TEMAS PARA HOY

¿CUMPLEN LAS CÁRCELES
SU FUNCIÓN SOCIAL?

ARNALDO BAZÁN


Son innumerables los casos de muertes que muy bien podrían evitarse si la Justicia fuese menos complaciente con los delincuentes. Casos de asesinos, que han sido liberados antes de cumplir su sentencia y luego vuelven a las andadas, se repiten por montones.

Creo que uno de los problemas que se plantea la sociedad de hoy, con mayor urgencia, es la forma de enfrentarse con la delincuencia. Esto así, porque la misma aumenta, día por día, en forma alarmante.

Uno de los errores que se viene cometiendo desde antiguo es hacer depender la sentencia de la gravedad del delito cometido y no de la condición misma del sujeto.

Todo delincuente es un enfermo social, es decir, un individuo que, por diversas razones, no ha sido capaz de adaptarse a las normas de humana convivencia y se ha convertido en un peligro para la sociedad a la que pertenece.

Esta más que probado que hemos dado mucha mayor importancia a la salud corporal o mental de las personas que a la social.

Mientras se gastan miles de millones en la construcción y mantenimiento de instituciones sanitarias de todo tipo y en programas para erradicar enfermedades o mantener una conveniente profilaxis, se dedica muchísimo menos a evitar o remediar las que tienen que ver con las relaciones de los seres humanos dentro del cuerpo social.

La sociedad, tradicionalmente, ha tratado a los delincuentes como malhechores, que lo único que merecen es castigo. Para ello se inventaron las torturas, mazmorras, prisiones y hasta la pena de muerte. La cuestión era hacer pagar al delincuente su alegada deuda social.

No hay país en que no existan establecimientos penitenciarios, pues por todas partes ocurre lo mismo: no todos los ciudadanos se adaptan a las normas del usual comportamiento.

Esto demuestra que las causas de la delincuencia hay que buscarlas, no tanto en las estructuras imperantes dentro de un sistema dado, aunque esto, indudablemente, influya, sino en algún fallo más o menos grave en la formación del sujeto, que no siempre ha recibido los instrumentos necesarios para proceder convenientemente.

En la historia personal de cada delincuente se podrán encontrar, quizás a temprana edad, las causas que lo inclinaron a torcer su vida por un camino de perversión. Sería injusto que cargáramos sobre sus hombros toda la culpa.

No estoy diciendo, desde luego, que el delincuente sea, necesariamente, irresponsable de sus actos, pero es innegable que necesita, más que castigo, una oportunidad para recuperarse y la posibilidad de lograrlo.

El sistema penitenciario ha resultado, en general, un tremendo fracaso, pues con él se busca condenar al reo y no ayudar al enfermo social. Esa es la razón por la que muchos que van a la cárcel salen de ella peor que como entraron.

El tiempo que un delincuente tendría que estar en ese establecimiento de reeducación social, que es lo que deberían ser las prisiones, no puede depender del delito cometido sino del nivel de gravedad de la enfermedad que padece.

Hoy muchas cárceles son antros de perversión de las que el aprendiz sale convertido en profesional. Quisiera estar equivocado, pero pienso que son pocos los que consiguen regenerarse en los actuales establecimientos penitenciarios.

Por eso un delincuente no regenerado, podrá haber cumplido su condena y seguir siendo un peligro social. Con tantas cárceles atestadas de presos, muchos condenados por delitos menores ni siquiera llegan a cumplir la sentencia.

¡Qué más da! La cuestión es que gastamos en hospitales, médicos y medicinas para, a lo mejor, tener que morir a manos de un delincuente recién salido de una prisión.

Con el constante aumento de la delincuencia algo habrá que hacer, pues no parece que la solución esté en aumentar el número de cárceles o agrandar las ya existentes.

Es hora de que se reconozca que existe una enfermedad social que merece atención sin demora. De lo contrario, vivir en sociedad se hará, sencillamente, insoportable.

Arbazan34@gmail.com

Volver a Temas