la imagen de miles de personas protestando en las calles de El Cairo. La situación era descrita por la engolada voz de un locutor cubano, quien sostenía que la crisis del capitalismo había hecho estallar la inconformidad en Egipto y que las diferencias sociales hundían al Gobierno.

Apenas mencionó que un ciclo de casi 30 años se estaba desmoronando en solo una semana, justo allá, en un país donde la historia se mide con números de cuatro cifras, se acuña en trozos del tamaño de milenios. La alusión entre nosotros a la prolongada estancia en el poder de Hosni Mubarak fue -como advierte el refranero popular- mencionar "la soga en casa del ahorcado", insinuar que en nuestro propio patio un autoritarismo de cinco décadas también ha excedido su fecha de caducidad.

Tal vez para evitarnos esa comparación, los medios estatales se mostraron cautelosos con las noticias que llegaban desde el norte de África. Nos administran a cucharadas la narración de los sucesos, sin hacer hincapié en todos los motivos que empujan a un pueblo a poner límite al mandato personalista de un octogenario. A pesar del sigilo periodístico, otros fragmentos de lo ocurrido llegaron hasta nosotros a través de las redes alternativas de información, de las perseguidas antenas parabólicas y la escurridiza Internet. La prudencia oficial no pudo evitar que nos sobrecogiéramos con la vista aérea de la plaza de Tahrir que vibraba al ritmo de la espontaneidad, cuando por estos lares hace muchos años que esa franqueza no se percibe en la sobria y gris plaza de la Revolución.

Era inevitable que, al observar la muchedumbre manifestándose con pancartas, termináramos haciéndonos la pregunta que aquel locutor de corbata a rayas quería alejar de nuestras mentes. ¿Por qué en Cuba no ocurre algo así? Si nuestro Gobierno es de más vieja data y el colapso económico se ha convertido en elemento inseparable de nuestros días, ¿qué evita que emprendamos el camino de la protesta cívica, de la presión pacífica en las calles?

Egipto ha venido a sacudirnos en nuestra mansedumbre y el arrojo de otros nos ha enfrentado con nuestra apatía, en esta nación donde el tiempo se mide en efemérides "revolucionarias", se acuña en los folios amarillos de la burocracia. La teoría de pueblos valientes y pueblos cobardes es, en el menor de los casos, simplista.

No hay una genética de la rebeldía como tampoco se puede predecir en qué momento la inconformidad alcanza su punto de ebullición. Esta isla larga y estrecha ha nutrido desde 1959 las especulaciones, las barajas de copa y espada, los tableros de Ifá y hasta los cuartetos rimados, de analistas, cartománticos, babalaos y profetas. Ante estos augurios de un futuro que no acaba de llegar, millones de cubanos han resumido su actitud cívica en un vocablo moroso: esperar. Acarician el espejismo de la solución rápida, de acostarse un día en un Estado sin derechos y levantarse al otro en una Cuba democrática.

Cuando el tiempo de aguardar se prolonga más allá de lo previsto, muchos deciden conjugar el verbo emigrar u optan por las breves y lacónicas sílabas de "callar". Pero lanzarse a las plazas no, pues ese asfalto retinto de las avenidas pertenece -y así nos dicen desde pequeños- a los revolucionarios, a Fidel Castro y al Partido Comunista. Nos han hecho creer que protestar en público contra los despidos masivos, el alto coste de la vida o para exigir la renuncia de un Gabinete son gestas que emprenden otros, acciones que solo son posibles fuera de nuestras fronteras nacionales. Nos han quitado las calles, nuestras calles.

En aras de impedir que una multitud tome las aceras y grite al unísono ¡qué se vaya el presidente, qué se vaya!, activan los mecanismos ocultos del control, los resortes del miedo. El engranaje de la vigilancia que no conoce de crisis económica ni de recortes se cierne constantemente sobre nosotros. Ahora mismo está en vilo, ajustando sus agentes, sus autos, sus leyes, para evitar el contagio que puede venir desde el Este. Pues aunque El Cairo queda muy lejos, hay demasiadas analogías entre los cubanos y esos rostros que vimos reunidos en la marcha de un millón. Ellos gritaban contra Mubarak, pero del lado de acá de la pantalla muchos sentimos que nos emplazaban a nosotros, que nos hacían sentir avergonzados de nuestra inercia.

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