TEMAS PARA HOY

LA UNIDAD
DE LOS CRISTIANOS

ARNALDO BAZÁN

Cuando contemplamos que hay miles de confesiones religiosas que reconocen a Jesucristo como el Salvador, tenemos que pensar en lo difícil que resulta hacer realidad aquel deseo de Jesús: "Que todos sean uno como Tu, Padre, estás en Mi y yo en Ti. Que sean también uno en nosotros: así el mundo creerá que Tu me has enviado" (Juan 17,21).

Pero esa no puede ser, desde luego, la única preocupación. Hay una gran cantidad de personas que se llaman cristianos, sean católicos o de otras denominaciones, que sólo lo son de nombre, pues no cumplen con sus obligaciones como tales, ya que no se les ve interesados en acudir a las iglesias en busca de conocer más de Dios y acercarse más a Él para amarlo y reverenciarlo por la forma en que viven.

La transmisión de la fe ha estado ligada, desde los comienzos, a la predicación y al testimonio. Que después de tantos siglos de cristianismo, apenas uno de cada cuatro de los habitantes de nuestro planeta se considere de alguna manera cristiano, es decepcionante.

Pero con lamentaciones estériles nada resolvemos. El problema es saber el por qué de la terrible desunión de los mismos cristianos, que ha impedido que la misión de la Iglesia se haya realizado a cabalidad.

Es fácil descubrir la causa del mal en las mismas limitaciones humanas: egoísmo, ambición, ceguera intelectual, sectarismo, intransigencia, en una palabra, el pecado en todas sus formas…

Desde los primeros tiempos comenzaron a surgir pequeñas sectas que provocaron bastantes problemas a los propios apóstoles.

De ahí en adelante nunca cesaron las apostasías y las separaciones. Unos porque pretendían hacer lo que mejor les convenía y otros porque mezclaban las doctrinas propiamente evangélicas con otras de inspiración pagana o de su propia cosecha, el asunto fue que nunca pudo conseguirse una unidad completa.

Esto, desde luego, debe considerarse como normal tratándose de seres humanos. Pero el problema se agudizó con los grandes cismas y trágicos rompimientos que ocurrieron en los últimos diez siglos.

En el XI fue la ruptura entre las iglesias de Oriente y Occidente. A la primera de éstas se le conoce hoy como Iglesia Ortodoxa.

Un desgarramiento más doloroso, quizás, pues entrañó, además del cisma, la ruptura misma de la unidad doctrinal y hasta enfrentamientos armados, ocurrió en el siglo XVI.

Primero fue Martín Lutero en Alemania y luego Swinglio y Calvino en Suiza. Más tarde, los caprichos conyugales del rey Enrique VIII de Inglaterra lo llevaron a convertirse, de defensor de la fe católica, en el autor de otra terrible escisión en el seno de la comunidad eclesial.

Estas heridas sangrantes en el Cuerpo Místico de Cristo fueron causadas, sin duda alguna, por malos y buenos cristianos, pues hubo muchos, entre estos últimos, que no supieron encontrar un camino de unidad para resolver los males que en la Iglesia, en su parte humana, padecía.

Los conflictos doctrinales, confundidos frecuentemente con intereses de tipo político, llevaron a luchas inconcebibles en que unos y otros, usando del mismo nombre de cristianos, se mataban sin piedad.

Esto trajo odios enconados que, en muchos casos, se han mantenido, provocando nuevos enfrentamientos que debilitan el esfuerzo común por llevar el mensaje de salvación a todos los hombres.

En todo esto podemos ver el sagrado respeto que Dios tiene por la libertad del hombre, al mismo tiempo que la tremenda responsabilidad de los cristianos frente a ese casi setenta por ciento de la humanidad que, quizás por culpa nuestra, nunca podrá llegar a conocer a Cristo que es la única esperanza de salvación para nosotros los seres humanos.

No todo está perdido, sin embargo, pues nunca han faltado, en las distintas confesiones o congregaciones en que se reparten los discípulos de Jesús, personas llenas del buen deseo de reparar los tremendos errores cometidos.

En los últimos tiempos estamos viendo diversos gestos de una u otra parte para conseguir, aunque cueste muchos años y esfuerzos, la anhelada unidad de los cristianos.

A este fin trabaja el llamado "movimiento ecuménico", que ha sido debidamente sancionado por la Iglesia, sobre todo en el Concilio Vaticano II.

Todo un decreto, el "Unitatis Redintegratio" (La reintegración de la unidad), fue dedicado a este tema, y allí se define lo que podemos entender por "ecumenismo".

"Por "Movimiento Ecuménico" se entienden las actividades e iniciativas que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos. Tales son, en primer lugar, todos los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones mutuas con ellos; en segundo lugar, en las reuniones de los cristianos de diversas iglesias o comunidades organizadas con espíritu religioso, el dialogo entablado entre peritos bien preparados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su comunión y presenta con claridad sus características" (Número 4).

Los cristianos tenemos todo un mundo que conquistar para Cristo, pero nuestra desunión es el principal obstáculo para llevar un mensaje eficaz a los ateos, a los paganos, a los musulmanes o a los simplemente alejados de Dios.

¿Estamos orando por la unidad? ¿Hacemos algo para fomentar una mayor comprensión entre las iglesias? ¿Tratamos de abrir nuestro corazón al perdón y a la fraternidad verdaderamente universal?

arnaldobazan@yahoo.com

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