TEMAS DEL MOMENTO

EL PODER DE LOS VOTOS

ARNALDO BAZÁN


Una de las grandes conquistas de los pueblos ha sido, sin duda, el poder elegir a sus gobernantes y, de alguna manera, decidir sobre sus propios destinos.

Esto fue algo impensable durante casi toda la Historia, pues aunque existieron desde antiguo algunos asomos de democracia, la verdad es que siempre quedó todo reducido a una minoría, como ocurrió en la antigua Grecia o en algunos pueblos primitivos.

Lo normal era que los poderosos se impusieran y decidieran a su antojo lo que más convenía a sus planes y propósitos, aunque esto fuera a costa del bienestar del pueblo.

La institución preponderante, a través del tiempo, ha sido la monarquía, hereditaria o no, que tuvo como frecuentes sucedáneos a dictaduras o tiranías más o menos crueles. En realidad, ¿puede haber mayor crueldad que obligar a todo un pueblo a soportar a un soberano, aunque sea un idiota, sólo por este heredó de su padre la corona?

La democracia, hemos de reconocerlo, ha costado mucha sangre, pues no fue fácil cambiar las mentes y que se reconocieran los derechos de la persona humana como tal, aunque se tratara de un pobre campesino o un ignorante peón de caminos.

Sólo tenemos que recordar como corrió la sangre en Francia después que una revolución, en 1789, destronó al rey y quiso implantar un sistema cuyo lema era "libertad, igualdad, fraternidad".

Por aquel entonces la democracia era un mito del que nadie apenas sabía nada. Se tenían ideas claras en teoría, pero no había reales precedentes que permitieran al pueblo gobernarse a sí mismo. Por esa razón, muchos de los revolucionarios de la primera hora fueron masacrados por otros más radicales, hasta que, en definitiva, surgió un Napoleón Bonaparte y con él, una vez más, la monarquía.

La Revolución Francesa, pese a que se cometieron gravísimos errores y crímenes sin cuento, no fue, sin embargo, una experiencia totalmente negativa. La idea de la democracia estaba en marcha y ya nadie podría detenerla.

Donde este sueño llega a realizarse primero es, sin lugar a dudas, en Estados Unidos, pese a que la democracia nació allí tarada por la existencia de la esclavitud. Volvían a cometerse los mismos errores de la antigua Grecia, donde sólo los hombres libres tenían derecho a voz y voto.

Los derechos de la minoría negra, pese a la mucha sangre derramada en la llamada "guerra de secesión", no fueron totalmente reconocidos hasta hace relativamente pocos años, pues aunque la esclavitud desapareció, los negros siguieron siendo siervos de los blancos y nunca sus iguales.

Es indudable que esta incapacidad de los blancos para reconocer el derecho de todos y no de un sector, ha sido un factor retardatario en el progreso social y político de esta nación, que ha costado, además, cientos de miles de vidas y un trasfondo de odio enconado que no es fácil de borrar.

Quedaron atrás, sin embargo, los días amargos en que los negros eran discriminados casi por todas partes, y aunque persisten algunos resabios, se ha impuesto la legalidad y la justicia.

Desde el momento en que todos los nacidos en el país adquirieron el derecho de ciudadanía y con ella el del voto, las cosas tenían que cambiar. Y ¡vaya si han cambiado!

¿Quién habría imaginado, hace pocos años solamente, que hoy un hombre considerado de la raza negra sería el presidente del país más poderoso de la tierra? Lo mismo podríamos decir de alcaldes, senadores, representantes y otros muchos en cargos importantes.

Esto es un indudable triunfo de la democracia, que cuando es verdadera no tiene en cuenta el color de la piel ni la inteligencia de una persona, con tal de que sea responsable de sus actos, como tampoco sus creencias religiosas o sus ideas políticas, sino la persona misma con todo lo que ella significa.

La democracia se basa en el poder de los votos y no de las botas. En la ley de la razón y no en la del más fuerte. En el bienestar de todos y no en el de un grupo, por grande y poderoso que este sea.

La democracia, en fin, es "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" como la definió Abraham Lincoln. Cabe señalar que el gran estadista norteamericano entendía por "pueblo" a todos y cada uno de los ciudadanos de la nación.

Cuando los candidatos pueden abrazarse después de unas elecciones, aceptando que todos los votos valen igual y gana el que tenga más, estamos en una democracia, pese a todos los defectos que ésta pueda tener.

Defendamos, pues, con los votos, la posibilidad de que esto pueda seguir siendo así, por siempre.

arnaldobazan@yahoo.com

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