TEMAS PARA HOY

LA HOMOSEXUALIDAD

ARNALDO BAZÁN


Al hablar de homosexualidad lo más difícil de todo es encontrar una definición. Unos la llaman enfermedad, otros desviación o desorientación, y algunos, cada vez menos, perversión.

Sea de ello lo que fuere, lo que importa es saber que se trata de una realidad que afecta a casi un décimo de la población total, por lo que no podemos seguir, hipócritamente, tratando de tapar el sol con un dedo.

Una cosa es cierta: la verdadera homosexualidad es una inclinación que no depende de la voluntad de la persona, por lo que no puede hablarse de responsabilidad en quienes la llevan consigo.

Muy cierto que hay personas que practican la homosexualidad sin tener la inclinación. Estos sí pueden ser llamados, con toda razón, unos depravados, pues lo hacen por vicio o, las más de las veces, por dinero.

Homosexuales de ambos sexos parece que han existido desde tiempos muy remotos, aunque hoy, por el grado de libertades públicas que existe, parece como si se hubieran multiplicado. Esto puede explicarse también por el hecho de que algunos pensaban que los homosexuales eran sólo esas personas "amaneradas" a quienes se les nota, por encima de la ropa, que tienen una orientación sexual diferente.

La sociedad y, por supuesto, la Iglesia, tienen que plantearse con seriedad este asunto, sabiendo de antemano que se trata de algo muy humano y real, que exige consideración y respeto y no persecución y castigo.

Si está probado, aunque no sea en forma totalmente definitiva, que una persona que llega a la vida adulta con una inclinación homosexual, ya nunca cambiará, hay que aceptar este hecho como una realidad humana, y no hay derecho para que se discrimine al homosexual por su condición.

Si las soluciones a este problema no parecen ser una tarea fácil, la sociedad debería requerir un esfuerzo colectivo para librar a los niños de cualquier influencia negativa que los incline tempranamente hacia la homosexualidad, o de lo contrario, dado el libertinaje imperante, es muy posible que el número de los homosexuales, lejos de disminuir, aumente en forma alarmante.

La Iglesia no puede abandonar a los homosexuales. Estos son también hijos de Dios. Pero su ayuda no puede consistir en aprobar sus prácticas sexuales, sino en ofrecerles comprensión y hacerles sentir todo el amor que Dios tiene por sus criaturas, especialmente por aquellas que deben cargar con un peso excesivo sin culpa alguna.

Los cristianos estamos obligados a luchar contra el mal para seguir a Cristo. Los que tratan de ampararse en su especial inclinación para justificar el libertinaje sexual no pueden contarse entre éstos. Ahora bien, aquellos que, dada su debilidad y sus limitaciones, cometen pecado a pesar de sus esfuerzos, podrán siempre encontrar el perdón de Dios, pues El, como Padre, comprende al que, sin abandonar la lucha, tropieza y cae.

Al homosexual tendría un confesor que tratar al igual que a un heterosexual que quebranta la ley de Dios con pecados de tipo sexual. Al igual que al heterosexual tendrá que decirle que siga luchando, buscando en la oración y en los medios que Dios ha puesto a nuestra disposición, como son la práctica de los Sacramentos y la penitencia, buscando con ellos la fuerza para evitar el pecado.

Todavía se hace difícil a muchos aceptar a alguien que les diga: "Soy homosexual", sin mostrar algún tipo de rechazo.

Mucho más difícil seria que alguien dijera "Soy católico y soy homosexual", ya que a primera vista podría parecer que ambos términos son necesariamente incompatibles.

Pero, ¿podríamos pensar que Dios rechaza a algunos de sus hijos por tener una inclinación que no han deseado y de la que en modo alguno son responsables?

Es algo difícil ser al mismo tiempo católico y homosexual, pues obligaría al individuo a un compromiso de luchar por conservarse casto, lo que equivale, en este caso, a nunca disfrutar, legítimamente, del objeto de sus deseos.

Es posible que la homosexualidad siga siendo, por mucho tiempo, un misterio para el que no tenemos explicación. Eso hace más difícil que podamos dar respuesta a las angustias de aquellos que, siendo homosexuales, quieren ser también buenos miembros de la Iglesia Católica. No podemos falsificar las enseñanzas de Cristo para contentar a todos los que confrontan algún tipo de problema que les hace más difícil el cumplimiento de sus obligaciones.

De todos modos, católico no es sinónimo de impecable. De lo contrario, ¿Qué necesidad tendríamos del sacramento de la Penitencia, al que acudimos, a veces con frecuencia, para confesar nuestros pecados a pesar de los buenos deseos que tenemos en contrario?

Antes de juzgar y condenar tratemos de recordar: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra" (Juan 8,7).

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