TEMAS DEL MOMENTO

UNA LUCHA DIFÍCIL

ARNALDO BAZÁN


Pese a que en los últimos tiempos se han hecho esfuerzos bastante grandes para controlar su tráfico, las drogas siguen siendo un dolor de cabeza para todo el que se preocupe por el futuro del mundo.

Tal parece como si se tratara de una pelea contra un dragón de mil cabezas, al que le salieran dos por cada una que se le corta.

Si esta contienda resulta difícil en los Estados Unidos, país que cuenta con los más modernos métodos y los recursos necesarios para llevarla a cabo, ¿qué será en países pobres y tecnológicamente poco dotados donde el tráfico suele originarse?

Todo el mundo sabe que el imperio de las drogas cuenta con una red mundial muy bien organizada, que ha logrado captar a muchos funcionarios de distintos países, lo mismo que a muchos oficiales y simples miembros de las fuerzas de seguridad, que en lugar de servir a sus países, atraídos por las importantes sumas de dinero que pueden conseguir, se convierten en los mejores aliados de los traficantes.

No hay negocio que produzca tanto por tan poco. Por eso los traficantes se juegan constantemente el todo por el todo, con tal de introducir las drogas donde la puedan pagar bien, y ya hasta se han inventado versiones baratas que puedan ser vendidas en los países pobres.

La invasión de las drogas es tan masiva que, pese a todos los controles, cada año se introducen en los Estados Unidos cantidades suficientes como para hacer terrible daño a millones de personas, con lo que se está minando la salud de toda una nación, que se ha visto obligada a gastar miles de millones de dólares, tanto para evitar el tráfico como para tratar de rehabilitar a los infelices que caen en sus redes.

Esto mismo está sucediendo en otros muchos países de los más desarrollados, sin perder de vista que incluso en los más pobres el consumo de drogas es una realidad que debe preocuparnos a todos.

Pero la batalla en contra de las drogas no se la podemos dejar sólo a los gobiernos, ya que así llevamos todas las de perder. Sabiendo el tremendo poder que genera el enorme caudal de dinero involucrado en estas operaciones, uno no puede extrañarse de que todos los esfuerzos que hasta ahora se han hecho hayan sido insuficientes.

Es una lucha en la que el enemigo no tiene escrúpulo alguno y cuenta con la colaboración de los hombres más corruptos y endurecidos del planeta, que son, sin duda alguna, los cabecillas del tráfico de estupefacientes, tenemos que hacer todo lo que se pueda para que nuestra juventud no siga lanzándose, alocadamente, en los brazos de sus verdugos.

Todos los educadores - padres, maestros, sacerdotes, comunicadores y los líderes de las comunidades -, tienen que comprender que no se trata de perseguir a los jóvenes sino rescatarlos de las manos de los delincuentes que quieren perderlos.

Hay que tener mucha comprensión para los adolescentes que caen víctimas de las drogas, pues su edad es muy proclive a toda clase de aventuras, y no siempre los adultos, lamentablemente, les damos los buenos ejemplos que ellos necesitan recibir.

Tenemos que terminar con esta cultura hedonista (la búsqueda del placer a todo dar) en que nos vemos sumergidos, si pretendemos que nuestros jóvenes puedan luchar eficazmente contra la tentación de los placeres fuertes e instantáneos.

Tenemos que crear un clima de amor, confianza y comprensión en los hogares, para que los consejos de los adultos suenen sinceros y tengan visos de credibilidad ante los adolescentes y los jóvenes.

Hemos de reforzar la vigilancia pero también la confianza. Tenemos que mejorar la disciplina en las escuelas. Debemos apoyar a los grupos que trabajan con jóvenes. No podemos cruzarnos de brazos como si este problema no fuera de todos.

Si no logramos derrotar este poderoso enemigo que trabaja sin descanso, para primero adormecernos y luego aplastarnos, el futuro del mundo estará condenado a una gran

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