TEMAS PARA HOY

LA JORNADA DE LA PAZ

ARNALDO BAZÁN


Desde hace algunos años la Iglesia está celebrando, cada Primero de Enero, la Jornada de la Paz.

La Paz, como todos sabemos, es algo que nos interesa a todos. Si hay algo que preocupa a la mayoría absoluta de los seres humanos es la difícil situación que, por todas partes, estamos confrontando.

No sólo está el problema del terrorismo, sino también las guerras casi siempre no declaradas, que se están fomentando por aquí y por allá.

Varios países están sufriendo de gobiernos dictatoriales que despiertan, en quienes los padecen, un deseo de liberación. Este es un caldo de cultivo que puede convertir protestas o demostraciones pacíficas, en verdaderas revueltas en las que la violencia de una parte u otra resulta impredecible.

En estos tiempos no pasa un día en que no se cometan crimenes o abusos violentos en los propios hogares.

Esta violencia de género se ha ido extendiendo, pues son cada día más las parejas que se juntan sin preparación alguna, sin conocimiento previo, sin de verdad saber si tal unión cuenta con el fundamento que la hace posible: el amor.

Hay, además, hombres y mujeres que no saben respetar las reglas de la convivencia humana, y se han dedicado a hacer de los otros víctimas de sus apetencias. La delincuencia ha encontrado su aliado en algunos lugares donde las leyes casi dan más derechos a los criminales que a quienes sufren sus desmanes.

Si no logramos que haya paz en los hogares, ¿cómo vamos a conseguir que la encontremos en la sociedad?

Hemos fallado, en primer lugar, en la educación que se requiere para que los niños y jóvenes aprendan a convivir. Quizás se dé más importancia a las materias consideradas fundamentales, como las matemáticas, la historia, etc., pero aprender a vivir con los demás parece no tener mucho requerimiento.

Y así estamos viendo un constante deterioro en las formas en que nos comportamos, sin respetar al otro, incumpliendo las leyes, haciendo caso omiso de la cortesía que se requiere para que el trato humano se haga eso, más humano.

Algunos entienden la modernidad como si se tratara de virar todo al revés, dejando que cada uno haga lo que quiera.

Así es como cada uno campea por sus respetos y el prójimo se convierte en un extraño. Ya Benito Juárez lo formuló con una frase feliz: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

Cuando transgredo esa línea divisoria entre mi derecho y el del otro, estoy declarando una guerra a quien considero mi inferior, por cuanto me siento autorizado a no respetarlo.

Sabemos que hay millones de seres en este mundo que viven resignados, aceptando su suerte de ser inferiores, y esto lo aprovechan aquellos que se creen superiores, sintiéndose con derecho para atropellar, mancillar, violar, explotar y hasta matar.

El día que uno de los resignados se despierte de su letargo y reconoce que también tiene derechos, el enfrentamiento se vuelve inevitable. Ha estallado una guerra pequeña, pero asi tambien comienzan las guerras grandes. Las libradas por la independencia de los pueblos son un ejemplo.

Todo comenzó, según la Biblia, en los albores de la humanidad. Eran dos hermanos, Caín y Abel. Por las razones que fuesen, Caín empezó a sentir envidia de su hermano y con la envidia apareció también el odio.

Del odio al crimen no hay mas que un paso. Dice san Juan que el que odia es un asesino (1a 3,15). Y así Caín mató a su hermano Abel. Fue el primer crimen sangriento de la Historia.

Desde entonces millones y millones de seres humanos han sido atropellados, abusados, explotados, asesinados.

Mientras haya quien se sienta superior y con más derechos, la paz se vuelve imposible de lograr.

Tiene el ser humano que convertirse a la idea de que todos somos iguales ante Dios y ante las leyes humanas.

No olvidemos que la paz sólo es posible si se cumple la justicia. Esta virtud consiste, precisamente, en dar a cada uno lo que le corresponde. Mientras veamos a la injusticia campear en el mundo, podemos estar seguros que no tendremos nunca la paz.

Nos dice el profeta Baruc: “Si hubieras andado por el camino de Dios, habrías vivido en paz eternamente” (3,13).

Y leemos en el salmo 34,15: “Apártate del mal y obra el bien, busca la paz y anda tras ella”.

Si de verdad queremos la paz tendremos que construirla. Ser pacífico no es ser un cobarde, sino el que construye la paz haciendo el bien.

Por algo nos dice Jesús: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5,9).

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